martes, abril 21, 2026
Ideas
Susana Cordero de Espinosa

Susana Cordero de Espinosa

Miembro de número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua.

Al hermano del alma

Si definir el amor es imposible como lo es precisar su sentido y sus exigencias, mucho más difícil resulta hacerlo cuando asoma amenazante la posibilidad de perder a las personas con quienes vivimos y con las cuales hemos sentido al unísono desde hace casi todo el tiempo de nuestra vida, la vida.

Hoy único hermano ya, luego de cuatro vidas de las cuales dos ya se nos fueron, y que yo, la mayor este instante, solo alcanzo a llorar. Si hablo y escribo desde el corazón, con la sinceridad, la entereza y el miedo que me invaden, ¿por qué no nombrar, por qué no escribir de este temor sin pausa que me abruma?

Si desde hace mucho tiempo, ya en el antiguo Egipto, el corazón era “el centro del alma y la conciencia” y más tarde  fue, para Aristóteles, “más que el mismo cerebro,  el centro de la vida y del pensamiento”,  y le atribuimos aún la importancia y trascendencia de sostener toda la vida como si solo el corazón la mantuviese entera, este mío,  a los más de ochenta años de haber empezado a latir sobre la Tierra, sobre esta bella Tierra nuestra, y desde lo profundo de él, quizá no sé si he aprendido a amar de verdad o no, pero puedo decir que he sido consecuente con mis incertidumbres. Las he aprovechado y las he desperdiciado, sin duda; las he sufrido y gozado.

Si definir el amor es imposible como lo es precisar su sentido y sus exigencias, mucho más difícil resulta hacerlo cuando asoma amenazante la posibilidad de perder a las personas con quienes vivimos y con las cuales hemos sentido al unísono desde hace casi todo el tiempo de nuestra vida, la vida.

Lo vivimos y recordamos, sí, desde nuestra peculiar sensibilidad, porque cada uno recuerda desde sus recuerdos. Están en nosotros  las personas con quienes vivimos  las alegrías infantiles sin par, las horas sociales en la casa cuencana del abuelo,  discreto de toda discreción, sensible y fino que, de vez en cuando, reunía a su turba de nietos en el patio grande, lleno de luz de la casa inagotable de la Gran Colombia cuencana, frente a la Escuela Central. Todos los pequeños puestos en fila y el dignísimo abuelo enfrente, en  oscuro y elegante terno, hacía los ejercicios gimnásticos —solo de hombros, brazos e inclinaciones— para que los repitiéramos y valorásemos las posibilidades de nuestro cuerpo en ese tramo, todavía corto  y precioso de nuestra vida… Y todo quedó aquí, en la memoria de nuestro corazón. Como quedaron  las  entradas  del Atacocos, los viernes,  por el ancho portón del zaguán, abierto de día, para recibir la consabida limosna;  iba rodeado, más que seguido, de uno o dos robapelos, caballitos del diablo o matapiojos, para designar a los cuales Rubén Darío me enseñó, no mucho más tarde, que nuestros robapelos  de grandes,  dobles y transparentes alas, de agudos ojos que creo recordar, aunque no sé si alguna vez  los vi o los distinguí, probablemente nunca, pues debían ser muy pequeños, solo brillo; el poeta me enseñó que su cuerpo y el vuelo inaudible de sus alas llevaban un admirable nombre que los redimía del miedo que inspiraban: eran las libélulas, hermano, “la libélula vaga de una vaga ilusión”, como escribía Rubén.

Y nos llamaba la vermut de los domingos en el Teatro Salesiano, y el padre Crespi prevenía a los numerosos asistentes infantiles contra alguna escena indecorosa que nunca lo era tanto, y anunciaba,  según su mirada noble y buena, que eran dos hermanitos los que se veían tan juntos en la pantalla.

¡Y las horas sociales del sábado de tarde en la antesala y en el enorme salón de la Gran Colombia! Y Marcela al violín y Alicia al piano y Ruth y Lía cantando o recitando,  y nosotros, los pequeños, mirando todo, arrebatados. No, no lo recuerdas;   debías tener entonces un año y algo más. Pero yo, ya de tres, casi cuatro, emocionada y conmovida de tanto oír y ver, sintiendo que debía hacer algo para llenar los compases del azul Danubio azul, tomé con cada mano  los extremos de esos anchos volantes de la falda celeste de tela suave,  que mamá me había hecho con su admirable habilidad, y me lancé desde la esquina de la puerta de la antesala.  a bailar y bailar y bailar dando vueltas, levantando y agitando los brazos juntos a un lado y a otro. Y Alicia seguía y seguía,  al ver mi baile en el gran espejo sobre el piano, que reflejaba todo, y repetía la música para que también yo siguiera.

