Durante el Mundial anterior yo tenía dos certezas. La primera era que Ecuador iba a hacer un gran papel. La segunda era que mi madre iba a sobrevivir. Las dos resultaron falsas. Pero en aquel momento yo no podía verlo.
Cuando miro hacia atrás, las señales parecen obvias. Los síntomas estaban ahí. Los silencios también. Había conversaciones que nadie quería tener y preguntas que yo no quería formular. Sin embargo, seguí aferrándome a la idea de que todo iba a salir bien. No era ignorancia. Era amor. O quizá era miedo. O, como escribió Chimamanda Ngozi Adichie después de la muerte de su padre: esa negación era una forma de esperanza.
Mientras Ecuador avanzaba en el Mundial, yo seguía convencida de que la selección pasaría a octavos de final. Y cuando quedó eliminada frente a Senegal en un partido que parecía imposible perder, tampoco entendí del todo lo que estaba ocurriendo. A veces la realidad tarda en alcanzarnos.
Mi madre murió poco después, y un año más tarde murió también mi padre. Con el tiempo aprendí que el duelo tiene una extraña manera de reordenar los recuerdos, y lo que en su momento parecía confuso adquiere una nitidez dolorosa. Uno descubre que muchas veces no es que no viera las cosas, es que no estaba preparado para aceptarlas.
Entonces me refugié en los libros, mis grandes amigos de siempre, buscando respuestas o tal vez compañía. Recuerdo especialmente La rueda de la vida, de Elisabeth Kübler-Ross. Allí encontré una idea que entonces me pareció dura y que hoy me parece profundamente liberadora: no superamos la pérdida de quienes amamos, aprendemos a vivir con ella.
Leí a Héctor Abad Faciolince intentando entender cómo sobrevive el amor cuando la persona amada ya no está. A Rosa Montero preguntándome si alguna vez deja de parecernos ridícula la idea de no volver a ver a quienes amamos. Volví incluso a García Márquez y a ese coronel obstinado que sigue esperando una carta que nunca llega.
En todos encontré la misma intuición: todos vivimos aferrados a pequeñas formas de esperanza. Por eso este año decidí hacer algo que puede sonar absurdo. Quise reconciliarme con el Mundial. Me compré una camiseta de Ecuador, anoté las fechas de los partidos, vi la inauguración, seguí las noticias deportivas. Me permití una ilusión que creía perdida.
No se trataba realmente de fútbol. Se trataba de recuperar algo más difícil de nombrar. Tal vez la capacidad de esperar, la posibilidad de entusiasmarse, o una forma de conversar con la persona que fui antes de que la vida me enseñara ciertas (tantas) lecciones.
Y entonces Ecuador salió a la cancha. Jugó sin convicción, sin alegría, sin hambre. Mientras veía los partidos pensaba que quizá estaba pasando algo parecido a lo que había ocurrido años atrás. No con mi madre, por supuesto, sino con nosotros: habíamos querido creer.
Nos habían contado la historia de una generación extraordinaria, de una selección destinada a grandes cosas, de un proyecto sólido e indiscutible. Nosotros aceptamos el relato porque necesitábamos hacerlo: la esperanza siempre encuentra una rendija por donde entrar.
En un país cansado de decepciones, todos queremos creer en algo: una selección, una institución, una persona, un Dios. Quizá por eso me conmovió tanto descubrir que mi tristeza no tenía nada que ver con el fútbol. Era otra cosa. Era entender cuántas veces los seres humanos elegimos la esperanza aun cuando la evidencia apunta en otra dirección. No porque seamos ingenuos o incapaces de ver, sino porque hay verdades que el corazón necesita aprender lentamente.
Hace poco recordé una frase de Un curso de milagros que dice que nuestra felicidad no depende de nadie más que de nosotros mismos. Es verdad. Aunque soy consciente de que existen dolores y carencias que ningún esfuerzo individual puede resolver, ninguna selección de fútbol, ni un gobierno, ni ninguna persona tiene la obligación de sostener nuestras esperanzas.
Pero también es verdad que los seres humanos estamos hechos para depositarlas en algún lugar. Necesitamos creer, imaginar que algo bueno nos espera a la vuelta de la esquina. Necesitamos construir pequeñas ficciones que nos ayuden a atravesar la incertidumbre. Tal vez por eso seguimos leyendo novelas, viendo películas, rezando, enamorándonos o alentando a once personas que corren detrás de una pelota.
En la película Un poeta, el protagonista parece perseguir obstinadamente una vida que nunca ocurrió, una vida imaginada, una promesa incumplida. Quizá todos hacemos algo parecido, pues una parte importante de estar vivos consiste en seguir caminando hacia horizontes que nunca terminan de alcanzarse.
Algo de ese caminar se quedó conmigo, y volvió a mi memoria una canción, una de las tantas que mi padre cantaba con su maravillosa voz: Zamba de mi esperanza. Durante años pensé que ese título era apenas una hermosa imagen poética. Hoy creo que encierra una verdad mucho más profunda: todos tenemos una zamba de nuestra esperanza. Algo a lo que nos aferramos cuando la realidad se vuelve demasiado pesada. Una promesa, una oración, un recuerdo, un ser querido, una vida que imaginamos posible.
Pienso en mis padres. Pienso en los libros y la música que me acompañaron cuando ya no estaban. Pienso en aquella mujer que fui durante esos meses y en todas las cosas que era incapaz de aceptar. Pienso en aquel Mundial. Pienso en este otro. Y ya no siento enojo. Ni siquiera decepción. Siento ternura. Ternura por esa hija que todavía necesitaba creer que quedaba tiempo. Ternura por quienes siguen creyendo contra toda evidencia. Ternura por nosotros, que insistimos una y otra vez en apostar por algo, como en nuestra selección de fútbol.
Porque, al final, la esperanza no siempre es razonable, pero tampoco lo es eso que sentimos cuando amamos. Sin embargo, son las dos fuerzas que más han movido nuestras vidas. Sí, Chimamanda Ngozi Adichie tiene razón: la negación es una forma de esperanza, y tal vez la esperanza sea, a su vez, una forma de amor: el que sentimos por una persona, por un país, por un equipo, por una idea o por una vida que todavía creemos posible. No la certeza de que todo saldrá bien, sino la decisión silenciosa de seguir encontrando belleza, sentido y motivos para amar, aun después de haber aprendido que todas las cosas son frágiles.
Porque, sí, no vivimos únicamente de certezas. Vivimos también de aquello que, contra toda evidencia, seguimos eligiendo creer.
