Una cosa es la disciplina y otra cosa es la soberanía. No es que la guerra sea la continuación de la política por otros medios, sino que la política es la guerra librada por otros medios. La ley no nace de la naturaleza […] la ley nace de las batallas reales, de las victorias, las masacres, las conquistas que tienen su fecha y sus héroes de horror.
Michel Foucault
El 20 de enero de 2026 el primer ministro canadiense Mark Carney dio un discurso en la reunión anual del Foro Económico Mundial. La potencia dominante, dijo, no está sujeta a límites ni a restricciones. Pero apostilló que los Estados intermedios “como Canadá no son impotentes. Tienen la capacidad de construir un nuevo orden que englobe nuestros valores, como el respeto a los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los diferentes estados” (http://bit.ly/42wjCBw).
“…los fuertes pueden hacer lo que pueden y los débiles deben sufrir lo que deben”, como algo inevitable, continuó Carney. Los países más pequeños han tratado de evitar el conflicto, han pretendido adaptarse para sortear los problemas, dijo. Han decidido “vivir dentro de una mentira”, en especial desde que “las grandes potencias han comenzado a utilizar la integración económica como arma, los aranceles como instrumento de presión, la infraestructura financiera como coerción y las cadenas de suministro como vulnerabilidades que deben ser explotadas”.
Solo las grandes potencias pueden actuar por su cuenta, gracias a las dimensiones de sus mercados, a su poder militar y capacidad para imponer sus condiciones (ver cuadro). Los países medianos no pueden hacerlo y los países pequeños menos. Carney reconoció que al negociar bilateralmente con una potencia hegemónica “…negociamos desde la debilidad. Aceptamos lo que se nos ofrece. Competimos entre nosotros para ser lo más complacientes”.
El significado y alcance de la noción de soberanía ha variado mucho, según la época y el contexto. En el último medio siglo se la ha fraccionado con fines utilitarios.
“Esto no es soberanía. Es el ejercicio de la soberanía aceptando la subordinación”, sostuvo el primer ministro de una potencia mediana. ¿Soberanía subordinada? Carney ha descubierto el oxímoron que cualquier diplomático de profesión, de cualquier ministerio de asuntos exteriores de un país pequeño lo sabe, mucho antes de que el régimen Trump dinamite el orden internacional basado en normas.
¿Qué es la soberanía? Ecuador se declaró –explícitamente– soberano 99 años después de proclamar su independencia política (art. 3 de la Constitución de 1929). Aunque varias constituciones anteriores incluyeron principios soberanos y su residencia en el pueblo (https://bit.ly/4v1W2Jq). En la práctica, países que la invocan en sus textos constitucionales suelen carecer de ella, como Venezuela (art. 5 de la Constitución), donde hace poco tropas norteamericanas abdujeron al jefe de gobierno para recluirlo en una prisión newyorkina. O Perú, donde el mandato constitucional establece que el Estado debe defender la soberanía nacional (art. 44), lo que no impidió a la República Popular China establecer un enclave en el recién construido puerto de Chancay. Por el contrario, países que no la mencionan parecen ejercerla a plenitud, como la misma China, cuyo segundo artículo constitucional proclama que “Todo poder en la República Popular China pertenece al pueblo”. O EE. UU., en cuyo texto constitucional no consta la palabra ‘sovereignty’, pero se lee “We the people…”, que expresa una idea similar a la de la China comunista.
El significado y alcance de la noción de soberanía ha variado mucho, según la época y el contexto. En el último medio siglo se la ha fraccionado con fines utilitarios. Y, últimamente, la destrucción del orden internacional ha anulado casi todo su valor político y toda su capacidad analítica. En los siguientes párrafos se sostiene que la soberanía ya no es relevante y que un nuevo orden internacional basado en normas podría prescindir de ella.
Atributo vestigial
Los teólogos medievales sostenían que la autoridad soberana del emperador emanaba de Dios y de su habilidad para proteger a sus súbditos. El príncipe era ungido con actos litúrgicos confirmatorios de la fuente divina de su soberanía. Pero al aparecer las primeras ciudades–estado, la autoridad empezó a ser ejercida en territorios específicos –y sus correspondientes mares territoriales– dentro de límites razonables. Y la soberanía comenzó a ser percibida como una potestad del poder político local (como el Gran Consejo de la Serenísima República de Venecia, o la Comuna de Perugia).
