La Copa Mundial de la FIFA 2026, en su versión Nro. 23, llegó a su fin. Fueron 104 partidos de fútbol en los que intervinieron 48 selecciones nacionales y tres países como sede, aunque con una mayor y desproporcionada presencia de juegos desarrollados en los Estados Unidos. En 39 días de competencia, no sólo que se puso a prueba la habilidad y compromiso de las diferentes escuadras, sino que también se desvelaron, de cuerpo entero, los enormes intereses económicos y políticos que hay detrás de esta competencia deportiva que cautiva a miles de millones de aficionados alrededor del orbe.
No sólo están las jugosas ganancias que obtuvieron la FIFA, los países anfitriones (con mayor preponderancia de los Estados Unidos), las naciones participantes y, en general, por goteo, la economía global, convertida en un gran mercado donde se compra y vende de todo, incluida las transferencias de los jugadores, lo cual se reduce a una forma más de cosificación del hombre; también estuvieron presentes las jugadas políticas que no son ajenas a los deportes, los cuales muchas veces se usan eficientemente como distractores de los problemas sociales que afectan a la gente.
Ahí estuvo, por ejemplo, Donald Trump y su incidencia en el desarrollo de este evento. El trato discriminatorio de parte de las autoridades migratorias americanas frente a varios equipos, así como los inentendibles impedimentos iniciales para que las conferencias de prensa se hagan en inglés, vetando solapadamente, en más de una ocasión, al idioma español, dejó entrever la imposición de esa visión tan cuestionada que anima a los seguidores de MAGA y al trumpismo, quienes creen equivocadamente, en pleno siglo XXI, en la existencia de razas superiores.
Asimismo, se vio al presidente de los EE.UU., intervenir públicamente, y sin sonrojarse siquiera, para que la FIFA habilite a un jugador americano suspendido con tarjeta roja y vuelva, en el siguiente compromiso, al campo de juego, lo cual se dio, pese a que el reglamento lo impedía. A la hora de extender como chicle a la norma, en el primer y tercer mundo, interesa más a quién beneficia esa decisión que si ésta se ajusta a los conceptos de legalidad y legitimidad.
Por lo mismo, y ante interferencias y presiones extra futbolísticas, el campeonato mundial de fútbol 2026, termina siendo uno de los más polémicos que se recuerde, frente a decisiones abiertamente controversiales que afectaron a muchas selecciones y que favorecieron, coincidentemente, a determinados equipos y especialmente a algunas estrellas del balompié que no podían abandonar prematuramente el certamen, dado su impacto positivo y millonario para la organización, por lo que hay factores que pesan más allá de lo estrictamente deportivo.
Pero curiosamente, la final del campeonato se dio entre España y Argentina, dos seleccionados que piensan y hablan en español. Y, por paradójico que parezca, a este encuentro deportivo que se conversó en la cancha y en los graderíos mayoritariamente en castellano, acudió el presidente Donald Trump para solemnizar el cierre del mundial en el que el inglés no pudo imponerse como una lengua que pretende expresar, desde unas retorcidas elites, relaciones de dominación.
Ahora mismo, en Europa, se estará comiendo mucha paella valenciana para celebrar el campeonato del mundo conquistado por España. En otros lados, como en Ecuador, en cambio, se celebra con cerveza que se vende a un menor precio, gracias a una clase política embriagada de poder.
