martes, junio 30, 2026

¿El verdadero efecto Trump?: el socialismo en EE. UU.

La política estadounidense de la última década puede entenderse como la historia de esta doble evolución. El trumpismo y el socialismo han crecido en paralelo, y se alimentan mutuamente. Cada victoria de un bando fortalece al otro. Cada temor avivado por Trump empuja a un sector de la base demócrata hacia posturas más radicales.

Por: Ugo Stornaiolo

La posibilidad de que el socialismo —entendido en el contexto estadounidense como socialismo democrático— emerja como una fuerza política importante en las elecciones de medio término de noviembre de 2026 es una posibilidad cierta, pero con matices claros sobre su alcance y geografía. No ante la expectativa de que un partido socialista controle el Congreso, sino ante la consolidación de esta corriente como un bloque de presión influyente en la coalición del Partido Demócrata.

Este panorama se define bajo las siguientes premisas: el motor de la crisis de asequibilidad con el auge de figuras que se autoidentifican como socialistas democráticos (vinculados a organizaciones como los Democratic Socialists of America, DSA) conectado con el descontento socioeconómico de los votantes jóvenes (la Generación Z y los Millennials).

La crisis del costo de vida, la imposibilidad de acceder a una casa propia y la precarización laboral funcionan como el caldo de cultivo ideal para propuestas como el control de rentas, la salud universal (Medicare for All) y la condonación de deudas estudiantiles.

El fenómeno socialista en EE. UU. avanza a dos ritmos diferentes. Tiene fortaleza en las grandes ciudades —Nueva York, Los Ángeles y Washington D.C.— que experimentan un avance notable de candidatos socialistas en gobiernos locales y alcaldías. En entornos urbanos y progresistas, la movilización de las bases es muy efectiva. Sin embargo, el techo en el Congreso —Cámara de Representantes y Senado—, es distinto. Los candidatos de izquierda radical o abiertamente socialistas enfrentan barreras en distritos suburbanos o rurales, donde la etiqueta «socialista» sigue siendo un tabú político y un arma de ataque eficaz del Partido Republicano.

A esto se añade la fractura interna en el Partido Demócrata. A medida que se acercan las elecciones de noviembre, el partido vive una tensión interna. El ala moderada argumenta que para recuperar terreno frente a Donald Trump y los republicanos necesita apelar al votante de centro.

Sin embargo, el ala progresista y socialista sostiene que la única forma de ganar es movilizar masivamente a la base joven y trabajadora con propuestas disruptivas.  ¿Qué se puede esperar para noviembre? El socialismo no va a desplazar al bipartidismo tradicional en estas elecciones intermedias, pero sí puede actuar como el «ala urbana» y motor ideológico de izquierda del aparato demócrata.

Su éxito no se medirá en cuántas gobernaciones o escaños en el Senado logre de forma independiente, sino en su capacidad para mover la agenda pública hacia la izquierda y forzar a los demócratas tradicionales a adoptar partes de su plataforma económica para evitar perder el voto joven.

¿Qué se puede esperar para noviembre? El socialismo no va a desplazar al bipartidismo tradicional en estas elecciones intermedias, pero sí puede actuar como el «ala urbana» y motor ideológico de izquierda del aparato demócrata.

 América first

“Los estadounidenses primero” ya no es un eslogan exclusivo de Donald Trump. La izquierda radical también viene adoptando variantes del mismo, exigiendo que los recursos públicos se destinen a salud, educación y cuidado infantil en lugar de intervenciones militares. La caída en la popularidad de Donald Trump ha generado un ganador inesperado, al menos por ahora: un veterano cuatro años mayor que el presidente, el senador de Vermont Bernie Sanders, el único socialista elegido para el Senado de EE. UU.

El resurgimiento de Sanders se hace evidente en la asistencia masiva a los mítines que celebra por todo el país, donde apoya a seguidores más jóvenes en sus propias campañas electorales. Su retorno es aún más llamativo: la respuesta entusiasta de las bases demócratas cada vez que aparece en público confirma la opinión del exalcalde de Nueva York, Bill de Blasio (admirador de Sanders), de que “toda la energía está en el ala izquierda”.

Lejos de moderar al Partido Demócrata, la presidencia de Trump está acelerando la dinámica opuesta. Mientras que el éxito del republicano neoliberal Ronald Reagan, en la década de los ‘80 empujó a los demócratas hacia el centro, el “efecto Trump” actual está fomentando un giro hacia la izquierda radical. El legado de Sanders —que parecía marginal en 2016— ha evolucionado hasta convertirse en un movimiento organizado, capaz de definir el programa del partido, reclutar a una nueva generación de líderes y ganar apoyo, especialmente entre los jóvenes, graduados universitarios y minorías étnicas.

La experiencia de Zohran Mamdani como alcalde de Nueva York ha reforzado la confianza de los Socialistas Democráticos de América (DSA), una organización auténtica, autónoma y distinta del Partido Demócrata, pero que puede desenvolverse con éxito en la dinámica bipartidista del sistema electoral estadounidense.

