¿Cómo te sentirías si abres la llave de agua y no sale ni una sola gota y si eso dura varios días? Trata de imaginar, por un momento, tu vida sin agua. Es imposible, porque sin agua no hay vida. El agua es un recurso vital del que no podemos prescindir en el diario vivir. Y por ello es fundamental cuidarla.
El agua no viene del grifo, como sostuvo la asambleísta de ADN Camila León, presidenta de la Comisión de Biodiversidad. Decir que “el agua viene de la llave” es olvidar que antes del grifo hay territorios enteros sosteniéndola: nevados que se derriten, páramos que la capturan y la guardan, suelos que la filtran, bosques que la protegen, cuencas altas que la conducen y comunidades que la defienden. El agua no nace en la infraestructura urbana; nace en los territorios vivos. Cuando el discurso público reduce el agua a un servicio doméstico, borra la responsabilidad política de proteger los ecosistemas que la producen.

El grifo es el final del viaje, su origen está en las montañas. Si esas montañas se degradan, ningún sistema de tuberías podrá devolvernos lo que perdimos.
En un país que vive de sus montañas es una ceguera política olvidar que el agua de los nevados se retiene en los páramos. El deshielo encuentra en el páramo la esponja viva que lo guarda, lo filtra y lo convierte en caudal para ciudades, riego y vida. Sin esa esponja, el agua correría como un torrente fugaz y desaparecería en horas. Los páramos almacenan grandes volúmenes de agua en sus suelos orgánicos y la liberan lentamente. Si el páramo se degrada, esa “esponja” se rompe y los ríos se vuelven irregulares: más inundaciones en invierno, más sequías en verano.

El 23 de junio, desde el 2021, se celebra en Ecuador el Día Nacional de los Páramos, una fecha creada para reconocer su papel como reguladores del agua, guardianes del clima y refugios de biodiversidad altoandina.
Los páramos captan lluvia, neblina y humedad atmosférica y los liberan lentamente hacia ríos y embalses. Sus suelos orgánicos —profundos, fríos, esponjosos— almacenan enormes volúmenes de agua.
En Ecuador el 5% del territorio es de páramos (1’337.119 has). En estos ecosistemas hay 200 especies registradas de vertebrados. En ellos viven el 10% de la fauna del país. El 60% de las plantas de páramo son endémicas, especies que no existen en ningún otro lugar del planeta. Esa singularidad es una advertencia: allí, donde la vida ha evolucionado en condiciones extremas de frío y altura, cualquier intervención —minera, vial, ganadera— destruye un paisaje y borra linajes enteros, historias evolutivas irrepetibles. Defender el páramo es defender la memoria viva de la tierra, escrita en plantas que no volverán a nacer en ninguna otra parte.
Ellos captan lluvia, neblina y humedad atmosférica y los liberan lentamente hacia ríos y embalses. Sus suelos orgánicos —profundos, fríos, esponjosos— almacenan enormes volúmenes de agua. En ellos habita una biodiversidad única, capturan carbono y estabilizan el clima andino.
¡Cuidado, con no cuidarlos! Los páramos requieren mucha atención y protección. Son ecosistemas frágiles que cumplen importantes funciones ecológicas. Sus suelos tardan siglos en formarse y, una vez compactados o contaminados, no se recuperan en tiempos humanos. La restauración es posible, pero lenta y limitada.
La pérdida de hábitat implica extinciones locales irreversibles. Regulan el clima, al almacenar carbono en sus suelos fríos. Cuando se drenan o queman, liberan CO₂ y aceleran el calentamiento.
Cuidar el páramo es cuidar el agua, el clima, la biodiversidad y la vida de las comunidades que dependen de él. Sin protección, todo el sistema hídrico andino se vuelve más vulnerable y menos justo. El agua que sostiene la vida y la economía andina tiene su origen en el páramo. En ese equilibrio frío, la montaña respira y nos entrega agua gota a gota.

