martes, junio 23, 2026
Ideas
David Parra

David Parra

Ecologista, miembro fundador de la Alianza Jambato

El jambato insiste en sobrevivir

El jambato sigue ahí. Contra todo pronóstico. Ha sobrevivido a su propia desaparición, pero no sabemos en qué condiciones. No sabemos si la población es suficiente o si su futuro está asegurado.

Hubo un tiempo en que el jambato no era noticia. Era simplemente parte del paisaje. Tan común como los gorriones en la ciudad o las tórtolas en los cables. Tan cercano, que los niños en los Andes jugaban esquivándolo en los caminos, cuidando de no pisarlo, pero no porque estuviera en peligro, sino porque estaba en todas partes.

Y de pronto, dejó de estar.

La historia de la extinción es conocida, casi repetida: una especie abundante que desaparece en cuestión de años. Enfermedades, cambio climático y transformaciones del entorno desaparecieron al jambato.

Pero esta no es una historia de pérdida; sino, afortunadamente, una historia de insistencia.

El redescubrimiento del jambato, en el 2016, no fue únicamente un hallazgo científico. Confirmó que, incluso cuando creemos que todo está perdido, la vida puede encontrar formas de persistir. Para toda una generación de científicos ese momento marcó un antes y un después. Sin embargo, aún en un país biodiverso como el nuestro, la conservación es un ejercicio profundamente complejo.

El jambato no vive en un laboratorio ni en una historia ideal. Vive en territorios atravesados por necesidades. Las comunidades que conviven con él buscan salir de la pobreza y para eso se toman decisiones que no siempre pueden esperar. En Angamarca (único lugar donde vive hoy el jambato), como en tantos otros lugares, la conservación se encontró de frente con esas tensiones. Una carretera no era solo una amenaza ecológica sino también una promesa de futuro para la gente.

Y ahí es donde la historia se vuelve incómoda.

Durante mucho tiempo, se ha planteado la conservación como una elección: o la naturaleza o las personas. Pero la experiencia, y el propio caso del jambato, nos recuerda que las iniciativas que logran sostenerse en el tiempo son las que reconocen los conflictos, pero también trabajan en aquello que puede unir.

El plan de acción para la conservación del jambato incluye actividades que consideran ambas partes: erradicar truchas de los ríos pero fortalecer su buen manejo en piscinas, enriquecer el hábitat del jambato aportando a la soberanía alimentaria con prácticas agroecológicas, descontaminar riachuelos que se usan para reproducción del jambato y para riego…

Hoy, el jambato sigue ahí. Contra todo pronóstico. Ha sobrevivido a su propia desaparición, pero no sabemos en qué condiciones. No sabemos si la población es suficiente o si su futuro está asegurado.

Por eso, debemos reflexionar sobre ¿qué hacemos con esta segunda oportunidad? Porque el jambato ya no es solo una especie, sino una prueba para demostrar que la conservación no tiene que ser una historia de pérdidas inevitables.

El jambato sigue haciendo lo único que puede hacer: resistir. ¿Estamos nosotros a la altura de su resistencia?

 

Nuevas columnas

Más leídas

Más historias