lunes, julio 20, 2026
Ideas
Susana Cordero de Espinosa

Susana Cordero de Espinosa

Miembro de número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua.

Huellas y resquicios

Las circunstancias cotidianas, aunque no sean promisorias ni variadas como esperáramos, enseñan mucho más que las novedades nimias, esas que solíamos llamar novelerías…

Hoy siento como pocas veces cuánto las razones de nuestra alegría —las de nuestras alegrías—, lector, pues el plural da otro sentido a lo dicho y usted y yo lo notamos, cuánto esas razones, decía, son motivo que pide de nuestra parte valoración y gratitud. Alegrías que no solo surgen de la bella luz del día; hoy extrañamos desesperadamente la lluvia en Cumbayá: queremos nubes oscuras cuya húmeda promesa nos tranquilice con su presagio de abundancia de agua y paz; necesitamos la noticia de los meteorólogos y climatólogos de que pronto la humedad volverá a nuestro campo, a nuestra tierra de Dios, como tiernamente la llaman los campesinos.

‘Noticia’, palabra que nos transporta a las que recibimos a través de nuestros canales de tv., siempre en breves,  monótonas y repetidas  fórmulas, tanto, que apenas consisten en una frase completa, y se nos conceden en imágenes repetitivas cuyos vacíos aspiran a ser sustituidos por la efigie de los locutores bien trajeados y trajeadas, que representan, a la vez, otras formas de nuestra vacuidad. En cuanto a las noticias de prensa, son normalmente sustanciales y bastante bien escritas en los dos diarios en papel que aún nos quedan, sobre todo las de la página editorial, pero apenas están para enunciar y analizar nuestra difícil realidad…

Lo cierto es que las circunstancias cotidianas, aunque no sean promisorias ni variadas como esperáramos, enseñan mucho más que las novedades nimias, esas que solíamos llamar novelerías… Pero yo quería hoy hablar de algo alegre, contar una historia de esperanza, y había anotado recuerdos de hace años, de cuando mi suegro, ese personaje querido y respetado en Quito, el médico nacido en una vieja hacienda de Cañar, don José Justiniano Espinosa, tan a la antigua, él, que en Cuenca, ciudad donde vivía y ejercía, solía ser llamado por las noches a atender a sus pacientes a los que nunca cobraba, y tuvo que acostumbrarse, contra cualquier previsión, a que al día siguiente llegara a su casa, a manera de compensación por su esfuerzo nocturno, un buen pavo, si era tiempo de Adviento, o una gallina gorda, o quizás  un corte de casimir inglés, así como una canasta de frutos de la tierra…, según las posibilidades y gustos de la familia atendida.

Pero antes de su matrimonio con la muy quiteña Amelita Enríquez y mucho antes de decidir vivir en Quito, atendía a llamados de la hacienda de Cañar, que eran, entonces, dada la distancia, los clamores que le urgían. Una tarde se lo llamó a ir a la zona más alta de Charcay, en la que su padre ejemplar había ejercido gratuitamente y hacía ya muchos años, el mismo oficio médico y generoso; y allá arriba, a casi cuatro mil metros de altitud, acudió a atender el primer parto de su vida profesional. Al llegar a la casita pueblerina encontró en el amplio cuarto para todo, a una mujer joven que, arrodillada en el suelo con dos o tres ladrillos a la espalda,  procuraba moverse a gatas  entre gemidos de dolor; debía ser certeza generalizada entre el campesinado, que el  peso y el esfuerzo exigido ayudarían a librar a la parturienta, término uno de cuyos significados es, según nuestro diccionario general: “Dicho de una mujer: parir”.

Ante semejante escena, el joven médico alivió de ladrillos la espalda de la joven, la acostó y auscultó, y dada la dificultad que mostraba el largo parto, que había esperado más de un día entero de dolorosas contracciones, cortó la bolsa del líquido amniótico y extrajo manualmente el feto ya sufriente…

Una vez terminada la atención a la joven, el pequeñito bañado y abrigado junto a ella, médico y  padre dejaron a la madre reciente en compañía de su marido y del niño y subieron ya hacia el crepúsculo, a ver las rieles del tren que pasaba dos veces al día, allá arriba; y ellos siguieron, mientras subían, viendo sobre todo las maravillosas nubes, y aquí y ahora me viene sin querer uno de los poemas en prosa de Baudelaire titulado “Las maravillosas nubes”,  que dice en español: Amo las nubes, las nubes que pasan allá, allá. Las maravillosas nubes al que, seguramente alguna vez ya aludí en esta columna.

