I. Del nivel del mar a los cinco mil metros de altura
Los Andes peruanos fueron para Víctor Hugo Sevilla y Fernando Darquea una revelación. Picos, nieves eternas y macizos sin mesetas, colores que cambiaban de acuerdo a la luz del sol. Perú fue un espectáculo para nuestros dos viajeros. El viaje de esta entrega termina en Quito, luego de haber recorrido cinco países. Una aventura inigualable.
Luego de navegar por seis días por la Amazonía llegamos a la región de Acre. Tomamos esa ruta porque la idea inicial era llegar a Manaos y luego llegar en barco hasta Belén o alguna ciudad que nos lleve hacia el trópico brasilero. Queríamos seguir la costa atlántica de Brasil hasta lo más al sur posible, posiblemente hasta Sao Paulo. Pero en esa separación que tuvimos con Fernando, cada uno por su cuenta pensó que tenía que acortar la ruta. Y coincidimos que teníamos que ir río arriba por la Amazonía para iniciar el retorno por el Perú. Llegamos por el río Madeira hasta Humaitá y ahí retomamos la carretera hasta Assis, la última ciudad de la Amazonía brasileña. La primera ciudad del Perú, por donde entramos fue Puerto Maldonado, en el sur oriente peruano. Desde ahí cambió la geografía, totalmente y empezamos la cuesta por una ciudad que se llama Emir, y luego pasamos por Marcapata, que es una ciudad extrañísima porque está sobre la cima de una montaña, ya es serranía, las casas están esculpidas en la montaña y pasas por debajo de la casa, das una curva muy cerrada y asomas por el techo de la casa. Es impresionante, y así es toda la ciudad, con unas subidas escarpadas. Las casas son de barro y piedra y hay techos de paja y de zinc. Está ya a 3.150 sobre el nivel del mar, y es muy accidentado. Desde ahí ya se ven algunos picos de los Andes, pero aún faltaba subir dos mil metros más de altura para llegar a Cuzco.

La subida hasta más de 5000 metros de altura fue tan exigente que se me recalentó la moto, se quemó el fusible de control de la temperatura; subí parando cada cien metros en esas cuestas, y esperaba que la moto se enfríe para volver a arrancar, para que no se me recaliente el motor.

Hay zonas abandonadas en la sierra peruana, no hay buenas carreteras, que son terriblemente sinuosas, con desniveles muy pronunciados y curvas muy cerradas.
Ahí fue que cambiamos de ruta otra vez; habíamos pensado recorrer toda la parte de la serranía peruana hacia el Norte, pero eso significaba tres días más de ruta y caminos de segundo orden que podía afectar a mi moto, porque es una moto de asfalto, no para ese tipo de senderos. Hay zonas abandonadas en la sierra peruana, no hay buenas carreteras, que son terriblemente sinuosas, con desniveles muy pronunciados y curvas muy cerradas. Teníamos miedo a las curvas cerradas, de 180 grados con pendientes, que ya nos tocó vivir en Colombia y Venezuela. Está lleno de curvas.


La geografía fue cambiando mientras subíamos. La gente peruana es maravillosa, es tan cariñosa como la venezolana, pero mantiene un desorden único. Por donde pasamos todo era polvoriento, descuidado, abandonado. Son tan desordenados que pactábamos un precio por el hospedaje y después nos cobraban el parqueadero …la viveza criolla, nos cambiaban todo, pedíamos habitaciones individuales, contratábamos y nos daban una doble. No había certezas, pero muy solidarios. Con las motos nos apoyaron muy bien en Perú, fueron muy acertados y honestos. En Cuzco estuve sin moto, que estaba en el taller y no conocí la plaza de armas, porque todo pueblo en el Perú tiene plaza de armas, como nosotros parque central. No estábamos en plan de turismo, no fuimos a las montañas multicolores, pero se las ve desde el camino.
Los macizos tienen colores extraños, la incidencia del sol es tan brutal que en la mañana ves un color ocre y en la tarde los picos se vuelven azules. Es alucinante. Una de las cosas que se puede admirar en los Andes son las fuentes naturales de nacimientos de agua, uno ve ahí el origen de la vida. Al igual que en se puede ver en los picos el paso del tiempo, porque el viento, el agua los han ido esculpiendo; además, son picos que sobresalen de macizos completos, no hay mesetas ni hoyas; cada montaña es única y parecen de lejos pegadas una a otra. Mientras subíamos vimos hacia el oriente todos los nevados, ahí está el Huascarán; una sola mole de nieve, roca y picos, era apabullante.


