I. Venezuela, la generosidad sin límites
Salimos de Cúcuta y la primera ciudad que llegamos, Mérida, una maravilla de ciudad. La carretera tranquila, pero con muchos huecos. Llegamos casi a la noche, una ciudad serrana, fría. Tuvimos ahí la primera y última de las recepciones. En el parque central los moteros de los clubes de la ciudad nos recibieron, unas doce personas. Empecé a entender el sentido de esa fraternidad, que en Venezuela es intensa. Fernando fue el que hizo el contacto y avisó que llegábamos. Nos recibieron ataviados con sus trajes y sus distintivos de cada club con sus jerarquías donde te van ubicando.

Uno de estos amigos moteros nos invitó a quedarnos en una hostería. En este punto estábamos hechos a todo y pensábamos que la hostería podía ser la cosa más futre del mundo y nos fuimos como a 30 minutos de la ciudad. Ya era tarde, pasadas las nueve de la noche y salimos hacia un pueblo muy pequeño y donde estaba la hostería, que era una hacienda. El camino era de segundo orden y ahí fue mi primera caída venezolana, en movimiento. Mi moto es muy rápida y me tocaba frenar mucho, y me caí por no cumplir el precepto motero de seguir el camino ya establecido; por evitar una irregularidad de camino tomé por otra ruta, pero mi moto golpeó con la punta de una piedra que me sacó del camino, como si me hubieran pateado. Fue una caída sin consecuencias, pero aprendí que hay que seguir el camino del que sabe. Esto te enseña la moto, pero también la vida. Así llegamos a una hostería hermosa. Era nada menos que propiedad de los dueños de la cervecería Polar. Una construcción centenaria donde había estado Simón Bolívar. Una cosa fenomenal y nos hospedaron y alimentaron gratis; los venezolanos dan todo, son de una generosidad impresionante. Ahí estuvimos tres días. Llegamos un lunes y el jueves nos hacían un homenaje en Mérida, nos dieron un certificado de moteros internacionales; se juntaron unas 200 personas en sus motos. A las 8 de la noche cayó un aguacero brutal y nos metimos bajo techo, pero la lluvia no paró en toda la noche. Y nos fuimos a dormir en la sala de la casa de un presidente de uno de los clubes.


De Mérida ya empezamos al camino venezolano. Nos fuimos al norte y llegamos al punto más extremo del país hacia El Caribe también de América del Sur. Donde te paras frente al mar y ves la isla de Aruba. Así que con eso mi compañero, Fernando había estado en el punto más septentrional y en el más austral del continente. Haber estado en los dos puntos extremos de Sudamérica era especial para Fernando, pero al menos el del norte no había nada, un faro, unas dunas de desierto. Antes habíamos pasado por Maracaibo por el lago enorme, gigantesco, de agua dulce, separado del mar artificialmente; todo eso es un desierto con un viento impresionante. Dimos vueltas por ahí y salimos de Puerto de Coro hacia Caracas. Pasamos por Valencia, Maracay, de lo que recuerdo. Ya en Caracas pasó otro incidente, también por necedad. En Venezuela, como norma, los motociclistas van en un solo carril, aún si van en grupo. Yo iba delante de Fernando, algo que hacía solo en carreteras con muchas curvas y en las ciudades. Iba por el carril, libre, era el primero de la línea en un tráfico bestial y pasé un semáforo; Fernando, en cambio iba detrás de un carro, en un carril de al lado y cuando cambia el semáforo se cambia de carril, y los carros que venían de frente por poco le atropellan. Se armó un relajo y él quedó temblando algún tiempo. En Caracas no nos quedamos, pasamos de largo. Habiendo vivido en esa ciudad debo decir que es una ciudad maldita. Antes era una ciudad ordenada, pero ahora no es así, son construcciones gigantescas, un congestionamiento brutal, para mi es terrible; ves el tren abandonado, todo está abandonado. En cambio, Valencia está en una zona productiva, industrial y agrícola. Es la única zona por la que pasamos donde vi que había gente trabajando. Basta decir que de todos los motociclistas que salieron a recibirnos, muy pocos tenían trabajo; y tres de ellos habían estado en el Ecuador y estaban en su país desocupados. Cuando paramos en Valencia, paramos en el parque central para buscar donde almorzar y nos cayeron como moscas, todo el mundo. Y curiosos: ¿de dónde son? Eran unas 30 personas, informales. Me perdí en Valencia y dos de esos moteros venezolanos salieron a buscarme. Me perdí porque tomé mal una salida; las carreteras en esa zona son estupendas, y me tocó ir a dar una gran vuelta. Tenía que hacer un retorno, pero a 20 kilómetros, así que paré una moto y me mandó por un paso no permitido que atravesaba el parterre, en una autopista de varios carriles, pero llegué al lugar establecido. Solo tuvimos actos de generosidad en ese lugar, los venezolanos son frescos, si entraba a un sitio a consumir me decían que pague luego o si me faltaban mil bolívares no me cobraban; actúan como que no pasa nada, aunque sentía que a veces nos esquilmaban unas monedas en el cambio de los dólares. Fíjate que de la recepción que nos hicieron al entrar a Venezuela, nos mandaron con una escolta de dos moteros al menos unos 150 kilómetros, como eran motos más pequeñas y nos iban cuidando no podíamos pasar de 60 kilómetros por hora, hasta que nos aburrimos y tuvimos que decirles que muchas gracias, que hasta aquí. Fue pura fraternidad, pero íbamos a un ritmo muy lento.


