Idolatrar es convertir a alguien o algo en objeto de adoración a causa de unas capacidades que se perciben como extraordinarias, sin que importe, para el idólatra, que estas sean reales o imaginarias.
La idolatría —el amor al ídolo— casi nunca es desinteresada. El idólatra espera recibir algo a cambio de su adoración: un don, un milagro, la participación de algún aspecto de la naturaleza del ídolo, pues, como hombre común y corriente que es, carece de uno o varios de los atributos que este posee en su potencia máxima, y espera que se los transfiera de forma indirecta, es decir, a través de los efectos del ejercicio efectivo de sus potencias. La impotencia o fracaso del ídolo se transfiere al idólatra de la misma manera.
Si la actuación del ídolo va en el sentido esperado, aumenta su prestigio. Y este, y todos los atributos a él asociados, llegan también al idólatra. Si el ídolo se prestigia, se prestigia quien lo adora. Si el ídolo alcanza el respeto incluso de aquellos que no le rinden pleitesía, el idólatra se vuelve respetable.
Respeto y prestigio son las necesidades más acuciantes que el idólatra quiere satisfacer apropiándose del respeto y prestigio de su ídolo: un ídolo posmoderno, que bien puede ser un futbolista o un equipo de fútbol.
Un ídolo es la encarnación de alguna excelencia, excelencia que, en estos tiempos, debe manifestarse en forma de espectáculo. Lo excelente, para que sea tal, debe ser espectacular; espectacular y masivo como el fútbol y el béisbol y los grandes conciertos de música popular. Lo excelente, ahora, es lo masivo, y lo masivo es comercial. Lo que más vende y se consume eso es lo excelente. También, aquello que logra encadenar la mayor cantidad de actividades económicas. La excelencia ya no es el rasgo característico de la aristocracia, sino de la democracia, cuya regla, como sabemos, es la regla de la mayoría.
Pero la adoración a un ídolo posmoderno, a diferencia de ciertas idolatrías tradicionales, no es incondicional y, por ello, tampoco es continua. El ídolo puede caer y volver a levantarse. Sobre todo, si el ídolo es algún colectivo o un concepto: un equipo de fútbol, el concepto de pueblo.
La muerte de Dios, de la que hablaba Nietzsche, ha permitido el surgimiento de los ídolos posmodernos. Sus agentes son los publicistas, pero, también, los periodistas. Estos últimos cumplen un papel muy activo en el surgimiento y permanencia de las nuevas idolatrías, especialmente, de aquellas referidas al deporte. Más que periodistas, son sacerdotes y misioneros.
El periodismo deportivo, tal como se practica ahora, no se ocupa tanto de informar como de motivar, movilizar y conducir al público. Lo que vuelve al periodista deportivo, además de sacerdote, un híbrido de publicista y agitador.
Aislados, fragmentados, tenemos una fuerte necesidad de formar parte de algo, de pertenecer a algo, de mostrar que los seres humanos somos manifestaciones de Dios. El ídolo, ese Dios deportivo manifestándose, eso somos nosotros. Y la camiseta de la selección de fútbol que exhibimos y la expresión “todos somos la selección” son señales de que somos encarnaciones de la deidad deportiva que adoramos.
¿Tenemos tan poco para enorgullecernos que no nos queda más que adorar a los futbolistas que juegan en el extranjero? ¿Nos sentimos tan poca cosa que necesitamos ser la selección?
Los ídolos actuales, adorados por las masas, no condescienden a bajar los ojos hacia el suelo, pese a que viven del incienso que les ofrendan sus fieles. Los ídolos de ahora, estando en las alturas, no se sienten obligados con quienes los ensalzan. Por algo son ídolos. Lo merecen todo.
Pero hacer de las personas ídolos es convertirlas en seres vanidosos e irresponsables. Y, al mismo tiempo, someterlos a una presión y a unas exigencias que exceden sus capacidades de respuesta. La idolatría, aunque no lo parezca, es enemiga del mérito, porque el mérito no es algo con lo que se cuenta de una vez para siempre. La idolatría desubica a las personas idolatradas y las saca del contexto en el que los demás humanos se desenvuelven y que, en relación con la tarea que desempeñan, es la esfera de la profesionalidad.
Se entiende que los miembros de una selección de fútbol son deportistas profesionales. No les exijamos, pues, nada más que profesionalismo y reconozcamos sus logros, si los tienen, no como logros de un superhumano, sino de un profesional.
Nada hay más pesado para una persona que la conviertan en ídolo y le quiten, al hacerlo, el derecho a fallar. Los futbolistas, como cualquier persona, fallan. Y por eso mismo, por los yerros cometidos y la posibilidad que tienen de errar, deben estar conscientes de que nadie tiene su puesto ganado y de que nadie, si es humano, se merece un altar.
