sábado, junio 27, 2026
Ideas
Álex Ron

Álex Ron

Escritor y catedrático universitario.

Ecuador: Muerte y resurrección

Solo les puedo decir que sigan creyendo en nosotros, no dejen de creer, tenemos un partido más, vamos a dejar la vida, tenemos mucha fe, así que solo nos queda ganar, ganar y ganar.      

Moisés Caicedo, después del partido contra Curazao

Para mí, Moisés Caicedo es sin duda el mejor mediocentro defensivo del mundo.

Jürgen Klopp

Un hombre corpulento, con cabello tinturado de blanco, levanta sus brazos, los extiende al cielo. Entre exhausto y renacido, corre hacia uno de los palcos, esquiva a uno de los encargados de la seguridad y se acerca a dos personas de la tercera edad que con sus rostros resquebrajados por el tiempo lo saludan emocionados. El encuentro entre el hijo prodigio y sus ancianos padres se da; parece la llegada a casa de un niño que cumplió su tarea en la escuela y que se protege en el regazo de ambos. El padre le acaricia la cabeza y la madre entrelaza su manos con la mano derecha de su hijo. El futbolista viste con una camiseta amarilla, en su espalda exhibe el número 23. Moi, nuestro profeta.

Ecuador empató con Curazao sin goles en un partido caótico el 20 de junio de 2026. Aquel día casi todo Ecuador pensó que nos habían eliminado de la Copa Mundial. Para colmo, tuvimos más de quince oportunidades para anotar. Después de una de las desilusiones futbolísticas más grandes del 2026 apareció un relajado Moisés Caicedo, lucía gafas de carey con lentes oscuros y ante la pregunta de un periodista sobre qué decirle a la afición, el Niño Moi respondió: “sigan creyendo en nosotros, tenemos un partido más, vamos a dejar la vida, solo nos queda ganar.”

Muy pocos le creyeron, porque el siguiente partido era contra Alemania, un equipo que venía arrasando rivales sin dejarlos respirar. Siete a uno a Curazao y dos a uno a Costa de Marfil. Sin embargo, un resquicio de luz quedó flotando después de su respuesta.

Lo real es que el 25 de junio de 2026, la selección de fútbol de Ecuador realizó la hazaña futbolística más grande de nuestra historia al ganarle a Alemania en un mundial de fútbol. Moi cumplió, le cumplió a su Ecuador. No se sumó a la larga lista de pseudoprofetas que nos han ofrecido cambiar nuestra realidad; increíblemente la TRI no nos defraudó y ahora estamos clasificados a la siguiente fase. Posible rival, México.

El viernes 26, un día después de la proeza todavía se respiraba un aire extraño, surreal. Los colores y voces parecían ser parte de una realidad inundada de fantasía, ¿volvimos a nacer? Nuestra selección, después de una actuación impecable y genial, nos generó una fortaleza extraña, barroca. La sociedad distópica en la que sobrevivimos fue borrada por la magia de un grupo de guerreros, que no se rindieron y cumplieron al pie de la letra lo que dijo su líder, Moisés Caicedo.

El desencanto ha sido el signo de nuestra existencia como nación. Nos han fallado líderes, grupos de poder, sacerdotes, profesionales, artistas y nosotros mismos como masa contradictoria y violenta. Al final, el embrutecimiento sistémico nos ha convertido en una sociedad fallida, sin alma ni utopías.

Ahí está lo surreal de esta historia: después de una de las tantas muertes y desilusiones vividas en lo deportivo, un grupo de jóvenes provenientes de los lugares más abandonados por este país realizaron una hazaña que, en medio de eclosión y catarsis, terminó siendo un susurro. Los chicos de la selección nos dijeron: confíen más, hay que dejarlo todo hasta el último minuto. Y así fue, nuestra TRI, que había sido llevada a los altares más grandes de la gloria futbolística y mediática para luego caer al pantano de la historia, se levantó de las cenizas y venció a la aparentemente inalcanzable Alemania.

Antes habíamos crucificado al D.T Sebastián Beccacece y a todos nuestros jugadores; incluso a los simbólicamente más representativos como Moi, Pacho y Piero. Nos burlamos de Gonzalo Plata, la Rola Rodríguez y del novato Dixon Angulo. Pero los chicos nos silenciaron. Después del partido con Curazao fue evidente la desazón de nuestros jugadores, incluso vimos a Gonzalo Plata llorando desconsoladamente. ¿Qué pasó ahí? Sebastián Beccacece levantó al grupo y les dijo: cabeza alta, esto no ha terminado, esto recién empieza. Desde ese momento, de máxima convicción del técnico, la selección de fútbol renació, porque era verdad todavía faltaba Alemania y el talento de los chicos seguía intacto.

