domingo, mayo 3, 2026
Ideas
Susana Cordero de Espinosa

Susana Cordero de Espinosa

Miembro de número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua.

Mujeres

Este artículo no quiere, no puede ser un ataque a la paternidad, pero entre nosotros es la mujer trabajadora la que ‘carga con todo’. ¡Dios!, toda la paz que tengo y que puedo tener es gracias a ellas, a las mujeres que han trabajado en casa para dar mejor vida a su vida.

Había querido dedicar este articulo al tema de la educación, crucial, indispensable en nuestro país como en cualquier otro, pero mucho más. Y al pensar en él, pensé en nuestras madres, en tantas mujeres con hijas e hijos y hasta con nietos por educar todavía y con sueños también, porque, aunque parecería no constar en nuestra capacidad de comprensión, las mujeres que trabajan, sobre todo aquellas que quedaron solas, tienen derecho a soñar y a esperar que sus sueños se cumplan, en el ritornello (‘pequeño retorno o devolución de cada vida’, pero más…)  que es su ilusión, que son sus vidas.

Entre ellas y otras miles, una gran mayoría de mujeres que trabajan carga con la responsabilidad de los hijos o nietos ante padres ausentes.

¡Dios!, toda la paz que tengo y que puedo tener es gracias a ellas, a las mujeres que han trabajado en casa para dar mejor vida a su vida, la de sus nietos que necesitan uniformes y zapatos y libros y cuadernos y lápices, y ese montón de útiles que piden los profesores como si no costaran todo el sobresueldo de septiembre o más allá.

Pero no solo la paz de hoy: la relativa paz de toda nuestra vida ha sido posible gracias a María,  a Rosaura,  a Teresa,  a Juana,  en estos largos años de cinco hijos, de multitud de sueños y esperanzas, de quehaceres y escrituras imposibles, todo relativamente aceptable gracias, en gran parte, a su profunda solidaridad, a su comprensión sobre cualquier reclamo que no suele faltarles, pero que aceptan para  cambiar lo necesario y, a veces, hasta lo que no lo fue.

Si no todo ha sido rosas, hasta las rosas fueron posibles gracias a una presencia femenina, la de la jardinera, que viene a veces con su marido o su muchachito ya de diecisiete años, que la ayudan; ella las sembró. Aprendió de plantas y jardines en un vivero en el cual trabajó desde muy jovencita, y me cuenta y me muestra cómo ‘a las plantitas hay que quererlas’, ‘hay que pensar en ellas, que acariciarlas y hablarles y regarlas mientras se pueda, por lo del agua, que también hay que pensar en eso’. Y deja dos grandes tinas llenas de agua para que, hasta que le toque volver dentro de quince días, las reguemos…

Con cariño admirable, adonde va las vigila, las multiplica, siente que las plantas son suyas. Ellas responden y las rosas sembradas  han florecido a pesar de este arduo verano. ¡Qué decir de las buganvillas de flores rojo intenso, moradas o rosadas; de los mandarinos que amarillean de frutos, de los limoneros plagados de limón y hasta del jacarandá cuyas ramas ya sólidas hubo que cortar,  porque la horrible plaga del muérdago devoró su poblado y precioso follaje iluminado de campanitas azul violáceo! Lo mismo tuvimos que hacer con el enorme molle que quedó en nada, abrumado del veneno sin peso que lentamente lo devora todo; pero el molle cortado ha ido creciendo y hoy se ve lleno de luz verde y de flores como en racimo, rojas… Y ¿qué contar de los arupos florecidos de manojos de flores rosadas o blancas, y hasta de ese cholán todavía pequeño que florece de luz, pero a la menor lluvia pierde sus florecitas amarillas en forma de mínimas campanas?…

 Todo es gracia, constataba Bernanos.

Este artículo no quiere, no puede ser un ataque a la paternidad, no lo es, y debo decirlo, pero entre nosotros es la mujer trabajadora la que ‘carga con todo’, en expresión conocida y repetida. Ninguna de las que hoy rememoro tuvo un hombre que de principio a fin la acompañara y protegiera.

Ellas estuvieron, están para lo que se ofrezca, y es justo contar aquí una historia que viví y reproduzco con dolor: María fue a un pueblo del sur a quitarle el niño al padre borracho que, en venganza, se había quedado con Carlitos, el mayor de sus tres pequeños hijos. El niño, ya en Quito, comenzó a ir, gracias a la ayuda de un antiguo profesor, a un conocido colegio oficial de Quito, de los llamados ahora ‘unidad educativa fiscal’.

La relativa paz de toda nuestra vida ha sido posible gracias a María, a Rosaura, a Teresa, a Juana, en estos largos años de cinco hijos, de multitud de sueños y esperanzas, de quehaceres y escrituras imposibles, todo relativamente aceptable gracias, en gran parte, a su profunda solidaridad.

Un día aciago, su madre me llamó para contarme que Carlitos no había vuelto a casa, que lo buscó en todas partes, hasta de noche, cuando fue con una amiga a terrenos baldíos donde se congrega la gente sin hogar; se acercaban a fogatas incipientes, lo llamaban, hablaban, preguntaban… Al siguiente día de agonía, fue a la puerta del colegio y se encontró con una madre de familia del curso de Carlitos, a quien contó su angustia. Ella, a su vez, averiguó a su hijo, y el niño se atrevió a detallar: el lunes la profesora (¡era una mujer!) preguntó en alta voz ante la treintena de niños de la clase: “¡A ver, niños! ¿Quién es el chico que desde que entró al colegio y a esta clase no se ha cambiado nunca de zapatos?” y los chicos gritaron en coro, como si hubieran estado esperando tal inquisición: ¡¡¡El Carlos X, señorita, el Carlos X!!!…

Y Carlitos X desapareció…

Si en rigor, el tema de la educación sobre el que quería haber hablado debería ser un tema feliz, entre nosotros es, en general, y por decir lo menos, un asunto, dada su trascendencia, deprimente, desmoralizador. Otra madre comentaba que ‘ahora, con eso de que a los chicos ya no se les puede decir nada:  nada de que haz el deber, de que copies, de que leas, que no hay que acomplejarles, porque madres y padres van a la escuela a quejarse por una mínima cosa; y hasta porque se les mandan deberes o porque no se les mandan, ¡pobrecitos los guaguas que viven estudiando… para qué también será!

Las madres trabajadoras entienden mucho más que nosotros. Y el Carlitos X entendió también: apareció, se metió bajo la cama y no quiso salir ni decir nada. María le esperó, le preguntó, le acarició. Hoy es un gran muchacho con un lindo trabajo, distinguido por sus jefes, atento.

Porque estas historias pueden tener también, sin inventarlos, finales felices. Y así fue para esa amiga anónima, que es todas las madres posibles y  que, de alguna manera, me dictó este comentario sobre la vida de ellas y la de ellos.

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