El legado de Bernie Sanders —que parecía marginal en 2016— ha evolucionado hasta convertirse en un movimiento organizado, capaz de definir el programa del partido, reclutar a una nueva generación de líderes y ganar apoyos.

Los socialistas presentan a sus propios candidatos, pero una vez elegidos, se alinean con el grupo parlamentario demócrata. El movimiento está invirtiendo ahora en nuevas candidaturas y movilizando a miles de voluntarios. En Michigan, Abdul El-Sayed, apodado «el Mamdani del Medio Oeste», por sus similitudes con el político neoyorquino, es a la vez socialista y musulmán. El-Sayed busca replicar el modelo de Mamdani capitalizando el descontento económico de generaciones más jóvenes y apoyándose en una crítica feroz a la política estadounidense en Medio Oriente.

Paralelamente, el Partido Demócrata lidia con una tensión creciente entre su sector moderado -el *establishment* del partido- y su ala de izquierda socialista. Los sondeos muestran un descenso constante en la popularidad de Trump, una tendencia que probablemente perjudicará al Partido Republicano en las elecciones de medio término del 3 de noviembre. Queda por ver si la distensión con Irán y la caída de los precios del combustible detienen esta erosión del apoyo a la derecha. Sin embargo, el acontecimiento político más intrigante podría no estar relacionado con la Casa Blanca, sino con la oposición.

La opinión convencional sugiere que el debilitamiento de Trump fomentaría un retorno al centrismo. La historia de EE. UU., no obstante, indica que las reacciones pueden moverse en dirección opuesta. En la década de los ‘80, tras la revolución conservadora de Ronald Reagan, los demócratas se convencieron de que debían recuperar el centro político, dando lugar a la era de los «Nuevos Demócratas», que culminó con Bill Clinton.

Ese periodo centrista se prolongó durante los años de Barack Obama, quien logró movilizar al ala izquierda de su partido manteniéndose, en lo fundamental, moderado en su gestión. EE. UU. parece encaminarse hacia una senda distinta en 2026: la reacción contra Trump está impulsando una radicalización.

Bernie Sanders sigue siendo una figura clave. Cuando compitió en las primarias de 2016, se le consideraba una curiosidad política (un verdadero outsider o candidato marginal). Como socialista declarado, parecía desentonar con la tradición estadounidense. Nunca logró la nominación demócrata, ni en 2016 ni en 2020. Pero, consiguió algo a menudo más importante que las victorias electorales: transformó el lenguaje y los horizontes culturales de su partido.

En 2010, según la encuestadora Gallup, la mitad de los votantes demócratas tenía una opinión positiva del socialismo; hoy, esa cifra supera los dos tercios. Mientras que Obama evitaba cuidadosamente usar el término, una nueva generación de activistas lo adopta sin complejos.

El movimiento iniciado por Sanders encontró una líder carismática en la legisladora por el Bronx y Queens, Alexandria Ocasio-Cortez, y en un grupo de congresistas conocido como «el Escuadrón» (*the Squad*), que defienden causas como la sanidad universal, el *Green New Deal* (Nuevo Pacto Verde), una crítica severa a la política israelí y una redistribución de la riqueza más agresiva. Joe Biden, a pesar de provenir del ala moderada del partido, incorporó muchas de esas ideas a su administración.

El regreso de Trump a la Casa Blanca fortaleció a la izquierda radical. La «resistencia» al trumpismo se ha convertido en un valor definitorio. Muchos activistas creen que las derrotas demócratas no se debieron a un radicalismo excesivo, sino, por el contrario, a su falta.

Nueva York es la ciudad donde este cambio resulta más evidente. Allí, Zohran Mamdani -también miembro de los Socialistas Democráticos de América (DSA)- ha logrado construir una coalición joven, multiétnica y altamente movilizada. Su éxito ha revitalizado a los DSA, una organización que durante mucho tiempo había limitado sus ambiciones a alcaldías y legislaturas estatales. Hoy su mira está en el Congreso.

Los socialistas democráticos han presentado candidatos en diez elecciones primarias, tanto estatales como federales, en todo Nueva York. Su número de afiliados se ha duplicado y miles de voluntarios se movilizan cada semana. El objetivo es transformar el éxito municipal en una presencia a nivel nacional.

La cúpula tradicional del Partido Demócrata observa con preocupación el ascenso de los socialistas. Hakeem Jeffries, líder de la minoría en la Cámara de Representantes y figura destacada del *establishment* afroamericano de Brooklyn, ha intervenido personalmente en varias campañas para frenar a los candidatos respaldados por los DSA (Socialistas Democráticos de América).

Los líderes moderados acusan a los recién llegados de no estar conectados con las comunidades que dicen representar. Por su parte, los socialistas sostienen que el partido tradicional se ha convertido en un aparato que vela por sus propios intereses y que vive ajeno a las generaciones más jóvenes.

