Hay que estar preparados: el reino de la indecencia se viene. Por todo el mundo la corrupción brota como kikuyo. Aquí no más, en nuestro atribulado terruño, la sucesión de escándalos no solo es interminable, sino que desborda toda imaginación.
Si hacemos un listado a mano alzada de los casos de corrupción, no necesitamos esforzarnos mucho para armar un inventario copioso: Sinohydro, Progen-Apagones, Goleada, Flogopon, asesinato de Fernando Villavicencio, mafias hospitalarias, ISSPOL… Los corruptos tienen que ponerse a la cola, porque la administración de justicia no se alcanza para atenderles diligentemente.
En una reciente entrevista de televisión, la flamante presidenta del Consejo de la Judicatura ratificó lo que la exfiscal Diana Salazar advirtió hace años: hacen falta alrededor de 700 fiscales para poder abordar eficazmente la demanda. Solamente basta señalar lo que ocurrió hace unos días para entender la dimensión del problema: la audiencia por el caso Sinohydro tuvo que suspenderse porque el fiscal Carlos Alarcón tenía que atender la audiencia del caso Progen a la misma hora. Insólito.
El drama ético que vive el país, no obstante, va mucho más allá de la inoperancia de los organismos de control. Detrás de la corrupción existe un manejo perverso de la percepción ciudadana. Da la impresión de que todos los involucrados se ponen de acuerdo para saturar el escenario con tantos escándalos que la ciudadanía termina por desconectarse, como medida de higiene mental. Son demasiados, a tal punto que dejan de interesarle al público. Se vuelven parte de la cotidianidad nacional.
Y para no sentirnos bobos, podemos afirmar que el mal de muchos no nos sirve de consuelo, sino de indignación. En España, por ejemplo, acaban de imputar a un expresidente de la república por una trama de corrupción con dimensiones transnacionales. Ahora queda más claro por qué José Luis Rodríguez Zapatero viajaba a Caracas como ir a la tienda. Lavarle la cara a un gobierno corrupto, autoritario y espurio no podía responder únicamente a un cándido deseo por la reconciliación política de los venezolanos. Detrás de las supuestas mediaciones circulaban millones de dólares que se repartieron entre la gallada del mal llamado progresismo.
La corrupción a escala mundial no es nueva, pero se ha sofisticado. Los recursos tecnológicos facilitan las operaciones ilícitas. El dinero sucio viaja a la velocidad de los electrones sin que nadie lo pueda percibir. En esas condiciones, toca preguntarse por el potencial que tiene la inteligencia artificial para incrementar y facilitar la corrupción.
El papa León XIV ha decidido inscribirse en el análisis que hoy ocupa a mucha gente a propósito de los riesgos de la inteligencia artificial. De acuerdo con información cercana al sumo pontífice, la encíclica que anuncian desde el Vaticano (Magnifica Humanitas) asumirá esa temática. Su título da pistas sobre lo que probablemente tratará la encíclica: los riesgos de deshumanización frente a la furibunda ofensiva de las tecnologías informáticas.
