La masacre de las fuerzas israelíes en la franja de Gaza es presentada por la prensa prooccidental como una nueva escalada de un largo conflicto y se insta a ambas partes a poner fin a las hostilidades. Esta posición podría aparecer hasta inocente si no fuera porque en el medio de las “ambas partes” solamente hay una que recibe todos los golpes del insuperable poderío militar israelí.
No hay dos partes iguales aquí enfrentándose: hay un pueblo, el palestino, acosado en su gueto-ratonera de 150 kilómetros cuadrados, donde por la incursión militar se han causado, hasta esta fecha, más de 500 muertos, 134 de los cuales son niños. Nada justifica semejante masacre. Ningún argumento la avala moralmente. Aunque la versión israelí es que se está defendiendo de ataques terroristas a su territorio, la desproporción y violencia generadas por las fuerzas militares israelíes desmienten y desbaratan cualquier argumento moral.
La Cancillería ecuatoriana se ha pronunciado oficialmente rechazando la incursión militar y ha llamado al despacho del Canciller al embajador de Israel. Decisiones a mi criterio adecuadas en razón de la coyuntura.
Sin embargo, de acuerdo con el Informe de actividades del Subsecretario de África, Asia y Oceanía, el presidente Correa estaría poniendo en su agenda una visita a Israel para la primera quincena de octubre de este año. Israel, de su parte, no ha definido una fecha.
Según el mismo informe, el Ecuador también adelanta la negociación de convenios, memorandos de entendimiento y cartas de intención entre la Secretaría Nacional de Educación Superior, Ciencia y Tecnología, la empresa pública Yachay y varias instituciones israelíes. También se está buscando cooperación en ejes prioritarios, como parques tecnológicos, transferencias de conocimiento e intercambio de experiencias para la Universidad Yachay.
Aunque algunos dirán que la cooperación en ciencia y tecnología nada tiene que ver con los ataques en Gaza. Yo creo que sí, porque en el fondo, el tema tiene que ver con la ética de los líderes de una sociedad, más allá de sus otros intereses. Y el comportamiento de los dirigentes israelíes actuales frente al derecho a existir –nunca antes tan literal– del pueblo palestino es una de las abyecciones más grandes de la sociedad moderna.
Con ello también quiero evitar la generalización de la sociedad israelí. No todos son halcones guerreros, no todos quieren el exterminio del pueblo palestino, y algunos ciudadanos israelíes –menos de los necesarios quizá– hacen sinceros esfuerzos por lograr la unión entre los dos pueblos y defender los derechos palestinos.
Creo que Ecuador debe evaluar las relaciones con Israel de modo integral. Mientras se masacre a un pueblo, es impensable éticamente pretender la negociación de acuerdos científicos y poner en la agenda una visita protocolaria.
