No recuerdo marchas moralistas desde que los sectores más reaccionarios de la Iglesia católica convocaban a sus fieles a manifestarse en contra del comunismo. Era otra época, es cierto. Y otro país. Pero el sentido era el mismo que se ha reactivado hoy con las marchas para desconocer los derechos de las mujeres. Concretamente, para rechazar un proyecto de ley que las protege de la violencia.
Abogar en contra de lo que estos manifestantes denominar ideología de género equivale a condenar la revolución porque supuestamente quiere socializar a los guaguas. Desde ese fanatismo se suprime toda posibilidad de debate racional. De entrada, se anatemizan los argumentos.
Poco importan las cifras que evidencian un grave problema de salud pública, una violencia sistémica y aberrante en contra de la mitad de la población ecuatoriana. Lo fundamental es sostener un discurso dogmático que ratifica un anacrónico esquema de dominación social. Es puro patriarcalismo disfrazado de defensa de principios morales.
¿Qué sucedió con una década de progresismo?, se preguntará mucha gente. Porque al calor de la retórica oficial impuesta durante los últimos años, la sociedad ecuatoriana debería haber avanzado un mundo en temas como los derechos y las libertades civiles. Pero las marchas del sábado 14 de octubre reflotaron el profundo sedimento conservador en el que estamos sumergidos los ecuatorianos.
No es casual: simplemente demuestra el impacto de un discurso moralista y confesional hábilmente posicionado entre una desbordante parafernalia izquierdista. El Ché Guevara de la mano de Escrivá de Balaguer; la revolución de la mano de la Inquisición.
No hay que sorprenderse: el retroceso provocado por el correato en materia de diversidad, tolerancia y libre albedrío es inédito en la historia nacional. A tal extremo que se mandó a callar a tres legisladoras de Alianza PAIS por el simple pecado de querer debatir sobre el aborto. ¡Qué mejor estímulo para los grupos provida que hoy desempolvan un discurso apocalíptico!
Y en esa línea de curuchupismo primario coinciden con el bloque legislativo del partido verder-flex. ¿Es tan despiadada la fidelidad al caudillo que empuja a sus operadores políticos a defender agendas no solo retrógradas, sino abiertamente fundamentalistas?
Al parecer, algunos sectores sociales tienen una escondida nostalgia por las ordalías. O por los autos de fe de la Edad Media. Ya se inmoló brutalmente a un líder político hace cien años. Pero el sectarismo no capitula. Hoy, en las redes sociales se quiere quemar a las brujas que buscan democratizar el poder y proteger a las víctimas de la violencia estructural.
