Nulla est redemptio.
Este ‘no hay redención’, tiene su historia: Miguel Ángel pinta en la Capilla Sixtina su Juicio final, con las figuras desnudas a gusto del Renacimiento y porque ‘las almas no tienen sastre que las vista’, de modo que Jesús y la Virgen, bienaventurados y réprobos -que también merecen permanecer- aparecen mostrando los distintivos del sexo. Al cardenal Biagio de Cesana le parece indecente esta apertura y pide al papa Paulo III que obligue al pintor a vestir a santos y pecadores; Miguel Ángel trazó unos tules que serpenteaban por el cuadro para cubrir lo más visible, pero se vengó del pudibundo, adornando en la pintura su melena blanca, su gran nariz y aire obispal, con orejas de asno y una serpiente que, en el fuego infernal se enrosca en el penado. De Cesana, ya en el infierno, ruega al papa que ordene ‘al signore Michel Angelo’ borrar su horrenda caricatura. Pero Pablo III, hombre de humor, le contesta, gravemente obispal:
“Caro hijo mío: si el pintor te hubiera puesto en el purgatorio te sacaría: hasta allí llega mi poder; pero estás en el infierno de donde sacarte es imposible: No hay redención. Y el desventurado De Cesana maldijo la hora en que se le ocurrió vestir a la corte celestial.
¡Qué cara resultó para De Cesana la inmortalidad!…
Pero ¡cuidado!, porque entre las acepciones del lema inmortal que se hallan en el viejo Diccionario ideológico de la lengua española de don Julio Casares, se encuentra el lema ‘inmortal’ en una acepción que no volverá a aparecer: ‘Dícese inmortal del individuo perteneciente a la Academia de la Lengua’.
Sazonemos con algo de pimienta esta ilusión académica desproporcionada: la condición de no morir, primera que se enuncia en el artículo ‘inmortal’ de cualquier diccionario de español en el mundo, aplicada o no a los académicos, se completa con las marcas fig. y fam., de modo que los inmortales entran o entraban figuradamente, es decir, ficticiamente, a un ámbito cuyo sentido los desaloja de tan cómoda ilusión.
Pero ¿es verdad que figurada y familiarmente la pertenencia a la Academia de la Lengua instala a sus miembros en una especie de inmortalidad?
La condición de no morir es imaginaria en este mundo de criaturas sentenciadas a la nada, y pues todo hay que decirlo, esto de inmortalizarse por una pertenencia tan infinitamente pasajera, resultaría risible si no tuviera toda una historia de imitación y limitación, de fechas y circunstancias, como todo.
Porque La Real Academia de la Lengua, fundada en 1713 bajo el modelo de la Academia Francesa y casi un siglo después de esta, que nació en enero de 1635, tradujo fielmente los postulados de este primer ámbito de los inmortales. En la divisa de la Academia Francesa fundada por el cardenal Richelieu en nombre del Rey Luis XIII se halla la mención “A la inmortalidad” que figura en la insignia con la cual su fundador caracteriza a la Academia y tiene relación con su misión: la de velar por la unidad esencial de la lengua francesa. Es, pues, a ella, a la lengua, a la que corresponde la inmortalidad, aunque tal institución, cuya misión es la de normalizar y perfeccionar la lengua francesa, siga conociendo popularmente como ‘los inmortales’ a sus miembros. La Real Academia de la Lengua Española, después de un primer tiempo de ilusiones inmortales, eludió para siempre este calificativo y hoy cada académico, como cualquier vecino, es mortal. Y mejor, porque cualquiera podría recibir las orejas de burro que acabaron con la feliz eternidad de De Cesana.
En cambio, este adjetivo dedicado a la misión académica de cuidar la lengua —la expresión más humana de nuestra amarga condición— se vuelve en exigencia diaria de expresar verdad, bondad y belleza, principios implícitos en cada cosa real, como querían los filósofos griegos, bastante más mortales que el inmortalizado De Cesana por Miguel Ángel, con orejas de burro y ya sin la esperanza del fin.
