A las 19:12 del 13 de mayo de 2026 aterrizó en Pekín el presidente Donald Trump a bordo del Airforce One. Lo recibió el vicepresidente Han Zheng para iniciar la tan esperada cumbre EE. UU. – China.
Trump y su comitiva arribaron convencidos de que la República Popular China sigue siendo una potencia en ascenso dispuesta a negociar pragmáticamente con ellos, los titulares de la hegemonía mundial. Esta premisa es falsa; el imperio liderado por Xi Jinping es un Estado cuasi totalitario con una meta clara: superar a EE. UU. y reorganizar el orden global. Su economía ya es la más grande del mundo desde hace 10 años (Gráfico 1), si se compara los productos de ambos países en términos de paridad de poder adquisitivo (PPA).

China reconoce la importancia de su relación bilateral con EE. UU., pero su estrategia global la conduce el Partido Comunista de China y es más ambiciosa. Basta recordar el alcance de la iniciativa global de la Franja y la Ruta. No se trata de otro país autoritario dispuesto a dividir el mundo en esferas de influencia. Y ya no es otro subordinado dispuesto a reaccionar a conveniencia del club de los lores tecno-feudales que acompañaron a Trump a su cumbre bilateral: Elon Musk (Tesla), Tim Cook (Apple), Larry Fink (BlackRock), David Salomon (Goldman Sachs), Jensen Huan (Nvidia), Brian Sikes (Cargil), Jane Fraser (Citi), Larry Culp (GE Aerospace), Sanjay Mehrotra (Micron) y Cristiano Amon (Qualcomm) entre otros.

Las reuniones bilaterales, almuerzo de trabajo y banquete estatal se realizaron al día siguiente, en el Gran Salón del Pueblo. Debía tratarse varios impasses comerciales, el problema del estrecho de Ormuz y Taiwán, la isla china que refugió a Chiang Kai-shek y a unos dos millones de chinos nacionalistas que huían del partido comunista liderado por Mao Zedong en diciembre de 1949. Pero el tablero de las negociaciones no estaba perfectamente nivelado. China siente “…que ganó la guerra comercial de 2025”, según Henrietta Levin, del Centro de Estudios Estratégicos Internacionales.
Tras la derrota de la guerra arancelaria
El presidente Trump anticipó en Truth Social que la “primera petición” a Xi Jinping sería abrir el mercado chino a las empresas estadunidenses. Entre 2020 y 2025 la balanza comercial bilateral China/EE. UU. muestra un déficit estructural en contra de EE. UU (Gráfico 2). Luego de un máximo en 2022, se nota una tendencia al desacoplamiento comercial y una reducción de las importaciones procedentes de China. En el bienio 2023-2024 se registró una fuerte disminución de las importaciones norteamericanas procedentes de China. La política comercial y arancelaria de Washington priorizó a México y Canadá como sus principales proveedores de bienes. Los datos consolidados por la Administración General de Aduanas de China indican que en 2025 el intercambio directo de divisas entre China y EE. UU. cayó 18,2%. En ese año el déficit estadounidense del comercio de bienes alcanzó los USD 287,7 miles de millones, a pesar de la guerra arancelaria iniciada por Trump en febrero de 2025, en pleno vigor hasta la tregua pactada en Corea del Sur en octubre de 2025.

