Escuché la voz del maestro Jorge Enrique, una vez más, junto al río Ambato, al caer la noche y, tal vez, la parte más sensible sigue siendo aquella de la infancia, cuando habla de la identidad y la pertenencia, en perfecta armonía con las imágenes preciosas de un niño indígena. La maestría del gran cineasta Pocho Álvarez y la fuerza testimonial de Adoum dejan clara la ruta vital del poeta de Ecuador amargo y Cuadernos de la tierra.
El rugido del agua, que baja furiosa golpeando las rocas, con toda seguridad fue el mismo que cobijó a los niños de entonces en Ambato, una ciudad que persiste en parir poetas por doquier, con una naturalidad que asombra.
Nació un 29 de junio de 1926 en Ambato, exactamente hace cien años. Aunque no se habla comúnmente de los padres, ellos fueron Jorge Elías Francisco Adoum (de origen libanés) y Juana Auad Barciona (de origen árabe).
Valga anotar que Jorge Elías era conocido en el mundo del esoterismo y la literatura como el Mago JEFA (acrónimo de sus propias iniciales); fue una de las figuras más fascinantes, enigmáticas y polifacéticas que transitaron por el Ecuador del siglo XX. Nacido en Kafr-Shbeil, Líbano, el 10 de marzo de 1897, combinó a lo largo de su vida la medicina naturista, el ocultismo, la masonería, la pintura y las letras.
Huyendo de la opresión del Imperio Otomano y de los estragos de la Primera Guerra Mundial, Adoum emigró a América, viviendo en Brasil, Argentina, Chile y Francia antes de encontrar en Ambato-Ecuador su hogar definitivo. Jorge Enrique bebió de esas nutricias fuentes, donde se respiraba arte, misticismo y libertad de pensamiento. La influencia de la vasta biblioteca de su padre, llena de libros de filosofía oriental, poesía, ciencia y el ambiente cosmopolita que el Mago JEFA recreaba en su hogar, sin duda marcaron profundamente la sensibilidad artística y social del Poeta Mayor.
Cien años después, la fecha vuelve a abrirse como una puerta antigua, y por ella regresa —no como estatua, sino como voz urgente, hoy mismo— en estos tiempos abyectos, los mismos que persisten en no dejarnos nunca. Adoum es, en ese sentido, el hombre que convirtió la palabra ecuatoriana en memoria, en resistencia y en espejo del Ecuador amargo que necesita leerlo, redescubrirlo, reapropiarse de su dolor y de su indignación. Sin embargo, duele mirar el bostezo insignificante de las élites gobernantes, para quienes el Centenario del Poeta Mayor pasará desapercibido.
Adoum llegó a ser ensayista, novelista, dramaturgo y poeta; pero también secretario privado de Pablo Neruda durante dos años en Chile, funcionario internacional en China y Japón, y exiliado en el París que vio nacer el Mayo francés de 1968. De cada una de esas geografías volvió con tanto mundo pero también con el mismo equipaje: la certeza de que escribir era, ante todo, una manera de no traicionar a esa ese niño que visibilizó Pocho Álvarez; a esta gravísima realidad que nos aprisiona y no golpea, a esta vulgar época de los poderes fatuos.
Volvamos a leer su novela más reconocida en las librerías: Entre Marx y una mujer desnuda (1976), llevada al cine por Camilo Luzuriaga. Volvamos a leer Ecuador amargo, volvamos a leer Cuadernos de la tierra, El amor desenterrado y otros poemas; volvamos a leer toda su poesía, entre una obra de más de treinta títulos, traducida a una docena de lenguas. Adoum fue Premio Casa de las Américas en 1960, tuvo una nominación al Cervantes y vivió un universo literario fecundo, cercano a nombres como Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y Alejo Carpentier.
Pero existe un retrato de Adoum que no cabe en ninguna biografía impresa: el que filmó, durante dos años, el cineasta ecuatoriano Pocho Álvarez. En Jorgenrique (2010), Álvarez reunió cuarenta horas de conversación entre el poeta y su hija, la escritora Alejandra Adoum, grabadas a comienzos de 2007 en encuentros que se extendieron por tres meses. De ese diálogo íntimo —padre e hija revisando juntos el tiempo que les tocó vivir— nació un documental de casi dos horas que hoy funciona como el testimonio más extenso y más humano que existe sobre el poeta: ahí está su infancia ambateña, su paso por la sombra luminosa de Neruda, su vejez lúcida y crítica frente a un Ecuador que seguía sin resolver sus brechas más antiguas.
Quien lo acompañó de cerca durante el rodaje guarda una imagen que resume mejor que cualquier elogio académico la dimensión del personaje: para Pocho Álvarez, Adoum «era un universo», de una memoria portentosa y, a la vez, dulce y entrañable. En las palabras propias que el poeta dejó grabadas para la película hay una declaración que vale como epitafio y como programa de vida: que la poesía era «el nivel más alto de la humanidad», afirmación pronunciada con la misma modestia con la que hablaba de la literatura como de un oficio que él mismo sentía maldito, exigente, casi punitivo.
Tal vez ahí esté la clave de por qué un centenario puede sentirse, contra toda lógica del calendario, como una urgencia. Adoum escribió contra el olvido, sabiendo que el olvido es la forma más silenciosa de la injusticia. Cien años después de su nacimiento, cada enunciación hecha en su nombre no puede sino confirmar lo que el propio poeta intuyó siempre: que la palabra, bien dicha, no envejece, no descansa, no calla. Solo espera, paciente, a que alguien vuelva a pronunciarla.
!Salud, maestro, en tu centenario!