Un sistema interconectado
Sistemas urbanos como Quito, Cuenca, Ambato, Ibarra, Loja o Riobamba, para citar apenas unas cuantas de ciudades de nuestro país, dependen directamente de los caudales que descienden de los páramos para agua potable, riego y energía. Sin páramos sanos, las ciudades no tendrían agua suficiente.
Se tiende a pensar que la importancia del páramo le atañe solamente a la sierra, lo que es un grave error. Este ecosistema es vital para la Amazonía y para la Costa pues regula el agua que alimenta a ambas regiones.
Los grandes ríos amazónicos ecuatorianos —Pastaza, Napo, Coca, Santiago, Zamora— nacen en los páramos o en sus faldas altas. Allí se forma el caudal base que luego se convierte en selva, en transporte, en pesca, en vida. Sin páramos saludables, esos ríos tienen crecidas o sequías violentas, erosión y pérdida de suelos río abajo.
El páramo regula los ríos que sostienen la agricultura y el aprovisionamiento de agua en las ciudades de la costa. Los ríos que bajan hacia la Costa —Guayllabamba, Daule, Portoviejo, Jubones, Esmeraldas— dependen de la liberación lenta y constante de agua desde los páramos andinos. Esto permite que haya agua para riego, consumo urbano, hidroeléctricas y actividades productivas incluso en épocas secas.
Los páramos no son un paisaje, son la infraestructura hídrica más importante del país. Regulan el agua que sostiene ciudades, agricultura, energía y vida. Sin páramos conectados, no hay agua segura.
Los Andes, la Amazonía y la Costa representan un sistema interconectado, donde el páramo es el punto de equilibrio hídrico del país. En Ecuador el agua nace en el frío helado de los nevados, viaja por la selva y desemboca en el mar.
Para recordar la importancia de los páramos, el 23 de junio la Ecuarrunari invitó al Foro Día Nacional de los Páramos: en defensa del territorio, el agua y la vida, evento realizado en la Facultad de Ciencias Agrícolas de la Universidad Central del Ecuador a las 9H00 en modalidad híbrida y virtual. El 23 y 24 de junio, en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales – FLACSO, también organizó el simposio Páramos conectados, que busca generar un espacio de intercambio de conocimientos, experiencias y perspectivas que contribuya a fortalecer la conservación de estos ecosistemas y promover acciones conjuntas en favor de su conectividad. La convocatoria al simposio destacaba que un páramo aislado no es un páramo funcional: necesita continuidad, cuencas vivas y territorios que respiren juntos.
Los páramos no son un paisaje, son la infraestructura hídrica más importante del país. Regulan el agua que sostiene ciudades, agricultura, energía y vida. Sin páramos conectados, no hay agua segura.

Desconectar al páramo
Lastimosamente, la desconexión del páramo es cada vez mayor. Ocurre cuando se rompe su continuidad ecológica e hidrológica. Las amenazas actuales —minería, cambio de uso del suelo, incendios, infraestructura, cambio climático— debilitan su capacidad de regular el agua.
Bien anota nuestra Constitución que el derecho humano al agua es fundamental e irrenunciable, pues el agua constituye patrimonio nacional estratégico de uso público, inalienable, imprescriptible, inembargable y esencial para la vida. Y no solo eso, en ese mismo texto se establece como derecho del agua la garantía de su caudal ecológico.
“Aunque usted no los crea”, en Ecuador la mayor amenaza para los páramos viene de quienes deberían velar por su cuidado, protección y conservación. El gobierno de Daniel Noboa ha dado claras muestras de que la conservación de este ecosistema no está en su radar.

En un país que depende de sus páramos para beber, sembrar y sostener la vida, este gobierno quiere ejecutar una agenda que prioriza la extracción por encima de la protección. La aprobación de la Ley orgánica de eficiencia económica y generación de empleo, presentada como urgente, opera como una plataforma legal para acelerar la minería a gran escala, disfrazada de reactivación económica. La fusión del Ministerio de Ambiente dentro del de Energía y Minas dejó el mensaje en claro: la autoridad ambiental deja de ser un contrapeso y pasa a ser un apéndice del sector que debe regular. Y está en en marcha la Ley de competitividad energética y minera, diseñada para flexibilizar aún más concesiones y permisos.
Imaginar una vida sin agua es insoportable pero necesario: solo así entenderemos que cada decisión política, cada concesión minera, cada permiso otorgado en zonas de recarga hídrica, nos acerca o nos aleja de ese futuro.
Los proyectos que representan mayor riesgo para los páramos son aquellos ubicados directamente dentro de ecosistemas de alta montaña o en sus zonas de recarga hídrica, cuya alteración afecta directamente a ciudades, ríos y comunidades aguas abajo. La evidencia científica es consistente: la minería metálica en páramos genera impactos irreversibles en suelos, humedales y fuentes de agua. Los proyectos que más amenazan a los páramos en Ecuador son: Loma Larga (Azuay), Curipamba–El Domo (Bolívar/Chimborazo), La Plata (Cotopaxi), Mirador y Fruta del Norte (Zamora Chinchipe), con ampliaciones previstas, Llurimagua (Imbabura), pese a fallos judiciales y conflictos sociales. En varios casos, el Ejecutivo ha declarado estos proyectos como prioritarios para la atracción de inversión extranjera.

El día en que abramos la llave y no salga agua, no será un accidente ni un castigo divino, será la consecuencia de haber permitido que los páramos, las cuencas altas, los humedales, sean tratados como “territorios de sacrificio”. Imaginar una vida sin agua es insoportable pero necesario: solo así entenderemos que cada decisión política, cada concesión minera, cada permiso otorgado en zonas de recarga hídrica, nos acerca o nos aleja de ese futuro seco. El agua no es un servicio; es un derecho que depende de montañas que aún laten y de sus suelos que guardan memorias.
Frente a una política pública que favorece a los megaproyectos mineros en ecosistemas estratégicos, como los páramos, donde se sabe que el daño es irreversible, muchas organizaciones ecologistas, campesinas, indígenas de derechos humanos, han dejado claro su decisión: ¡paramos ya! por la desconexión con los páramos.