El conflicto tiene también una dimensión sociológica. Las zonas urbanas que se inclinan hacia la izquierda socialista son aquellas transformadas por la gentrificación (aburguesamiento de barrios deteriorados o de bajos recursos, rehabilitados, que atraen nueva inversión y población con mayor poder adquisitivo). Además, tienen mayores niveles de formación universitaria, mayor presencia de jóvenes profesionales y una mayor diversidad étnica. Esta coalición difiere de la base obrera que históricamente fue la columna vertebral del Partido Demócrata.

Un fenómeno similar está surgiendo en Michigan. Abdul El-Sayed, médico y exjefe de salud pública de Detroit, cuenta con un fuerte respaldo entre los votantes árabe-estadounidenses y los jóvenes menores de treinta y cinco años que luchan por hacer frente al coste de la vida.

El regreso de Trump a la Casa Blanca fortaleció a la izquierda radical. La «resistencia» al trumpismo se ha convertido en un valor definitorio. Muchos activistas creen que las derrotas demócratas no se debieron a un radicalismo excesivo, sino a su ausencia.

La reciente inflación, la deuda estudiantil y la crisis de la vivienda han dado lugar a una generación que se percibe más pobre que la de sus padres. Muchos jóvenes de entre veinte y treinta años, con estudios universitarios, siguen viviendo con sus familias. El “sueño americano” parece cada vez más inalcanzable.

El-Sayed aborda este descontento con una retórica que combina la exigencia de mayores protecciones sociales con críticas al gasto militar estadounidense en el extranjero. Algunos de sus argumentos tienen similitudes con los de la derecha populista.

Otro ámbito de convergencia inesperada es la cuestión de Israel. Tanto un sector de la derecha aislacionista como la izquierda progresista critican la injerencia estadounidense en Medio Oriente. Dentro del Partido Demócrata, las posturas tradicionalmente favorables a Israel se vienen debilitando. Sanders, cuyas raíces familiares están en la comunidad judía de Brooklyn, desempeñó un papel decisivo en este cambio de tendencia. Recientemente, una amplia mayoría de senadores demócratas votó contra el envío de material militar a Tel Aviv.

Un legado sólido

El factor generacional es fundamental. Aunque Sanders tiene 84 años y no se postulará en 2028, su legado político parece más sólido que nunca. Alexandria Ocasio-Cortez, Zohran Mamdani y otros líderes de entre treinta y cuarenta años se preparan para tomar el relevo. La gran incógnita es si esta evolución beneficia o perjudica a los demócratas en las elecciones nacionales, tanto en los comicios de mitad de mandato como en la carrera presidencial de 2028.

La historia reciente recomienda cautela. Las facciones minoritarias altamente motivadas pueden ganar elecciones primarias y distritos urbanos, pero las elecciones presidenciales exigen una mayoría más amplia. La popularidad de muchas propuestas socialistas tiende a disminuir cuando se someten al escrutinio del electorado general.

Existe también un precedente revelador. En las elecciones de mitad de mandato de 2022, muchos observadores pronosticaron una victoria republicana aplastante que nunca llegó a producirse; los candidatos estrechamente alineados con Trump resultaron menos competitivos de lo esperado. Lo mismo podría ocurrirles hoy a los demócratas si candidatos excesivamente radicales logran las nominaciones.

La historia reciente recomienda cautela. Las facciones minoritarias altamente motivadas pueden ganar elecciones primarias y distritos urbanos, pero las elecciones presidenciales exigen una mayoría más amplia.

Mientras tanto, la dinámica interna es clara: el centro de gravedad del partido se desplaza hacia la izquierda. Esto genera una suerte de simetría. Trump domina el Partido Republicano como líder populista y nacionalista. Sanders —pese a no ocupar formalmente el máximo cargo de liderazgo demócrata— ejerce una influencia similar en el bando opuesto. Son figuras muy distintas, pero comparten un rasgo clave: ambos transformaron sus respectivos partidos desde dentro.

La política estadounidense de la última década puede entenderse como la historia de esta doble revolución. El trumpismo y el socialismo han crecido en paralelo, y se alimentan mutuamente. Cada victoria de un bando fortalece al otro. Cada temor avivado por Trump empuja a un sector de la base demócrata hacia posturas más radicales, mientras que cada avance de la izquierda socialista ha consolidado -por reacción- al bloque conservador.

  1. EE. UU. se encuentra, así, más polarizado que nunca. No solo es una división entre derecha e izquierda, sino una crisis de los antiguos centros de gravedad. Los republicanos y demócratas moderados parecen haber quedado fuera de juego; el motor de la política estadounidense reside ahora en las alas más enérgicas y militantes.

La paradoja definitiva es que Trump, aun perdiendo popularidad, sigue moldeando el país. Quizás su legado más perdurable no sea lo que logre en la Casa Blanca, sino lo que pueda provocar en sus oponentes. Reagan cambió a los demócratas al empujarlos hacia Clinton; Trump podría pasar a la historia como el hombre que -involuntariamente- transformó al Partido Demócrata en algo parecido a un partido socialdemócrata europeo.

Ugo Stornaiolo

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