Nunca volví a sentir el sortilegio que ese valse ejerció sobre mí, como si me exigiera continuar y vivir, y reanudar. Y en ese trance, de repente, la tía mayor se me acercó, me tomó fuertemente del brazo derecho y me dijo en su voz perentoria que era casi un grito: -¡Ya hijita!, ¡suficiente, suficiente!…

Dejé de bailar y aprendí una lección que permanecería en mí para siempre; sin formularla, la sentí como esa fuerza colosal contra la que nadie podría luchar, y que Antonio Machado había enunciado hacía ya, al menos, una década,  pero que yo leí mucho más tarde y me sentí nombrada en ella:

Todo llega y todo pasa / pero lo nuestro es pasar / Pasar haciendo caminos / caminos sobre la mar… 

Fue esa para mí, una lección magistral contra cualquier forma de éxito o victoria.

Y el mar, Rafito, cuando a nuestros siete y once años, y a los trece y quince de las hermanas mayores, (y a aún menos de cincuenta de mamá) viajamos con ella en el Reina del Pacífico perteneciente a la Pacific Steam Navigation Company, para cumplir su sueño de toda la vida:   Hacernos estudiar en Europa…

Hermano ¿te acuerdas? Yo sé que sí.  A mamá,  preocupada porque un día horrible (él lo evoca con mayor precisión) una niña gorda algo mayor que tú y muy fuerte como si fuera  parte del juego, te empujaba hacia el océano… No te defendiste, no tuviste miedo. Un marino vio lo que ocurría y con gran fuerza ¡te izó de la cintura y te lanzó a la cubierta!  La niña gorda pasó el resto del viaje recluida en la enfermería del barco

Resististe, Rafito y llegaron también y te salvaron los gritos de mamá y los de otros pasajeros: estuviste firmemente aferrado a la baranda que te protegió.

Todavía hay barandas protectoras, hermano. Todavía las hay… Barandas o barreras contra la vida,  cuando nos desprotegen;  contra la muerte cuando,  apoyados en ellas, pervivimos, como tú o como yo.

Entonces en el barco obligaron a los padres de la niña agresiva y peligrosa a tenerla vigilada todo el día.

Y el barco nos dejó en Santander.

Al día siguiente al de nuestra llegada, recuerdo el desayuno opíparo en la cafetería del hotel y el viaje al Sardinero y la extrañeza de ya no contar con la belleza y majestad del lejano mar,  que en el gran barco inglés nos había llevado allá desde La Libertad, durante veintiún días con sus noches. Y la llegada a Madrid en algún viejo tren.  Se cumplían entonces como trece años de terminada la atroz Guerra Civil.

¿Y te acuerdas, hermano, del Hotel Nueva Navarra, en la Gran Vía, donde nos hospedamos hasta encontrar otro lugar más apropiado para nuestra cotidianidad, y desde cuyas ventanas conocimos y contemplábamos los cambios de los primeros semáforos de nuestra vida, y bajábamos a verlos desde nuestro hotel? Recordemos también a la familia de Marisol, entonces secretaria de la Embajada del Ecuador en Madrid, y a sus hermanos que administraban la Tabacalera en la Calle Mayor; y a doña Virginia, viuda de la Guerra Civil, a su hermana, a sus jóvenes hijos.

Era un tiempo de gracia. Aún no encontrábamos el departamento en el que viviríamos los años de nuestros estudios, los de nuestro  exilio, el de la Calle Fernán González que daba a la Narváez y desde donde llegábamos a pie hasta la calle de Alcalá y su célebre Puerta, y caminábamos hasta la Puerta del Sol y de allí, por la calle Mayor, bajábamos a la Tabacalera de doña Virginia. Su hijo Jorge  no solo vendía  cigarrillos y cigarros  sino,  por ejemplo,  revistas y Tebeos, que nos prestaba para que los hojeáramos y leyéramos, y en el invierno que empezaba a llegar aprendimos a leer e incluso a estudiar, si era ya necesario, a la mesa camilla de doña Virginia, que quedaba en la salita tras la Tabacalera y tenía un brasero bajo las mantas que la cubrían. Así, en  invierno nos calentábamos  las piernas que apenas lo necesitaban luego de la larga caminata.

Luego tu Colegio La Sagrada Familia y el mío, el Marie Therese… Y así la vida, y el retorno a la patria y a Cuenca y a Quito.

Todo por hoy, hermano, cuando contamos con más tiempo pasado que futuro y nos cuesta el dolor de esta patria que se cae a pedazos. Y a dar gracias, como decían las abuelas,  pues a pesar de haber tenido todo, nunca de más, por suerte, nunca más allá de lo necesario para la decencia de una conciencia sana que no se engaña, a pesar de haber tenido lo necesario para cumplir esas aspiraciones  que  se cumplen siempre a pedazos, está la vida viva como sueño, y en ella, la de haber sido, la de estar siempre listos para la elusiva felicidad…

Descansemos, hermano. Habrá para ti y para mí, tiempo para seguir.

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