miércoles, julio 22, 2026
Ideas
Valentina Zárate

Valentina Zárate

Abogada, consultora en asuntos públicos

Cantando al Sol

No le cantamos al Sol porque este necesite nuestras canciones; somos nosotros quienes necesitamos convertir la realidad en símbolos para comprender nuestra propia existencia.

Mi sobrina, que hoy tiene quince años, nos contó hace poco, entre risas, que cuando era niña un profesor les explicó que algún día el Sol se apagaría y, con él, desaparecería la vida en la Tierra. Para un adulto, «algún día» es una expresión tranquilizadora cuando hablamos de miles de millones de años. Para una niña de cinco o seis años, en cambio, el tiempo todavía no tiene esa escala. Durante varias noches se acostó llorando, convencida de que el Sol dejaría de salir.

Su historia me hizo pensar en algo que nunca había formulado con claridad: tal es la importancia del Sol que llevamos siglos cantándole. No es una exageración. Lo hacemos en la música, en la literatura, en la pintura, en la religión y en la poesía. Antes de que existieran los telescopios o la astrofísica, ya habíamos encontrado una manera de explicar el vínculo que tenemos con esa estrella. La llamamos mito. La llamamos fe. La llamamos arte.

¿Por qué le cantamos al Sol? Por mucho tiempo la respuesta fue espiritual. Inti para los pueblos andinos, Ra para los egipcios o Helios —y más tarde Apolo— para la tradición grecorromana fueron distintas maneras de reconocer una misma evidencia: sin el Sol no habría cosechas, ni estaciones, ni vida. Hoy sabemos que no es un dios, sino una estrella. Conocemos cómo produce la energía que llega hasta nosotros e incluso sabemos que algún día agotará el combustible que la mantiene viva.

Sin embargo, mientras más aprendemos sobre él, menos parece agotarse su poder como símbolo. Tal vez porque la ciencia responde qué es el Sol, mientras el arte intenta responder qué significa vivir bajo él, incluso en medio de la paradoja universal que este entraña: la misma luz que alumbra es capaz de abrasar. Si la Tierra estuviera un poco más cerca del Sol, la vida sería imposible. Si estuviera un poco más lejos, también. Existimos gracias a una distancia casi perfecta.

Hay pocas metáforas tan poderosas como esa. El amor, la libertad e incluso el poder parecen obedecer a una lógica parecida. Demasiada cercanía puede consumir. Demasiada distancia puede enfriar. Hay fuerzas que solo crean cuando encuentran la medida justa.

Quizá por eso seguimos recurriendo al Sol cuando queremos hablar de aquello que más importa. Alejandro Filio no escribió Brazos de sol para describir el cielo, sino para hablar del amor. George Harrison no compuso Here Comes the Sun para anunciar el fin del invierno, sino para nombrar esa sensación íntima de descubrir que, después de una larga temporada oscura, la luz siempre encuentra la manera de regresar. Calle 13 y Silvio Rodríguez imaginaron unos «ojos color sol» para describir una belleza que parecía imposible decir de otro modo. Y cuando Mercedes Sosa vuelve «cantando al sol, como la cigarra» —con la hermosa letra de María Elena Walsh—, nadie piensa realmente en una estrella, sino en la extraordinaria capacidad humana de levantarse otra vez. La cigarra no le canta al sol porque lo adore: le canta porque ha sobrevivido. El Sol aparece como testigo del renacimiento.

Es curioso, sin embargo, que el Sol no reparta su presencia por igual. En Ecuador damos por sentada la luz porque estamos en la mitad del mundo y no tenemos cuatro estaciones. Solo cuando conocemos lugares donde el invierno oscurece las tardes y la ausencia prolongada de luz afecta incluso la salud mental, entendemos hasta qué punto el Sol también sostiene nuestra manera de habitar el mundo.

Tal vez por eso lloraba mi sobrina. No por la muerte misma de la estrella, sino por la intuición de que un mundo sin Sol sería inviable.

Y ahí, creo, está la respuesta. No le cantamos al Sol porque este necesite nuestras canciones; somos nosotros quienes necesitamos convertir la realidad en símbolos para comprender nuestra propia existencia.

Así como el principito contempló cuarenta y tres puestas de sol en un mismo día —y el aviador comprendió que aquellos atardeceres nunca hablaban del ocaso, sino del corazón de quien los miraba—, nosotros hemos hecho exactamente lo mismo durante miles de años. Nunca le hemos cantado realmente al Sol. Le hemos cantado al amor, a la esperanza, al regreso, a la alegría, a la resistencia. El Sol solo ha sido el lenguaje que encontramos para nombrarlos, para hablar de nosotros mismos y de lo que nos hace humanos.

Dejo aquí algunas canciones que me acompañaron mientras escribía esta columna, por si alguien quiere seguir esta conversación desde la música.

  • Juan Gabriel — Buenos días, señor Sol
  • The Beatles — Here Comes the Sun
  • The Beatles — I’ll Follow the Sun
  • Alejandro Filio — Brazos de sol
  • Bob Marley & The Wailers — Sun Is Shining
  • Mercedes Sosa interpreta Como la cigarra, de María Elena Walsh
  • Ángel Parra — Cuando amanece el día
  • Katrina and the Waves — Walking on Sunshine
  • Stevie Wonder — You Are the Sunshine of My Life
  • Cream — Sunshine of Your Love
  • U2 — Staring at the Sun
  • Sheryl Crow — Soak Up the Sun
  • Weezer — Island in the Sun
  • Xavier Rudd — Follow the Sun
  • Norah Jones — Sunrise
  • Indio Solari y Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado — Y mientras tanto el sol se muere

 

 

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