Llegamos a Barcelona y Puerto la Cruz, que es todo uno. Ellos saben cuál es cual pero un visitante no. De ahí bajamos por la gran sabana por la ruta de El Tigre. Así llegamos al Dorado, que es cercano a la frontera con Guyana y ahí es donde, en un día, vimos toda la dimensión del oro, de cómo se negocia con oro. Una ciudad como Santo Domingo de los Colorados hace cuarenta años. Calles de lodo, almacenes gigantescos, unos canchones donde se vende de todo, pero con oro. Llegan brasileños, los de Guyana y los venezolanos. Es una ciudad con todos los servicios, con seguridad, comercio, pero regulado por los propios habitantes, el Estado no interviene o no existe y la moneda es el oro. Fuimos a buscar un desodorante, precio ocho milésimas de gramo. Si tienes oro, le pesan y si supera las ocho milésimas te dan el vuelto en dinero. El que recibe el oro es el que gana. Ahí funciona más el dinero virtual. Las madres van con una bolsita de plástico, se sienten, abren la bolsita y toman una pepita y la ponen en la balanza. Toda la zona es minera.
Hay un lugar que se llama Kilómetro 82, que es el kilómetro 82 hacia el Brasil, pero también se llama así el pueblo. Una semana antes de que nosotros llegáramos, el gobierno bombardeó a la población nos contaron, para recuperar una concesión minera de Rodríguez Zapatero, ex presidente de España. La mina había sido invadida por los ilegales y el gobierno los sacó a bombazos e hizo aparecer como que fueron los gringos. Nos dijeron que no pudieron contar ni el número de muertos. Cuando nosotros pasamos ya no había nada de eso, supongo que las minas fueron devueltas a su “dueño”. Fue cuando entramos, como dice el libro de Pérez Reverte, en Territorio Comanche. Esa noche, en El Dorado, con muchos temores le preguntamos a la recepcionista del hostal si podíamos darnos una vueltita, que si no sería peligroso. «Claro», nos dijo. «¿Y la seguridad?». «Ustedes ya están totalmente protegidos, aquí nadie entra sin que se le chequee y se sepa quién es y a qué viene». El hecho es que el hostal, como todo el mundo ahí, pagaba por la seguridad, y todos tenían la tarifa diferenciada. Ella contó que la semana anterior se había perdido un generador eléctrico, llamaron por teléfono y esa misma noche regresó el generador «pero el ladrón ya no».
En Kilómetro 82 era de las pocas zonas donde se podía poner gasolina. En el trayecto para llegar allá vimos un territorio ondulado, con mesetas, con muchas caídas de agua. Por ahí está el Salto del Ángel, con mil metros de caída; nosotros estuvimos en un restaurante con una caída de 300 metros. Son como lozas superpuestas, termina una y luego de una enorme grieta sigue otra. Todo es tierra salvaje, no hay nada de cultivos; hasta la frontera con Brasil es una ruta larga llega de rápidos, saltos de agua, balnearios.

II. En el Amazonas: humildes ante la inmensidad
El cruce de la frontera por Santa Elena de Uairén había sido tranquilo, sin ningún problema. La llegada a Brasil tuvo cambios profundos. Cuando llegamos a Boa Vista era muy tarde, entre siete y ocho de la noche, y era un hotel grande, con un parqueadero gigantesco y en el lobby del hotel un montón de prostitutas. Fernando fue a negociar el hospedaje y me di cuenta que era un hotel de camioneros. Ellas se fueron pasadas las nueve de la noche y todo quedó tranquilo. El área tenía estaciones de lavado para los camiones, restaurantes y todo muy barato. Unos 30 dólares la noche. En esa ciudad Fernando conversó conmigo y me dijo que prefería seguir solo, porque el viaje era suyo, y así mismo era. No tuve problema, nos separamos y yo bajé ya solitario, por Rorainópolis, Estado de Roraima, hasta Manaos. Este camino era pura selva, carreteras solitarias salvo unos camiones gigantescos. No era una vía principal, pero tenía cuatro carriles. En ese camino vi de pronto un letrero que decía Disminuya la velocidad, puente de un solo carril. Eso hice, pero el puente estaba al tomar una curva y me encontré con un puente de madera que tenía únicamente las guías de paso para las llantas. Y me caí. Menos mal sin consecuencias para mí ni para la moto. No me llego a imaginar qué hubiera hecho si algo peor pasaba, pero tomé las cosas tranquilamente, me volví a subir a la moto y seguí derecho hacia Manaos.