Ya a este tenor, me es imposible no evocar la exclamación que Henri Michaux, poeta belga, querido amigo de nuestro poeta ecuatoriano Alfredo Gangotena, que en 1927 vino  invitado por este a conocer nuestra patria y, deslumbrado ante el esplendor entre campestre y ciudadano de la hacienda de Puembo de la familia Gangotena que, generosa al extremo con su huésped, desplegó para él toda suerte de delicadezas, escribió Ecuador, libro de crónicas de su viaje que tuvo lugar a fines del año citado. Y en uno de sus poemas, al reflejar la maravilla de nuestros cielos, el poeta denuncia, como sin quererlo, los contrastes sociales a los que asistió: el profundo bienestar de unos y la miseria de otros —diferencias como las actuales, me digo—, y escribió maravillado: “Quien no ame las nubes no vaya al Ecuador”.

Ciertamente, no solo debió haber visto las nubes: bajo ellas, esplendorosas,  se verían las cumbres de tantas montañas nevadas o no, los campos en todo su esplendor, pero nuestras nubes le maravillaron, como nos maravillan a cada crepúsculo de la mañana o de la tarde, cuando muestran el portento impredecible y siempre cambiante de su forma y color.

Volvamos al doctor Pepito, como lo llamaban todos en Cañar, en Cuenca, en Quito, adonde iba, donde lo conocían: Interesado por la vida del campo entrañable en el que había pasado gran parte de su niñez y al que volvería siempre, no solamente con los recuerdos de su corazón, preguntó a Manuel, el campesino que le llevó arriba,  a ver el tren: ¿Cómo les va por aquí, Manuel, desde que tienen este medio de transporte? Y el ya viejo Manuel, convencido de lo que decía, contestó: -¡Ay doctorcito, estos parajes antes tan sólidos, ahora con una inmundicia de gente!

Dos de estas palabras llaman nuestra atención: ‘sólidos’ como aumentativo de solos, que no lo es, aunque comprendamos perfectamente su significado en esta frase, tanto, que desde nuestra Academia Ecuatoriana de la Lengua la incluimos con la marca ‘coloquial’ y la definimos como ‘referido a persona, sola’. ‘Referido a lugar, aislado, desierto desamparado’ en nuestro reciente Diccionario académico de ecuatorianismos,  expresión muy empleada en el campo ecuatoriano, e inmundicia, que para Manuel quería decir, a la vez, abundancia y quizá tristemente, suciedad, porque toda abundancia arroja por donde rige, restos de su profusión o los de su contraste, la miseria.

Pepito nos contó esta anécdota hace ya muchos años, y, como médico que fue, asistió generosamente a mis cinco enteros y verdaderos partos. En cada uno sentí el dolor y la alegría que significa vitalmente ‘dar a luz’. Experimenté en carne viva, vivísima, el dolor de alumbrar… Fueron primero tres varones. Al cabo de seis años volví a quedar embarazada, sin que nunca me preguntara a mí misma si el nuevo hijo sería mujer:  aba por hecho, luego de la llegada de mis tres varones, que solo tendría ‘hombrecitos’, nunca ‘mujercitas’ (así, en diminutivo,  se anuncia a la parturienta el género del nuevo ser humano). En mi cuarto alumbramiento, Pepito me acompañaba en la sala de partos de la Clínica Pichincha y cuando nació mi hijo, antes de que nadie me dijera una palabra, el ya viejo médico salió disparado a anunciar a Amelita y a su hijo Alfredo, que esperaban sus noticias,  en voz que mostraba incontenible alegría: “¡Amelia, tenemos una niña!”…

Así supe y supo Alfredo, gracias a la alegría de afuera, y sin que nadie se acordara de contarme, que había nacido nuestra primera hija mujer. Vino Susanita al mundo y fue, como lo habían sido, a su vez, las cinco hijas de los ocho vástagos del matrimonio Espinosa-Enríquez, la suprema alegría de la vida de sus padres y ahora, la de sus abuelos, que reaccionaron como si su existencia se hallara, por fin, colmada.

Y nuestro cielo sigue alto, tras de las montañas, iluminándolas u obscureciéndolas, definiendo cumbres, hoyas, recodos, hendiduras, resquicios, quiebras y desfiladeros, y seguirá en su azul casi cobalto más allá de mediodía, sin seña alguna de la lluvia que, me digo, algún rato acabará por llegar. Así sea, repetíamos, a manera de jaculatoria en el colegio. Así sea

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