Mientras el equipo se rearmaba, un sector de la prensa deportiva continuaba vociferando groserías y comentarios racistas y clasistas. Que se habían convertido en un grupo de jugadores indolentes, una banda de negros millonarios que habían perdido el amor por su camiseta. Que eran ingratos y que no recordaba de donde provenía. A Beccacece le dijeron engreído, afeminado, sin criterio futbolístico, embaucador, en fin…

El partido con Alemania fue una batalla épica de principio a fin, porque Alemania quería ganar, no entró al campo de juego a especular. Incluso jugó con titulares y marcó el primer gol, una anotación viciada, porque la arbitra estadounidense, Tori Penso, no sancionó una patada de un defensa alemán en contra de Pedro Vite.

Después del primer gol alemán, la TRI soltó más su juego y a los nueve minutos Pedro Vite robó un balón en la mitad de la cancha, dejando un pase para Nilson Angulo, un jugador de 22 años que pateó decidido al arco de Manuel Neuer, que no alcanzó al disparo bien angulado de Nilson. El delantero, que apareció de las inferiores de LDU, rompió la macumba y la temida mufa que nos perseguía. Los siguientes minutos, Ecuador se plantó concentrado, sin dejar opciones a los delanteros alemanes.

Sebastián Beccacece realizó modificaciones importantes en el equipo para el segundo período, ingresó a Kevin Rodríguez y a Pervis Estupiñán. Kevin Rodríguez jugó un partidazo, generó dos oportunidades de gol y aprovechó un tiro de esquina para peinar el balón y ante el asombro de medio mundo dejar un intersticio en el cosmos por donde Gonzalo Plata se anticipó al golero Neuer y tocó con la punta de su pie el esférico, anotando el gol más épico de nuestra historia. Tal vez solo comparable al marcado por Jaime Iván Kaviedes para clasificarnos a nuestro primer mundial de fútbol.

Después de la victoria ecuatoriana, el técnico alemán Julian Nagelsman reconoció la superioridad de la TRI, también elogió a Moisés Caicedo. “Fue excepcional. Cada vez que intentamos construir un ataque, ahí estaba él. Ganó duelos, recuperó balones sueltos, rompió nuestro ritmo y siguió impulsando a Ecuador hacia adelante. Honestamente, parecía que estaba en todas partes del campo. Nunca encontramos una forma de lidiar con él.”

Como no podría ser de otra manera, Daniel Noboa aprovechó la euforia nacional para decretar feriado; lo hizo desde su cuenta X. No hay duda de que el magnate del banano cree que Ecuador es su hacienda y los ecuatorianos somos sus peones. Lo real es que Noboa NO ha mejorado la inversión en educación, salud y deporte. Los avances épicos de nuestros deportistas se dieron gracias al apoyo de sus familiares pobres y a quijotes anónimos que los ayudaran para que puedan llegar a las inferiores de clubes como Independiente del Valle, LDU y Barcelona. Obviamente, el más visionario de todos los dirigentes de equipos nacionales ha sido Michel Deller. De su cantera han surgido Willian Pacho, Moisés Caicedo, Piero Hincapié, Gonzalo Plata, Kendry Páez, entre los más destacados.

Si de 195 presidentes en el mundo, solo dos han asistido a los partidos de sus selecciones, y si uno de ellos es Daniel Noboa, estamos enviando señales políticas desoladoras. Porque el mundo racional y civilizado pensará que Ecuador prioriza fútbol a seguridad ciudadana, salud, educación y defensa de derechos humanos. Para colmo, seguimos siendo el segundo país más violento de América y aparecemos ya en la lista de países con alto de riesgo de tortura a escala mundial. Todo al revés, pan y circo, nada más.

El niño Moi nos prometió vencer a Alemania, dijo que lucharían hasta morir y lo hicieron, no nos defraudaron. Nuestros jugadores son sobrevivientes de la violencia estructural de un país administrado por oligarquías apátridas. Cada uno de ellos tiene historias más dramáticas de cómo llegaron a cumplir sus sueños como futbolistas. No nos deben nada, nunca hicimos nada por ellos y para colmo los crucificamos cuando no ganaron y los convertimos en antihéroes. Menos mal, tuvieron la resiliencia que ha caracterizado sus vidas para levantarse y jugar sin miedo conta un gigante del fútbol. Gracias TRI.

Nuevas columnas

Más leídas

Más historias