“Para entonces, puede que ya sea demasiado tarde”. Esta frase no expresa una previsión mía: cierra un artículo del gran literato y ‘activista de los derechos humanos’, Ariel Dorfman. La escribe en un último artículo suyo sobre la política en los Estados Unidos, hoy bajo el nocivo mando de Donald Trump.
Y como cada uno de nuestros días es el último, y hoy puede ser tarde para mejores logros, anhelo sentir, vivir, soñar como si… Como si cada minuto de la jornada fuese central en mi vida, en la nuestra. Como si el día nos procurara cambios positivos y la evolución de nuestra tierra, esta, la de nuestro país, es decir, su camino respecto de lo político, lo económico, lo educativo, fuese benéfico y digno, y procurara lúcida y continuamente una vida plausible para todos.
¡Los hijos!: Vinieron sin preguntar, y cada uno fue para nosotros, durante años, incesante y punzante interrogación. Cuando cada uno de ellos, en relativa lentitud y, finalmente, todos dejaron de inquirir y nosotros de preguntarles y preguntarnos, se volvieron difusos y lejanos, y empezaron a sentirse ellos mismos, a base de negarnos, cariñosamente, reafirmando conocimientos y nociones nuevas para ellos y también para nosotros, y poniendo, poco a poco, distancias y distancia, en homenaje a su derecho a contestar y contradecir, a saber. En una palabra, a su derecho a ser ya, y lejos de nosotros, pues la vida lo pide. El derecho a ser en sus propios aquí: ahora y aquí.
He releído estos días un libro duro, difícil de aceptar, exigente, titulado Ecuador: señas particulares escrito por nuestro inolvidable poeta, novelista y ensayista Jorge Enrique Adoum (1926-2009). En la edición de 2007 -no sé si es la última- hecha por Eskéletra, editorial de la que tampoco sé si todavía existe…, (¡cuánto ha cambiado todo!, cuánto han invadido edificios incontables las calles del que hoy oigo llamar ‘centro-norte’ de Quito, aunque lo cierto es que de centro no tienen nada, van hasta mucho más allá: de Carapungo llegan a Carcelén, límite norte de la ciudad continua y por el Sur, a Guamaní y Turubamba: ‘cerca de la zona de Quitumbe y limite con el sector rural de Machachi’).
Es Ecuador señas particulares un libro sobre nuestra identidad, ¡vergonzante en tantos aspectos, hasta hoy! ¡Es, entonces, un libro que nos desprestigia?! No: creo que es más importante averiguar y plantearnos, como lo han hecho tantos, en tantos lugares de la tierra y en países más antiguos y cultivados que el nuestro, el problema personal y sin embargo central, de nuestra identidad. Porque la identidad no es inmutable, y si la averiguamos en busca de un falso prestigio, nos engañamos. Existe, sí, una identidad que llamaremos colectiva esa que, a pesar nuestro, a pesar de nuestro descuido, se va haciendo. En ese sentido, el libro referido es duro, pero optimista: contribuye a que nuestra identidad se afiance, partiendo de un examen descarnado de lo que la constituye.
Debemos, incluso, preguntarnos si tal identidad nuestra existe, si hay definiciones que incluyan a todos, a pesar de tantas y tantas diferencias; definiciones que surjan de no tener vergüenza de ser lo que somos, de vivir lo que vivimos, de ver lo que vemos, y de procurar ver siempre mejor lo que nos define y estimula a seguir. Somos historia, pues tenemos un pasado común por conocer, aquilatar y continuar. Y somos geografía, esta, agreste, montañosa y marina, de alturas inmensas y olas pacificas o turbulentas, geografía que nos enorgullece y nos abruma.
En mi experiencia otavaleña, cuando trabajé y unos años regí la Universidad de Otavalo, me hospedaba en Peguche, en el Hostal Aya Huma, que quedaba a alrededor de tres cuartos de hora de distancia de la universidad. Preferí ese hospedaje por muchas razones, una de ellas, la de exigirme a mí misma caminar de ida y vuelta. La dueña del Aya Huma se llama Mique, y es una trabajadora holandesa, amable e inteligente, casada con un apuesto indio otavaleño. Los fines de semana el hostal se llenaba de turistas procedentes, sobre todo, de Europa, y cuando había fiesta en el pueblo se veía y se bailaba al incesante son del rondín, el bombo y la flauta, el bandolín, el pingullo, la infaltable guitarra.
Un día de camino a la universidad, antes de llegar a la hermosa cascada de Peguche a la cual, cuando tenía tiempo, me acercaba también, vi a una pareja indígena con un niñito pequeño, bellamente vestido de pantaloncito blanco a más no poder, camisa blanca, un infaltable ponchito azul y alpargatas limpiecitas. Al pasar y oír el amable saludo del padre, pues fue él quien me dirigió sus buenos deseos, respondí ‘buenos días, señor’, y oí en voz leve, pero clara, la pregunta del marido a su mujer: -¿Oiste? (en una sola sílaba), -¿ñor dijo? Y ella le respondió, -sí, ñor dijo, -ñor…
Emocionada, me pregunté, a la vez, ¿por qué ese asombro?, y no obtuve respuesta. Quizá preferí no dármela.
He escrito esto, aunque no a propósito del libro que intento comentar, para rescatar el secreto dolor de esa experiencia: Una sola palabra desató para mí todo un sentir: un pasado y presente de desigualdad íntima, diría también de mentira social, de disfraz y desconocimiento mutuos. Sin orgullo ofensivo, solo con una especie de sentido de lo común y de resignación, o, a lo mejor, sin ninguna de estas preguntas que no acabaron de hacerse, en la única pregunta del indígena cupieron vidas incontables… Ellos, que poblaron desde antiguo esta tierra, ya no eran sus amos. Nacieron y vivieron quién sabe bajo qué sombra de esclavitud. Y aunque me consta que en Otavalo la sociedad indígena es orgullosa de sí misma, poderosa, en muchos casos, incluso económicamente, he contado esta experiencia como señal de las enormes diferencias sociales que nos separan y que, en tantos casos, nos dividen.
Pero volvamos a Adoum. Creo que su libro, que parecería escrito precisamente para que sintamos rabia de nosotros mismos, pensado quizás en una época de indignación y de toma de conciencia por nadie sabe qué influencias extrañas o por nada, porque sí, debe ser leído y releído para que no desemboquemos en lo de siempre, la resignación. ¿Dónde queda nuestra identidad ecuatoriana, si la que creemos experimentar, de la que asumimos sentirnos orgullosos, se basa en superioridades ficticias y, por tanto deshumanizantes, y enuncian, precisamente, nuestra grave carencia de identidad? ¿A quién nos parecemos? ¿Qué rostro, qué color, qué estatura nos caracterizan?
Tampoco Adoum, en la bella y dura variedad de su libro, nos da respuestas absolutas. No las hay, o quizá preferimos no encontrarlas.
Luego de un largo y poético índice, que no repito aquí, el libro termina en la posdata, que es el fin de una larga, bella y dura carta sobre nosotros, ecuatorianos.