Manaos es una ciudad grandísima, enorme, uno no se llega a imaginar esto en medio del Amazonas. Llegar al Amazonas fue algo impactante, eso es un mar. Hay una enorme cantidad de transporte por el gran río. Es, además, una ciudad muy ordenada. Ahí tengo parientes y renté un apartamento para unos días, porque pensaba descansar, recorrer la ciudad y dar mantenimiento a la moto. Estaba en esas cuando recibí la llamada de Fernando. Él, que había tomado otra ruta sufrió un percance y en este perdió su teléfono celular, lo cual le dejó sin comunicación ni forma de orientarse. Pudo obtener otro móvil en la primera ciudad mediana que alcanzó y me llamó. Así que le dije que tenía espacio para él en Manaos y lo hospedé. Seguiríamos el viaje juntos, algo que ya no sería por tierra sino siguiendo el curso de esos ríos amazónicos enormes, hasta alcanzar la parte Sur del Perú, desde donde esperábamos llegar al Cuzco. Pero antes teníamos que conseguir el transporte. Sobre todo, mi preocupación eran las motos, viajando por el río corriente arriba. Pero la gente del transporte me aseguró que no pasaría nada, ni siquiera amarraron las motos. Varios días de un paisaje que no cambió para nada: agua y árboles gigantes, otro planeta. Solo cambiaban los colores del amanecer y del atardecer, algo que me dediqué a contemplar. Pude entonces escribir unas palabras de reflexión, inspirado con la fuerza de esa maravilla de la naturaleza. Palabras que mandé a mis amigos que, desde Quito, estaban pendientes de nuestro viaje.


Yo en un rio. El Madre de Dios, afluente del Amazonas y vamos río arriba buscando la frontera con el Perú. Llegaremos probablemente el domingo. Los tiempos aquí no cuentan: debimos salir martes y partimos el miércoles, la velocidad depende de la fuerza del río. Si la corriente es fuerte la velocidad disminuye y luego hacemos paradas para descargar mercaderías. Porque se trata de una balsa que lleva mucha carga, unos 40 vehículos entre ellos nuestras motos y tres más. La carga más voluminosa son jabas de colas; pero hay de todo, harina, materiales de construcción.
Los días son lentos muy lentos, el paisaje cambia solo en el cielo. Vemos cambiar de colores frecuentemente, si hace sol es muy celeste, si hay nubes contrasta con un blanco nítido muy fuerte. Y se oscurece de pronto por la lluvia. Tuvimos una tarde y noche de una lluvia que no parecía que caía agua, sino que, estaba allí, como un bloque húmedo pertinaz. Nunca me imaginé que podría caer tanta agua en un momento. Pero los colores maravillosos son al amanecer, y al anochecer, son momentos asombrosos, son colores de fuego intenso que te recuerdan que esta región aparentemente abandonada, poco habitada, estrictamente selvática está intensamente viva y se ven muestras alrededor, ganado, cultivos, desafortunadamente muchas máquinas en la explotación de oro, tránsito de embarcaciones inmensas llevando toda la riqueza de la zona a los centros poblados, es una actividad impetuosa de cruce de embarcaciones.
La balsa en que vamos es mediana en relación a las que hemos visto imagínense que guarda 40 vehículos y sus bodegas en el subsuelo tienen el doble de tamaño. Debe tener entones unos ochenta metros de largo (eslora). Tiene ocho camarotes para la tripulación de alto rango y para los pasajeros que hemos pagado. Hay más pasajeros y tripulación que permanecen en hamacas, he contado probablemente quince personas. Se ve alrededor un panorama estable, agua turbia, verde de la selva y cielo azul, la comida es aburrida. En el desayuno, un huevo revuelto casi sin mezclar, se ven clara y yema, pan desabrido de tipo industrial, un café dulce, extremadamente dulce que tengo que bajar su tenor de azúcar con leche. El almuerzo y merienda es lo mismo: arroz blanco, tallarín, menestra de frejol y una carne generalmente pollo que se modifica si es frito o estofado. Así han pasado cuatro días en el barco y faltan dos.
Tiempo para pensar, para exigirse ser mejor para admirar la inmensa naturaleza, para fortalecer la humildad de ser tan pequeños en medio de tanta inmensidad, riqueza y belleza, de pensar en el peligro que somos para nuestro ambiente por la codicia y capacidad destructora del hombre. Pensar en que la naturaleza en sí es una totalidad inalcanzable y la actitud del hombre es incontrolable en su conquista. Les mando fotos de los amaneceres y atardeceres.