En ese momento, a pesar de la belleza, ya estábamos con las ganas de llegar. No es que estuviéramos cansados, pero por eso cruzamos la sierra y bajamos a la costa peruana, con caminos rectos y para cuidar las motos. Y menos peligroso. En muchísimos lugares se hacían trabajos para limpiar los taludes y controlar los derrumbes. Creo que fue a la salida del Cuzco que de la montaña cayó una piedra sobre el camino. Fernando, que iba adelante, no se percató pero yo le vi venir y pasó montaña abajo entre los dos. Y todos te advierten de las piedras y los derrumbes, todo el camino. En una ocasión debimos parar dos horas para que limpien el camino. Ahí se evidencia que hay una preocupación.
En esas zonas remotas, la cocina peruana tiene una capacidad asombrosa de transformación, por ahí deben estar las fuentes de la gastronomía que se ha difundido por el mundo.
II. El cruce del desierto: Ecuador, allá vamos
La costa es todo desierto, en cambio. Algo que nos dejó el Perú es su gastronomía. Es tan diversa y sabrosa, no había pueblo o ciudad donde no encontraras buena comida y muchas formas de hacer un solo plato. El pollo asado sabía distinto en cada parada. En esas zonas remotas, la cocina peruana tiene una capacidad asombrosa de transformación, por ahí deben estar las fuentes de la gastronomía que se ha difundido por el mundo. En el pueblo más pequeño nos atendieron con muy buena comida. Por ejemplo, el ceviche peruano en esos pueblos es diferente al que se come en restaurantes más formales, y el que se vende al mundo. Obviamente no faltaba el camote, pero no era lo mismo que en sitios más gourmet.
Llegamos a Lima pensando en ese cliché que todos conocen que el tránsito en la capital peruana es un caos. Hace pocos días leí el comentario en redes de un motociclista, que decía que, si alguien pasa Lima a la hora pico, puede manejar en cualquier ciudad del mundo. Nosotros, en lugar de hacer esa prueba preferimos pasar por Lima en la madrugada, entre las cinco y las seis de la mañana, y así tuvimos tráfico. Luego de cruzar Lima ya nos sentíamos en casa, veíamos la cercanía al Ecuador. Agarramos desde Lima y nos fuimos hasta Trujillo, una ciudad colonial y hermosa al lado del mar. De Trujillo fuimos a Piura, pasando antes por Chiclayo. Esta es una ciudad que tiene siete kilómetros y nos tomó 45 minutos cruzarla, era un tráfico brutal.

Cuando llegamos a Piura nos llegó la noticia de que estaba abierta la frontera por Macará y ya no teníamos que ir a Huaquillas, y fuimos a Macará porque nos resultaba más cerca. Llegamos a Macará, en Loja, y nos dejaron pasar, pero nos dijeron que debíamos legalizar el ingreso en Huaquillas, porque no había personal en ninguna de las dos estaciones migratorias de Perú y Ecuador. Así que la vuelta fue grande, porque tuvimos que de todas maneras ir a Huaquillas. En la entrada por Loja nos habíamos encontrado con unos motociclistas brasileros, eran dos hermanos y la hija de uno de ellos. Ellos no entendían que debían volver a Huaquillas porque la frontera que estaba abierta no tenía personal de ninguno de los dos países. Y en Huaquillas también dos demoramos varias horas para nomás de cruzar.
Llegamos a Pasaje y decidimos no hacer una sola parada más hasta Quito, pero son 640 kilómetros. Salimos ocho y media de la mañana, ya como tarde, y llegamos a las diez de la noche a Quito.
Entramos al Ecuador, dormimos en Machala, nos divertimos mucho ya en el país, con los brasileños, que no entendía tampoco cómo era posible que nada más una línea de frontera y se terminaba el desierto y el Ecuador era todo verde, era más limpio y ordenado. Para ellos, frente al Perú era un cambio radical. Machala estaba muy linda, había atención exclusiva para motos en las gasolineras y los brasileños estaban cada vez más asombrados por esta medida. Y la comida, se quedaron asombrados del gusto con los bolones, que fue la primera comida que hicimos en Ecuador. Llegamos a Pasaje y decidimos no hacer una sola parada más hasta Quito, pero son 640 kilómetros. Salimos ocho y media de la mañana, ya como tarde, y llegamos a las diez de la noche a Quito. Subimos por Milagro, Naranjillo, San Miguel; pasamos por Guaranda y es una muy buena carretera para las motos porque no tiene curvas cerradas. Es la ruta más corta desde Guayaquil a Quito. Llegamos a Guaranda a comer, muy bien, pero había unas cuestas terribles, mi moto patinó por la empinado de las calles, con una piedra lisa y mis llantas también ya estaban lisas por el camino. Ese fue un momento muy difícil.

Llegué con la moto a mi casa y no tuve quién me reciba. Mis hijas estaban en la playa, mi pareja estaba en la reunión de graduación de su hijo. El único que me recibió fue el perro que, además como no tenía las llaves de la casa no podía entrar y el perro aullaba y ladraba con desesperación desde el otro lado de la puerta. Así que me fui donde mi hermano Julio Edmundo, que estaba cerca, hasta que llegara mi pareja. Julio había sido clave ayudándome remotamente en el viaje, monitoreando mi paso por esos caminos y colaborándome en definir las rutas. Cuando llegué, nos tomamos un vino y celebramos. Me sentí muy bien ese momento. No puedo decir que tenía la efusividad de haber llegado, porque desde que crucé la frontera en Huaquillas me sentí en casa.


