Hay dos moscas que ameritan ser referidas: la primera es la Philornis downsi, la «mosca vampiro aviar»: sus larvas se alimentan de la sangre de los pichones de pinzón hasta matarlos dentro del nido. Parasita a 12 de las 17 especies de pinzones de Darwin y causa una mortalidad de polluelos de entre el 16 % y el 100 % (Kofler et al., 2025). Es una tragedia que se reporta desde 1997.
La segunda mosca es más vulgar: la Aedes aegypti, la del dengue. No mata pájaros, sino personas. Este año dejó en Galápagos 285 casos confirmados, se conoció de dos personas fallecidas y la incidencia más alta del país, casi el triple que la provincia que le sigue. Un vecino de Bellavista, en Santa Cruz, don Wilson Velasquez preguntó a las autoridades sanitarias lo obvio: ¿si se soltaron más de ocho millones de mosquitos estériles y los indicadores mejoraron, por qué el dengue se disparó?
La Agencia de Bioseguridad le respondió que el virus llegó en viajeros, que los machos estériles no vuelan más de 400 metros, que los vecinos no colaboraron, que la enfermedad es competencia exclusiva del Ministerio de Salud y que cada familia debe tapar sus tanques de agua. El experimento salió bien; fallaron los vecinos.
Respecto de la Philoris, la Fundación Charles Darwin que viene ocupándose de su estudio desde el 2013, representada por la empresa CAPITALCONSULTING CECORP S.A.S, (persona jurídica comercial con un solo dueño y socio y con un patrimonio social de USD 200), firmaron este 11 de junio de 2026 con la Dirección del Parque Nacional Galápagos, y el Fondo de Inversión Ambiental Sostenible (FIAS) un Convenio por un monto de USD 1.026.671 para que en 2028 se suelte en las islas la avispa parasitoide Conura annulifera contra la mosca vampiro.
O sea, hasta el 2028, no se sabrá qué resultados tendremos con el cuidado a los pinzones de Darwin pero, sí estará claro que una empresa privada con un capital social mínimo manejará más de un millón de dólares invocando conservación.
Hundimientos
El 25 de septiembre de 2022, la lancha de cabotaje Angy zarpó desde la isla Isabela a Santacruz, trasladaba a 37 personas a bordo pese a tener capacidad autorizada para solo 29, operaba con motores en mal estado, sin combustible suficiente y desprovista de chalecos salvavidas e implementos básicos de emergencia. Durante la travesía, las máquinas comenzaron a fallar de forma sucesiva y, pese a los desesperados reclamos de los pasajeros para retornar a puerto, el capitán (que estuvo ebrio) y el administrador, hicieron caso omiso y continuaron la navegación. Al quedarse sin gasolina, la embarcación quedó al garete frente a Tortuga Bay durante 3 horas antes de empezar a hundirse sin que llegue auxilio a pesar de que los pasajeros y sus familiares realizaron docenas de llamadas de auxilio al ECU 911 y a la Capitanía de Puerto. Esto sometió a las víctimas a un intenso sufrimiento en la oscuridad del mar, donde padecieron pánico, hipotermia y severas quemaduras químicas por el combustible derramado mientras intentaban mantenerse a flote aferrándose únicamente a maletas y cojines. Como consecuencia directa de esta desatención y abandono, cuatro pasajeros perdieron la vida por ahogamiento inmersivo, y uno a causa de un infarto agudo de miocardio.
Ni se diga la indolencia de las autoridades en el caso del hundimiento de la lancha Spondylus: Ver.- https://planv.com.ec/historias/testimonios/asi-fue-el-naufragio-del-spondylus-en-galapagos/
Las iguanas traficadas y su periplo de muerte
El 19 de mayo, tres ciudadanos tailandeses fueron detenidos en el aeropuerto de Guayaquil con doce atadas dentro de sus maletas de mano. Se las robaron de Santa Cruz. Pasaron sin novedad por los controles del aeropuerto de Baltra y llegaron a Guayaquil. Por unas s emanas se las encargó al Parque Histórico. El Ministerio del Ambiente anunció en un boletín que las sobrevivientes «retornan a Galápagos bajo estrictos protocolos técnicos, sanitarios y judiciales». Murieron siete de las doce: dos en Guayaquil y cinco en el encierro de cuarentena de Puerto Ayora, entre el 20 de junio y el 26 de agosto. Inanición. Nunca hubo un segundo boletín. No sabemos si ya están muertas todas. Nunca hubo un protocolo para manejarlas.
El 28 de agosto cayó en el aeropuerto de Quito una ciudadana rusa con 32 iguanas. Nunca había pisado Galápagos. El Ministerio del ambiente las encargó a TUERI, el hospital de fauna de la Universidad San Francisco de Quito en Cumbayá. El 9 de septiembre les dio el alta «para retorno» y advirtió no era posible reproducir lo que la especie necesita para vivir. Ese mismo día, el Ministerio del Ambiente informó a la Fiscalía que el manejo «cumple con la normativa» y negó la revisión de un veterinario independiente que habíamos pedido. El 14 de septiembre, un informe del Parque Nacional, ante el alta dada declaró inviable la repatriación y consideró la «disposición final» de los ejemplares en el continente (a pesar de no tener un sitio adecuado).
Tres días después, otro informe de la misma dirección del PNG sostuvo lo contrario. De repente, el 23 de septiembre apareció un protocolo para iguanas retenidas, presentado como guía para «futuros eventos». Para entonces el futuro ya había llegado. Entre el 13 y el 25 de septiembre murieron ocho, y las veinticuatro sobrevivientes llegaron a Santa Cruz el 28. El retorno se anunció como un éxito.
De 44 iguanas traficadas este año, 15 murieron bajo custodia del Estado: una de cada tres. Lo advertimos por escrito desde el 29 de agosto. Pedimos un lugar adecuado, un protocolo y un veterinario independiente, y ofrecimos pagar nosotros el traslado de emergencia. Recibimos evasivas, una negativa y luego silencio.
Los hechos que describo no pueden ser considerados como maldad; son algo más triste. Es la costumbre de no sentir. El dolor ajeno -inclusive de un animal no humano- se volvió un trámite. Estoy seguro que el funcionario o ejecutivo privado que no auxilió a quienes se ahogaban, ni a los enfermos y muertos por el dengue; que dejó morir a las iguanas o a los pinzones, no lo hizo con maldad, simplemente ya no los ve, porque su corazón aprendió a mirar el papel, el dinero, y no la vida.
Aunque no me cansaré de repetir que Galápagos es un ser vivo que merece ser cuidado, en el caso debo añadir otra perspectiva. Una iguana atada en una maleta, una niña con fiebre o un pichón de pinzón comido por las larvas de una mosca no llegan por casualidad a la puerta de una institución. Llegan para ver si allí hay otro ser vivo.
Quien recibe un sueldo por cuidar y el privilegio inmenso de vivir en las islas Galápagos recibió también una oportunidad de servir.
En Galápagos no cuidamos bien ni a los seres humanos ni a las especies.
Muchos proyectos, mucho dinero, muchas instituciones. Poca compasión.
