domingo, agosto 9, 2026
Ideas
Carmen Natalia Zárate M.

Carmen Natalia Zárate M.

Internacionalista con maestrías en política pública y economía.

Héroes y sospechosos

En las historias épicas del Mundial de Fútbol 2026 hay migrantes que atesoramos como héroes nacionales: los que meten goles y traen gloria. Sin embargo, luego del partido hay trabajadores migrantes que limpian los graderíos, así como seguramente fueron manos migrantes las que erigieron los estadios.

El 23,2 % de los jugadores inscritos en este Mundial representaron a un país distinto de aquel en el que nacieron. Durante algunos minutos, en el partido contra Brasil, la selección de Marruecos tuvo una alineación integrada en su totalidad por jugadores nacidos en otro país. Curazao tuvo a 25 de sus 26 convocados nacidos fuera de la isla, y Francia tuvo cerca de un centenar de jugadores nacidos en su territorio repartidos en trece selecciones distintas: 23 vistieron la camiseta francesa y los otros 76 jugaron para Argelia, Haití, Congo, Senegal, Costa de Marfil, Túnez y otras seis. Hay hermanos jugando en selecciones distintas, sobre todo entre África y Europa. El colonialismo y los flujos laborales subsecuentes explican este complejo mapa de naciones y procedencias.

Todo se imbrica aún más cuando vemos la ascendencia de los jugadores, que denota la historia palpable de las grandes migraciones desde finales del siglo XIX. Vemos apellidos italianos en la selección argentina, así como afrodescendientes de la España campeona del mundo. En Ecuador tenemos a un ecuatoriano nacido en Alemania, otro en España y otro en Argentina. Yeboah Zamora y Arévalo son también hijos de nuestra diáspora.

En estas historias épicas hay migrantes que atesoramos como héroes nacionales: los que meten goles y traen gloria. Sin embargo, luego del partido, hay trabajadores migrantes que limpian los graderíos, así como seguramente fueron manos migrantes las que erigieron los estadios.

Aun cuando los migrantes aportan y sostienen economías, culturas y trofeos, la persecución, la discriminación y el rechazo persisten. Si bien, la migración genera presión en los servicios y en las comunidades de acogida en un inicio, pero también aportan mucho a los países y comunidades de acogida. El Mundial es una prueba de ello. No hay Mundial sin migrantes.

Solo en 2025, EE. UU. expulsó a más de medio millón de personas, más de seis veces el aforo del estadio MetLife. Durante el Mundial 2026, la selección de Irán no pudo alojarse en Estados Unidos y montó su campamento en Tijuana, cruzando la frontera antes de cada partido. A su federación ya le habían negado las visas para asistir al sorteo en Washington y la FIFA recortó a su hinchada el 8 % de las localidades disponibles. Aficionados de decenas de países denunciaron algo parecido: a los de Senegal, Costa de Marfil, Irán y Haití les negaron visados, y a los escoceses, que ni siquiera necesitan visa porque viajan con ESTA (una autorización electrónica que se tramita en línea), les revirtieron el permiso de «aprobado» a «pendiente» cuando ya estaban en el aeropuerto.

El árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan era el mejor árbitro de África en 2025 y el primer somalí elegido para una Copa del Mundo. Llegó a Miami desde Estambul con visa y pasaporte diplomático y lo devolvieron. La Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza dijo que era inadmisible por «preocupaciones de verificación». Somalia está en la lista de países con restricciones de viaje. Era lo suficientemente bueno para que la FIFA lo eligiera, pero no lo suficientemente confiable para cruzar una frontera.

También se construyeron barreras simbólicas ante el segundo idioma más hablado en Estados Unidos, la lengua oficial de uno de los tres países anfitriones y el idioma del país que tenía la copa en ese momento. Un moderador de la FIFA impidió que se usara el idioma en la rueda de prensa del partido Brasil-Marruecos, cuando es claro que el español es un idioma protagonista en el mundo del fútbol. La FIFA rectificó dos días después y habilitó el español en todas las ruedas de prensa, lo que prueba que nunca fue un problema logístico. Es así: son estas cuestiones «técnicas» las que terminan por excluir y generar barreras que trazan fronteras entre lo deseable y lo que no lo es. La final, por ejemplo, fue también una especie de recompensa al mundo hispanohablante: España y Argentina, en el MetLife, el mismo estadio donde semanas antes se había impedido hablar español.

El español Nico Williams es hijo de migrantes de Ghana que llegaron a pie por el desierto. Lamine Yamal es hijo de una madre de Guinea Ecuatorial y de un padre marroquí. Estoy segura de que a los padres de estas estrellas no se los veía con tanta admiración en las calles de las ciudades españolas que habitaron antes de la gloria de sus hijos.

En EE. UU. se hace hincapié en la forma en que las personas llegaron y en que rompieron una ley al ingresar al país. Ahí radica la justificación para criminalizar y perseguir a migrantes que huyen de los agentes migratorios. ¿Medirán a sus hijos con la misma vara si ganan copas? ¿Y si ya deportaron a sus glorias y nunca lo sabremos?

Recuerdo un artículo escrito en Colombia que explicaba cómo ese país había perdido una medalla de oro olímpica por la violencia. Se refería a la medallista ecuatoriana Neisi Dajomes, hija de refugiados colombianos en Ecuador. No existe un multiverso donde comprobar qué habría pasado, pero sí sabemos que estas historias de gloria tienen que ver con las circunstancias que sus padres encontraron en los países que los acogieron. Quién sabe cuál es el impacto real de la forma en que tratamos a la gente que únicamente migra buscando mejores días.

Al final, no existen migrantes buenos y migrantes malos. Existen sociedades que deciden cuándo la misma migración merece un aplauso y cuándo merece una frontera.

 

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