Al acompañarse de los CEO de empresas tan representativas, Trump trató de que su visita sea tanto un hito diplomático como comercial, para contribuir a amortiguar las fricciones políticas y apuntalar las próximas elecciones. Si Trump logra algún acuerdo comercial o recuperar el comercio bilateral (como la reapertura de importaciones agrícolas o la compras de aviones), se fortalecerá la economía norteamericana y mejorará la imagen presidencial. En el nivel geoestratégico, alentar la participación de empresas tecnológicas y financieras crearía redes de interdependencia que reforzarían la estabilidad bilateral y frenarían eventuales escaladas de conflictos.
Las líneas rojas de la cumbre
Los temas medulares no encontraron conciliación. La esperada negociación se convirtió en un franco intercambio de líneas rojas. En claro contraste con la coloquial efusividad de Trump, Xi dijo que las dos partes “deberían ser socios y no rivales” y de inmediato destacó el tema de Taiwán, que según él es el “…más importante en la relación China – EE. UU”. En su escueta intervención de apertura el presidente chinno advirtió a su contraparte que cualquier paso en falso sobre Taiwán podría provocar “colisiones” o incluso “conflictos, empujando toda la relación China – EE. UU. a una situación muy peligrosa”.
Xi colocó un mensaje inequívoco: Pekín no tolerará indefinidamente que EE. UU. siga transfiriendo armamento a Taipei. A lo que el secretario de Estado, Marco Rubio, ripostó que cualquier acción militar contra Taiwán sería un “error catastrófico”. En diciembre de 2025 Trump autorizó un paquete de armamento de USD 11.000 millones para Taipei y en enero de 2026 el legislativo aprobó otros USD 14.000 millones. En su vuelo de regreso a Washington, Trump declaró que “lo último que necesitamos ahora es una guerra que esté a 9.500 millas de distancia” (https://bit.ly/4dNmEYq).
EE. UU. no estuvo dispuesto a negociar el apoyo armamentístico de China a Irán. A los norteamericanos les irrita el flujo de tecnología y componentes chinos de doble uso dirigidos a programas de armas iraníes. Xi habría lanzado alguna oferta, que no se la conoce, pero que permitió declarar a Trump que él y Xi tenían opiniones similares sobre el fin de la guerra en Irán.
Tras la cumbre, la situación en el estrecho de Ormuz no ha cambiado. Irán permite el paso de buques chinos, pero la tensión con EE. UU. e Israel sigue latente. Para estabilizar su control sobre el estrecho, Irán ha creado la Persian Gulf Strait Authority (PGSA), exigiendo que todas las embarcaciones presenten una declaración informativa previa a la autorización para navegar en el canal.
Otros temas tampoco prosperaron, en especial el de la inteligencia artificial (IA). EE. UU. domina el hardware necesario para la IA: los chips de Nvidia, la capacidad productiva de TSMC y la oferta de semiconductores avanzados. China controla las tierras raras y minerales críticos para la fabricación de chips o el ensamblaje de acumuladores para vehículos eléctricos. Antes de la cumbre, chinos y norteamericanos intensificaron el control sobre sus respectivas ventajas. La cumbre del 13 al 15 de mayo produjo un “indulto mutuo” respecto de los usos más agresivos de estos obstáculos, es decir el cese de una dinámica que evitaría que cualquiera de las partes detone el conflicto que incubaron en los últimos meses (https://bit.ly/4ugCpNy).
Los bloqueos permanecen. Las expectativas de lograr acuerdos significativos no se cumplieron. El “mercado” consideró decepcionante el anuncio de un contrato con Boeing para vender 200 aviones, pues luego del anuncio las acciones de esa empresa se movieron a la baja.
EE. UU. no asumió ningún compromiso claro respecto de un posible cese de las ventas de armas a Taiwán. Y China no está dispuesta a aparecer ante el mundo como el resorte utilizado por Trump para reabrir Ormuz.
Las condiciones que hacen que la relación bilateral EE. UU. – China sea estructuralmente antagónica no se han modificado. EE. UU. mantiene su compromiso con el derecho de la isla a defenderse si es atacada. Y China no ha renunciado a sus intenciones sobre ella. Con seguridad la carrera tecnológica se reanudará, una vez que la efervescencia diplomática se haya disipado.

La trampa de Tucídides
Mientras Trump repartía lisonjas, Xi recordaba los riesgos de guerra que suelen aflorar cuando un poder emergente rivaliza con el poder dominante. “¿Podrán China y EE. UU. trascender la trampa de Tucídides y forjar un nuevo paradigma para las relaciones de las mayores superpotencias?”, preguntó. Y con prudente optimismo respondió su propia pregunta augurando que el rejuvenecimiento de la nación china y MAGA en simultáneo “son totalmente posibles para beneficio del bienestar del mundo entero”.
Henrietta Levin acaba de afirmar en Foreign Affairs que la “relación bilateral más importante del mundo” ha cambiado, y que ahora China “ha establecido silenciosamente autoridad” sobre la política externa norteamericana (https://bit.ly/490W0sA).
Probablemente, en el largo plazo se estaría evitando la trampa de Tucídides. Y esto estaría sucediendo sobre la base de un cambio de polaridad de la economía mundial evidenciado en el último cuarto de siglo. En 2024 (último año con información disponible) la economía de la República Popular China ya representaba casi una quinta parte del PIB (PPA) mundial, mientras que la de EE. UU. representaba 14,7% (Gráfico 3). El mundo se halla en un momento en el que la mayor potencia económica del planeta no es la mayor potencia militar. Y ese desface probablemente sea una de las causas fundamentales de la inestabilidad mundial de la coyuntura en la que se encuentra.

Los resultados de la cumbre de Pekín incluyen la creación de nuevos organismos para el comercio, marcos regulatorios para la inversión, el eventual ingresos de las financieras norteamericanas al mercado chino y el próximo establecimiento de empresas chinas de tecnología verde en territorio estadounidense. Es publicidad deliberadamente positiva para tranquilizar a los mercados y una estrategia de los dos gobiernos para presentar algo, en sus respectivos países, que pareciera una victoria. En realidad, la cumbre propició una pausa táctica en una disputa estratégica de largo plazo que, eventualmente, solo terminará cuando las primacías económica y militar se reunifiquen bajo una misma bandera. La pregunta de Xi Jinping (¿podrán China y EE. UU. trascender la trampa de Tucídides?) es hoy más acuciante que la semana pasada.