Una carta de dos páginas que entremezcla una convulsa y polémica vida privada con su cada vez más desgastada presencia pública es lo que el presidente Daniel Noboa publicó en sus redes sociales el miércoles 21 de mayo, como antesala de su esperado Informe a la Nación del domingo 24 de Mayo. Sin embargo, este acto de escribir —o de mandar a escribir— lejos de consolidarse como un ejercicio de transparencia y rendición de cuentas, terminó revelando algo mucho más profundo: un Gobierno y un mandatario atrapados entre la propaganda, la improvisación y una creciente crisis reputacional provocada por una realidad multicrítica e irresuelta, que ya no logra encajar con el cúmulo de narrativas cortoplacistas, impulsadas desde la lógica más clásica de la Agenda Setting de finales de los años sesenta e inicios de los setenta, estudiada por McCombs y Shaw: “a la gente no hay que decirle qué pensar, sino sobre qué pensar”. En esa dinámica, la comunicación gubernamental del régimen está orientada a dosificar, desplazar o distraer la indignación ciudadana mediante el consumo permanente de escándalos y la creciente espectacularización de la política.
Pero, a más de ello, la carta de Daniel Noboa —que aborda seis escándalos en orden de prioridad: Progen (Caso Apagón), salud, el título universitario de su esposa Lavinia Valbonesi, la compra de vehículos, la crisis eléctrica y de combustibles, y el caso del SRI— terminó jugando en contra de su propio firmante. No solo porque no pudo ofrecer respuestas convincentes frente a los problemas públicos y privados que hoy desgastan a su administración, sino también porque, en su intento por controlar la narrativa y conversación digital, provocó más reacciones negativas que respaldos.
Y es que, como advertía Jacques Derrida en su texto De la Gramatología (1986), la escritura jamás logra domesticar completamente el sentido ni la realidad. Quizás por eso la carta presidencial terminó revelando mucho más de lo que el Gobierno hubiese querido admitir: las fisuras éticas, las contradicciones políticas y el persistente fantasma de la corrupción que se materializa en este régimen. Pero, sobre todo, en su intento por justificar cada uno de esos seis temas polémicos: Progen (Caso Apagón), salud, el título universitario de su esposa Lavinia Valbonesi, la compra de vehículos, la crisis eléctrica y de combustibles, y el caso del SRI, quedaron en evidencia las huellas de una administración políticamente erosionada en donde el silencio sobre responsabilidades concretas, nombres de sus ministros o decisiones también comunica tanto como sus escasas palabras en las intervenciones públicas no pautadas.
Resulta paradójico que esta carta haya sido publicada apenas dos días después de que la empresa Comunicaliza difundiera su más reciente informe de opinión pública, elaborado a partir de 4.350 entrevistas realizadas entre el 12 y el 16 de mayo a personas mayores de 16 años en las 24 provincias del país, en el que se sostiene que Daniel Noboa mantiene un 45,9 % de aceptación ciudadana. Porque la pregunta inevitable es: ¿cómo un Presidente con un nivel de respaldo todavía considerable siente la necesidad de escribir —o de ordenar escribir y publicar— una carta que terminó operando como confesión involuntaria de la indolencia del poder frente a las críticas ciudadanas? Pero también, ¿quiénes son los culpables? Para un Gobierno con notoria incapacidad para reconocer errores políticos, éticos y administrativos la culpa siempre será de los otros: los “conspiradores” (los correístas, las mafias, los malos servidores públicos, la oposición y los medios y periodistas independientes) una figura sobredimensionada por los voceros de aquel microclima de opinión digital y mediático que, al calor de la pauta, se ganan la vida alimentando el ego glotón de Noboa con engaños de excelencia, heroísmo y honestidad, solo así se explica que minimicen la corrupción del régimen y hasta la justifiquen bajo el argumento de que antes hubo hechos “peores”, como si esto se tratara de una corrupción buena y una mala.
¿Qué mensaje deja realmente el presidente Daniel Noboa con esta carta? ¿El de una escritura aparentemente firme para intentar sostener a una administración cada vez más débil, pese a concentrar prácticamente todo el poder del Estado, con excepción de la Corte Constitucional del Ecuador? ¿Qué tan creíble puede resultar ese discurso para la ciudadanía, considerando que Noboa lleva ya más de dos años en funciones?
Lo cierto es que existe un viejo adagio popular que hoy cobra plena vigencia: “el papel aguanta todo”. Pero la realidad política no, señor Presidente.
