Si por algo se distingue al momento que vivimos es por su rusticidad. Cuestiones que, a primera vista, parecen desconectadas, están unidas por este lazo.
El gobierno de muchos Estados, sean estos grandes o pequeños, se encuentra en manos de políticos rústicos, algunos con bastante dinero. El manejo de las instituciones educativas, desde la primaria hasta la educación superior, se ha encomendado a burócratas y profesores de espíritu rústico. La narco-cultura, que hace furor entre los chicos pobres, es una creación rústica. Los niños y jóvenes, con el cerebro colonizado por la IA e internet, avanzan despreocupados hacia el imperio del menor esfuerzo y la pobreza intelectual, cimiento sobre el que se levanta el edificio de la rusticidad. El habla pública y privada, llena de jerga y groserías, y lo hablantes de trescientas palabras, que solo pueden definir un término de manera ostensiva: no con palabras, sino con el índice apuntando al objeto al que se refieren, son un ejemplo acabado de rusticidad.
Lo paradójico es que el dominio de la rusticidad en nuestra época se da en medio del mayor desarrollo tecnológico que ha experimentado el mundo después de la revolución industrial y de la reducción correlativa del territorio de la inteligencia humana. En el sector público, esta correlación, sumada a variables políticas, sociales y psicológicas, como el favor político, el amiguismo, la envidia, el resentimiento o el ansia desmedida de poder, ha permitido que los borricos manden. Si el borrico es de los que no tienen más de un gramo y medio de poder, se convertirá automáticamente en eunuco de la minucia.
La lucha de Trump, en parte, es lucha contra la Ilustración. A él, para hablar de política, le basta con decir “fabuloso”, “maravilloso”, “les vamos a patear el trasero”, y a sus votantes también. Entre nosotros, las cosas no van por rumbos distintos. Y quizá nunca como ahora la definición del hombre como animal racional ha estado tan lejos de los hechos. Transferimos el peso de la memoria, el conocimiento y la inteligencia a las herramientas electrónicas. Y mientras lo hacemos vamos abdicando de nuestra humanidad. El ideal humano de estos tiempos se concentra en la dimensión física y emocional de las personas y se plasma en la demanda masiva de gimnasio y autenticidad. La sociedad actual no quiere personas ilustradas, quiere personas musculosas y expresivas, aunque lo que se exprese no sea lo que alguien es, sino lo que alguien pretende o cree ser. Músculos. Transformismo. Apetitos. Y, en política, grosería y realpolitik.
En la época de la rusticidad, la ilustración ha dejado de ser necesaria hasta en las universidades. Ahí, los profesores que leen libros son una rareza y en las bibliotecas no se prestan ni se leen libros. Los chicos, si por obra del azar leen un libro, no entienden lo que han leído y tampoco les interesa: ya le preguntarán de qué trata a la IA.
El siglo XVIII, el del Iluminismo, dio origen al despotismo ilustrado. El siglo XXI, el de la rusticidad y la alta tecnología, ha producido, en cambio, el despotismo iletrado: expresión política del músculo y el apetito.
En Ecuador y los países donde la rusticidad y su expresión política se han impuesto, la política transcurre en una zona gris, en la que la legalidad se confunde con la ilegalidad, la injusticia con la justicia, el despotismo con la democracia y el vicio con la virtud. Si resulta difícil para el ciudadano distinguir lo que hacen las instituciones públicas y sus funcionarios de lo que hacen los que subvierten el orden establecido, es porque lo público se ha desnaturalizado de tal manera que el ejercicio del poder se ha transformado en abuso de poder. Esta confusión vuelve temerosos y desconfiados a los ciudadanos, que, empantanados en la zona gris de la política, no saben si a quien acuden en busca de ayuda es, en realidad, de quien deben huir.
