Hay una pelea vieja en el periodismo ecuatoriano que cada cierto tiempo vuelve a encenderse. El detonante cambia, los protagonistas también, pero el argumento es siempre el mismo: yo lo publiqué primero, ese tema es mío, nadie más debería tocarlo.
Esta semana volvió como comidilla en ese escenario tóxico llamado X, indispensable para el círculo político y mediático del país. En esta ocasión me resultó más difícil de ignorar, no por quiénes participan —colegas cuyo trabajo es respetable—, sino por cuándo ocurre.
Apenas la semana pasada, Hernán Higuera, periodista de investigación con décadas de trayectoria y ganador del Premio Rey de España, anunció que dejaba de investigar un caso de corrupción que afecta al gobierno actual. La razón: represalias contra su esposa e hijo. Poco antes, el 8 de junio de 2026, fue asesinada Mónika Silva, activista anticorrupción. Mientras esto se suma a las más de 86 agresiones que Fundamedios ha documentado durante el 2026, entre quienes somos periodistas, circulan conversaciones sobre planes para que colegas que son voces incómodas “se moderen”. En ese contexto me pregunto, como otros colegas lo han hecho en redes sociales: ¿En serio, la pelea más urgente del gremio es quién publicó primero?
Escribo esto desde adentro, y con la honestidad de que a mí también me ha dolido ver una historia mía ignorada, o ver cómo el mismo tema que trabajé aparece después en otro medio como si nadie lo hubiera tocado antes. Conozco bien el sentimiento, pero entiendo que eso no puede convertirse ni en doctrina ni en distractor para lo que realmente importa: nuestro oficio está cada vez más amenazado y si seguimos en la lucha de egos, lamentablemente no habrá frente que pueda sostener a quienes seguimos trabajando en condiciones cada vez más hostiles.
El periodismo no funciona con derechos de propiedad sobre temas. Si un colega investiga de forma independiente el mismo asunto que tú investigaste, no te está robando nada: está haciendo su trabajo. Que dos periodistas lleguen al mismo lugar por caminos distintos no diluye tu historia, la confirma. El reclamo legítimo es mucho más estrecho: si alguien copia literalmente tu texto, tus fuentes, tu estructura, ahí hay un problema real. Todo lo demás es vanidad.
Lamentablemente en Ecuador, la vanidad tiene un origen que genera un círculo vicioso tóxico.
En este país, el periodista sobrevive mayoritariamente sin red. Sin contrato estable, sin seguro, sin un salario justo que justifique el riesgo que asume, sin horas de desconexión y con la idea —dañina, a mi parecer— de que la vida debe detenerse por cubrir o publicar una noticia.
En medio de ese escenario, lo que sí tiene el periodista, si trabaja bien y durante suficiente tiempo, es reputación. Ese capital, el del nombre, es frágil, intransferible e imposible de acumular en una cuenta bancaria, entonces se cuida con una intensidad que a veces raya en lo irracional.
Y no solo por la credibilidad que el oficio demanda, sino porque el nombre tiene valor de mercado. Un nombre conocido consigue que te inviten a eventos exclusivos, te incluyan en proyectos o te consideren para reuniones de “periodistas destacados” y por qué no decirlo, incluso aumenta las posibilidades de que te entreguen un reconocimiento o un premio. El capital simbólico se convierte en el único ingreso estable disponible. Entonces defender «tu» tema es, en el fondo, defender tu fuente de sustento. Esto lo escribo no como justificación, sino porque es necesario entender los bemoles, los grises y la complejidad de nuestro oficio en Ecuador. Me rehuso al blanco y negro reduccionista y puritano.
Aún entendiendo esta burbuja periodística, lo que no llego a entender es la confusión entre primicia y autoridad. Ambos términos son distintos.
Para explicarlo pienso en Mónica Almeida, probablemente la periodista de investigación más notable que ha dado este país, sin redes sociales activas, sin disputas públicas de autoría, sin egoísmo con otros periodistas. Pienso en Paúl Mena, referente del periodismo de datos en Ecuador y en la región, construido desde el rigor y la generosidad con sus colegas, enseñando a nuevas generaciones sobre esas habilidades que aún no son generalizadas en el país. Pienso en Stephen Wright, periodista especializado en crimen organizado para el Daily Mail, con décadas de trabajo y una autoridad que no necesita de X para existir. Puedo asegurar que ninguno de ellos —como otros colegas— construyó su lugar peleando primicias en redes.
Lo que los mantiene donde están no es haber publicado primero. Es la prudencia. La capacidad de análisis. La consistencia en el tiempo. La generosidad con las fuentes y con los colegas. Esas son las monedas que realmente acumulan autoridad, y son exactamente las que se gastan cuando se sale a reclamar propiedad sobre un tema en Twitter.
La permanencia en los lugares que importan o en las conversaciones que importan, se mide de otra manera. Una pelea pública sobre primicias no solo resta puntos en esa medición, sino que descubre ante las fuentes, la audiencia, los colegas y el mundo, que el ego pesa más que el criterio.
En un país donde un colega acaba de dejar una investigación por miedo a lo que le puedan hacer a su familia, esa es una señal muy mala sobre dónde tenemos puestas las prioridades.
Me acerco a cumplir 15 años desde la primera vez que se publicó una noticia de mi autoría y desde entonces he cubierto miles de temas y sé, hoy con más seguridad que nunca, que las historias más importantes que he hecho no me pertenecen. Esas historias le pertenecen a las fuentes que confiaron en mí y arriesgaron algo para contármelas, a los lectores que las necesitaban, al momento histórico que demandaba ser escrito. El trabajo fue mío, sí, pero la historia, no.