Esas nuevas formas de organización política antagonizaron con la autoridad universal y perenne del emperador, cuya legitimidad descendía de la voluntad divina. La territorialización de la autoridad se inspiraba, por su parte, en una noción ascendente del poder. La soberanía se convirtió en algo concreto; dejó de ser uno de los atributos abstractos de un emperador que pocos habrían visto en persona. El punto de inflexión ocurrió cuando los señores feudales de Francia y Nápoles rehusaron reconocer la autoridad del emperador Enrique VII (1275-1313) en asuntos considerados internos.
El jurista Bartolo de Sassoferrato (1314-1357) aportó la doctrina germinal de la soberanía moderna al elaborar la organización política de Perugia o Bolonia, auto–percibidas como imperios diminutos. Conforme se extendía la capacidad de organización política de la multitud, se difuminaba la idea de que la fuente primigenia de la autoridad política se encontraba en el mandato del emperador, cuya legitimidad solo la podía confirmar el Papa.
Esta transición confluyó en el nuevo titular de la potestad soberana, de forma que la noción medieval (soberanía) se convirtió en el siglo XVII en atributo de la noción estado–nación, determinante en la historia moderna.
El surgimiento de la comunidad de Estados implicó el reconocimiento recíproco de estados–naciones soberanos, y ocurrió únicamente en Europa. Jean Bodin, Hugo Grocio, Thomas Hobbes y varios más sostuvieron que la autoridad soberana era indivisible y absoluta. El avance definitivo hacia la modernización del concepto lo inspiró Jean-Jackes Rousseau difundiendo la idea de que la voluntad popular era la única fuente de soberanía. En el siglo XIX, el de la consolidación de la ideología liberal, el estado–nación se convirtió en objeto central de la ciencia política europea. Fuera del Viejo Continente, la realidad era distinta.
En la primera mitad del siglo XIX la incipiente soberanía de los Estados constituidos sobre los virreinatos, audiencias y capitanías americanas del vencido imperio español fue reconocida por ingleses, franceses, alemanes y demás, como moneda de cambio de la “cláusula de la nación más favorecida” (NMF, que establece que cualquier ventaja, favor o trato preferencial que un Estado otorgue a un tercero se debe extender automática e incondicionalmente a todos los demás Estados). Al mediar el siglo XIX, el reconocimiento de los Estados europeos a los Estados latinoamericanos ya era general, a cambio de tratados de libre comercio con cláusulas NMF.
La soberanía a la europea tampoco había llegado a Asia. India dejó de ser territorio controlado por la Compañía Británica de las Indias Orientales y en 1857 se convirtió en colonia directa del imperio.
Mientras tanto, en el norte de América se estableció una nación centrada en el dogma de la soberanía del pueblo, fundamento del régimen político estadounidense. La soberanía popular norteamericana alentaba la conjugación de igualdad de oportunidades y la libertad, experimento social diferente, no supeditado al reconocimiento de los Estados europeos. La persistencia del racismo y de la esclavitud en los estados del sur, no alteró esta percepción central y la incompatibilidad del régimen económico sureño con la democracia y la libertad se dirimió en la guerra civil (1861-1865).
En la Conferencia de Berlín de 1884-85 los representantes de los Estados europeos (excepto Austria-Hungría y Suecia-Noruega) se repartieron África y dibujaron un mapa político sin participación de representantes africanos. Entre 1880 y el final de la primera guerra mundial los Estados soberanos de Europa ocuparon el territorio africano –salvo Liberia y Etiopía– mediante mecanismos violentos. El Reino Unido controló una franja norte–sur desde Egipto hasta Sudáfrica; Francia se apropió de un bloque en el norte y oeste (Argelia, Marruecos, Tunez hasta Senegal, Costa de Marfil, Niger y Chad); Alemania se apoderó de Togo, Camerún, Namibia, Tanzania, Ruanda y Burundi; Leopoldo II de Bélgica se adjudicó a título personal la actual República Democrática del Congo; Portugal reforzó su dominio de Angola, Mozambique, Cabo Verde, Santo Tomé y Príncipe; Italia se adueñó de Libia y Somalia; y España recibió parte del Sahara Occidental, Guinea Occidental y una porción de Marruecos.
La soberanía a la europea tampoco había llegado a Asia. India dejó de ser territorio controlado por la Compañía Británica de las Indias Orientales y en 1857 se convirtió en colonia directa del imperio. Birmania, Sri-Lanka, Singapur y Malasia tenían una condición similar. Hong Kong se convirtió en colonia británica tras la primera guerra del opio (1842). En el Golfo Pérsico se establecieron protectorados y controles navales sin ocupar los territorios del interior, y la mayor parte de Oceanía estaba controlada también por el imperio británico.