Cuando las relaciones exteriores se ejecutan a salto de mata hay ausencia de planificación, conllevan incertidumbre, improvisación constante y ejecución desordenada. Ese sendero conduce, además, a que la comunidad internacional tenga del Estado una percepción negativa por su escasa seriedad.
La actual política internacional del Ecuador se expresa a través de los desplazamientos del mandatario y, luego, se configura con ciertos actos en el exterior. Los viajes se ejecutan porque primero hay una agenda de índole personal del presidente y, a medio camino, emerge el ingrediente de un evento internacional.
Así, aparecen sin que se sepa ni cómo ni de dónde surgen. No tienen un sentido coherente ni responden a algo que se conozca como política exterior del gobierno. Se exhiben como clisés publicitarios, desordenados e inconexos. Buscan impresionar antes que marcar el rumbo consistente de una política o de un interés respetable, que sea apreciable por una siempre atenta audiencia internacional.
El último viaje del presidente Noboa se efectuó en el momento preciso en el que presidente de los Estados Unidos había salido a una de las giras más importantes de su administración. Ese hecho, constituye un ejemplo de la ausencia de política, y de la falta de acierto y decoro, como es realizar un desplazamiento para reunirse con su impar, el vicepresidente estadounidense.
En su décima octava visita, el mandatario, sin embajador en Washington, y ni una reunión formal con el presidente Trump, firmó decretos con los que despide a un embajador y lo vuelve a restituir; recibe un premio; visita a un pequeño grupo de congresistas hispanos; va al BID; y, concurre a una sesión “protocolaria” de un organismo al que su Gobierno prácticamente había olvidado.
El último viaje del presidente Noboa se efectuó en el momento preciso en el que presidente de los Estados Unidos había salido a una de las giras más importantes de su administración.
En ese acto, en la OEA, ante unos funcionarios que asisten de manera ordinaria a su trabajo, repitió algo que muchas veces se le dijo a la administración colombiana de Álvaro Uribe: que el Ecuador linda con las guerrillas; esta vez con el añadido de que “el vecino que tenemos a lado es el enemigo”. Expresión poco feliz, ante un foro establecido para buscar la paz.
Cuando desde Suiza el presidente Noboa decidió imponer aranceles del 30 % a bienes ingresados de Colombia señaló que era para atender la seguridad del Ecuador. Al subir esa tarifa al 100% manifestó que su intención última era esperar que cambiara el gobierno colombiano, porque “no se puede llegar a acuerdos con quien no tiene el mismo compromiso para luchar contra el narcoterrorismo”.
En entrevista para una revista colombiana de tendencia política afín al presidente, con titulares y foto portada de Daniel Noboa, el mandatario ecuatoriano habló ampliamente sobre política interna colombiana, y aseguró que “es Gustavo Petro quien está que baila merengue con la mafia”. Y, añadió, que tiene “una buena relación con Paloma (Valencia), con Abelardo (de la Espriella)”, porque tienen “el mismo compromiso que yo”.
De esta forma, el presidente del Ecuador ha tomado partido en las próximas elecciones de Colombia. No lo ha hecho a título personal, sino que ha comprometido al Estado ecuatoriano: ha formulado menciones expresas sobre política interna colombiana; ha adoptado medidas inusuales de comercio internacional; ha emitido expresiones particulares de adhesión a candidatos a presidir otra nación.
A lo anterior ha incorporado un aspecto de relevancia: con propósito manifiesto, se ha abstenido de ejercer la capacidad diplomática que tiene el Estado ecuatoriano para resolver sus problemas internacionales y mantener relaciones estables, prudentes y sensatas de frontera y vecindad con un gobierno que se encuentra en funciones.
Actuar y manifestarse como Jefe de Estado acerca de una cuestión que corresponde única y exclusivamente a los votantes de otro Estado, es intervenir en las decisiones de los ciudadanos de otro país: de un pueblo soberano.
El significado de intervención tiene una interpretación clara: proviene de la simple definición establecida en su acepción literal. En definitiva, la característica de una intervención es interferir para evitar o modificar un resultado de asuntos que normalmente están reservados exclusivamente a la competencia nacional de otro Estado.
Desde el ámbito de la doctrina, la prohibición de intervenir en los asuntos de otro Estado, cualquiera que sea la forma en que se lo haga, como en este caso, en el proceso electoral de un Estado vecino, es una seria contravención al derecho internacional, que atenta a la armonía entre sociedades y amenaza la paz entre naciones que están destinadas a vivir juntas dado los linderos y la geografía.
La elección de autoridades de un Estado es un ejercicio que, por definición, está reservado única y exclusivamente a los votantes de una misma comunidad nacional. En consecuencia, la libre participación de los ciudadanos en la elección de sus dirigentes, sin interferencia extranjera, sin presión ni influencia externa de ninguna índole, es un derecho fundamental que se debe proteger.
La figura de la no intervención se remonta a la aparición del sistema de Estados; esto es al fin de la Guerra de los Treinta Años y al Tratado de Westfalia de 1648. El trasfondo de ese conflicto fue el enfrentamiento religioso entre protestantes y católicos de la Europa central. De aquí se desprende que los dogmas religiosos y las doctrinas políticas tienen muchas similitudes.
Una decisión de política internacional compromete al conjunto del Estado. Afecta positivamente a todos sus ciudadanos cuando se impulsa medidas virtuosas e impacta negativamente, como es el caso de los aranceles desproporcionados.
Uno de los pilares del notorio éxito de esa paz histórica se encuentra en haber conseguido el firme compromiso de la no intervención. Un monarca únicamente puede imponer su religión en su territorio, ya que su soberanía solo podía ejercerse exclusivamente en su jurisdicción.
Westfalia supuso un aporte sustancial a las bases originales del derecho internacional, que se sustenta en la entelequia del Estado y su soberanía, principio que en el mundo contemporáneo de hoy se refleja en innumerables debates de la historia del sistema interamericano; en documentos de la OEA, y en la Carta de Naciones Unidas que consagra, junto a la no intervención o no injerencia, la independencia política, la igualdad de los Estados, así como no acudir a la amenaza o uso de la fuerza.
Imponer aranceles elevados con el ánimo de interferir en la voluntad de ciudadanos que pertenecen a otra soberanía, así sea utilizando el pretexto de la seguridad; suspender el desenvolvimiento de una relación inevitable porque se considera que el gobernante del otro lado no tiene compatibilidad con pensamientos e ideas personales; y, peor aún, declarar “enemigo” a ese país vecino, son actos que afectan al derecho internacional.
Cabe pensar ¿qué reacción habría si los hechos fueran a la inversa? Esto es, ¿qué sucedería si se intentara intervenir y afectar la voluntad electoral del pueblo soberano del Ecuador, a través del Jefe de Estado de otro país, eventualmente de un mandatario de Colombia?
Una decisión de política internacional compromete al conjunto del Estado. Afecta positivamente a todos sus ciudadanos cuando se impulsa medidas virtuosas e impacta negativamente, como es el caso de los aranceles desproporcionados, porque perjudican al interés nacional y a la economía de todos los ecuatorianos.
Las relaciones exteriores, y las vecinales, incluidas las comerciales, no pueden depender del resultado electoral de otro país. Tampoco puede ser una cuestión que se intercala con asuntos de orden personal durante viajes al exterior; ni actos de interferencia o intervención reñidos con el derecho internacional.
La política exterior es el conjunto de actos, decisiones y medidas, debidamente planificados, de acuerdo con el interés nacional, que no pueden ser adoptados, irresponsablemente, a salto de mata.
(*) Ex Vice Canciller


