miércoles, junio 3, 2026
Ideas
Paúl Trujillo

Paúl Trujillo

Gestor de capital privado, con un masterado en Riesgos Financieros.

La democracia del miedo: Latinoamérica ya no elige proyectos, vota en contra de ‘enemigos’

Ambos extremos se alimentan mutuamente. La ultraderecha necesita una izquierda radical para justificar su discurso de orden y salvación. La izquierda populista necesita una derecha agresiva para sostener su narrativa de resistencia popular. Son enemigos que, en el fondo, se fortalecen entre sí.

En Ecuador y en gran parte de Latinoamérica ya no elegimos entre proyectos de país: elegimos entre miedos. Ese es el verdadero drama político de nuestra época. No se trata simplemente de que “los políticos son malos”, ni de una supuesta incapacidad cultural latinoamericana para construir democracia. El problema es mucho más profundo: nuestras democracias entraron en una fase donde la ciudadanía dejó de creer que la política puede mejorar la vida y comenzó a verla únicamente como una herramienta para evitar que el enemigo llegue al poder.

Eso explica por qué terminamos atrapados entre extremos.

En Ecuador ocurrió con el correísmo y el noboísmo. Una parte del país votó por Noboa, no porque representara un proyecto ideológico sólido, sino porque era el vehículo más viable para impedir el regreso de Correa. La otra mitad votó por Luisa González, no necesariamente por convicción doctrinaria, sino porque veía en el anticorreísmo un modelo elitista, empresarial y desconectado de las clases populares. Nadie votaba ilusionado. Todos votaban asustados.

Y el miedo es un pésimo arquitecto de la democracia.

Lo mismo ocurre hoy en Colombia. La disputa ya no gira alrededor de programas técnicos o debates racionales sobre desarrollo, productividad, educación o institucionalidad. La política se convirtió en una guerra emocional de identidades. De un lado, un outsider de derecha dura que capitaliza el hartazgo social, promete orden, castigo y autoridad y construye una narrativa de “salvación nacional” contra el caos. Del otro, una izquierda populista que se presenta como redención histórica de los excluidos, enemiga de las élites tradicionales y heredera de una lucha moral contra el establecimiento. Ambos necesitan enemigos permanentes para existir. Ambos simplifican la realidad. Ambos convierten la política en un campo de batalla moral.

Y el centro desaparece porque el centro exige paciencia, matices y racionalidad en sociedades agotadas.

Adam Przeworski tenía razón al decir que las democracias empiezan a erosionarse cuando la gente deja de votar por esperanza y comienza a votar para evitar una catástrofe. Ahí la democracia deja de ser competencia entre visiones legítimas del futuro y se convierte en una lógica de supervivencia. “Si gana el otro, el país se destruye”. Esa frase resume la política latinoamericana contemporánea.

Pero ¿por qué llegamos hasta este punto?

Primero, porque América Latina arrastra décadas de desigualdad brutal, corrupción estructural e instituciones débiles. La democracia prometió movilidad social, seguridad y progreso. Sin embargo, millones de personas siguen viviendo con miedo económico, violencia cotidiana y sensación de abandono estatal. Cuando la democracia no produce bienestar tangible, la gente pierde confianza en los consensos y empieza a buscar figuras que, al menos en el relato, representen ser fuertes, salvadoras o antisistema.

Segundo, porque las redes sociales destruyeron los incentivos para la moderación. Hoy la política y las redes premian el escándalo, la indignación y el conflicto permanente. Un político moderado parece aburrido; un extremista parece auténtico. El algoritmo convierte la rabia en capital político. Por eso los líderes más exitosos son los que simplifican la realidad en buenos y malos, pueblo y enemigos, patriotas y traidores.

Tercero, porque las identidades políticas reemplazaron a las ideas. Antes la gente podía cambiar de partido según propuestas concretas. Hoy muchos sienten que cambiar de postura es traicionar quiénes son. El correísmo ya no es solo una tendencia política: para muchos es una identidad emocional. Lo mismo el anticorreísmo. Lo mismo el petrismo y el antipetrismo en Colombia. Y cuando la política se vuelve identidad, el adversario deja de ser un rival democrático y pasa a ser una amenaza existencial.

Ese es el verdadero peligro.

Porque las democracias no mueren solamente con golpes de Estado. También mueren lentamente cuando los ciudadanos dejan de reconocerse mutuamente como compatriotas legítimos. Cuando cada elección parece una guerra final. Cuando perder una elección se siente como perder el país entero.

Lo más inquietante es que ambos extremos se alimentan mutuamente. La ultraderecha necesita una izquierda radical para justificar su discurso de orden y salvación. La izquierda populista necesita una derecha agresiva para sostener su narrativa de resistencia popular. Son enemigos que, en el fondo, se fortalecen entre sí. Y mientras tanto, el espacio moderado queda aplastado porque hablar de acuerdos, instituciones o reformas graduales parece insuficiente frente al miedo y la desesperación.

Por eso Sergio Fajardo obtiene un millón de votos y Paloma Valencia apenas el 7%. No porque el centro o la derecha tradicional no tengan ideas, sino porque en sociedades polarizadas los votantes dejan de buscar al mejor gobernante y empiezan a buscar al guerrero más eficaz para derrotar al otro bando.

La tragedia latinoamericana del siglo XXI no es simplemente la existencia de populistas. El verdadero problema es que millones de personas sienten que el sistema democrático tradicional ya no responde a sus necesidades. Y cuando las instituciones dejan vacíos de representación, aparecen líderes que prometen resolverlo todo mediante confrontación, carisma y poder personal.

Sin embargo, también sería ingenuo creer que esto es irreversible. Las democracias sobreviven cuando logran reconstruir confianza: confianza en las instituciones, en la posibilidad de acuerdos y en la idea de que el adversario político no es un enemigo absoluto. Eso exige líderes más responsables, pero también ciudadanos menos adictos a la indignación permanente.

Porque al final, el problema no es solo que existan extremos. El problema es que las sociedades dejaron de creer que hay algo entre ellos.

Y cuando una democracia pierde la fe en los matices, empieza lentamente a perder la fe en sí misma.

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