jueves, mayo 21, 2026
Ideas
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Lula: el ídolo con pies de barro

Lula era diferente. Su diferencia no era cuantitativa sino cualitativa. El obrero convertido en presidente de Brasil jamás podía ni siquiera parecerse a ninguno de los que le habían antecedido en el gobierno. De alguna manera, a Lula le rodeaba cierto perenne halo de sinceridad y honradez que solo él podía poseer como si se tratase de un bien absolutamente natural a su vida y a palabra.

Hace años, copaba las páginas de la prensa nacional e internacional el dirigente de los obreros convertido en presidente del país más grande de América Latina. Entonces ofrecía el cambio radical: de la perversión a la verdad, de la suciedad política a la transparente gestión gubernamental, del poder convertido en tiranía al poder devenido servicio a todos. Lula, surgido de la clase obrera, sería el obrero de la política que se dedicaría a tiempo completo a sacar de la miseria a los millones de brasileños históricamente olvidados por los poderes políticos pero eternamente explotados por los poderes económicos.

Y así fue elegido y reelegido. Así gobernó sobre la base de una suerte de admiración casi trascendente porque se regó más allá de las inmensas fronteras geográficas de Brasil. Se convirtió en ícono político y social: el hombre que asciende con la fuerza de quien se sabe marginado y  se ha propuesto llegar a la cima de esa montaña exclusivante  del poder.

Una admiración por este hombre que hablaba palabras de verdad, de honorabilidad e incluso de sabiduría. Su sabiduría no procedía de las aulas ni de los posgrados ni del renombre de las grandes universidades. Su gran escuela y universidad fue la tenacidad en su lucha por los derechos de los obreros crónicamente engañados y maltratados, Y llegó la cima no solo con los votos de sus conciudadanos sino, en cierta medida, con los votos imaginarios de muchísimos electores de los países latinoamericanos igualmente cansados de la infamia de la política y de los políticos que, cada vez que llegan al poder, colocan al país en subasta para enriquecerse.

Desde las construcciones de la honradez a toda prueba, de la sinceridad monolíticamente indestructible, como el Corcovado, Lula se convirtió en ejemplo de político que solo piensa en su país. Como acontecía en la antigüedad, luego de su segundo periodo como presidente, Lula devino profeta con la sabiduría de los oráculos en sus labios. Ya estaba habilitado para predicar la honradez y para sembrarla en los surcos de la política de nuestras Américas.

Lula era diferente. Su diferencia no era cuantitativa sino cualitativa. El obrero convertido en  presidente de Brasil jamás podía ni siquiera parecerse a ninguno de los que le habían antecedido en el gobierno. De alguna manera, a Lula le rodeaba cierto perenne halo de sinceridad y honradez que solo él podía poseer como si se tratase de un bien  absolutamente natural a su vida y a palabra.  La palabra de Lula se pesaba en oro de sinceridad y de verdad. Esa palabra que zanjaba el abismo que la separaba de la antigua palabra de los políticos que crean toda clase de engaños para apropiarse del poder. Hasta los más villanos han ofrecido la redención. 

Es bueno dudar de los políticos que no se cansan de proclamar a los cuatro vientos  que ellos y solo ellos visten los hábitos de la honradez y de la honorabilidad a toda prueba. Hay que dudar de los políticos que no cesan de hablar de la honradez como si se tratase del aire que respiran, de los alimentos que consumen, de la sangre que recorre sus venas. Es indispensable dudar de todos aquellos políticos que se autoproclaman  redentores y que aseguran que sacarán al país del abismo del engaño y de la corrupción al que lo condujeron todos sus antecesores.  Porque la historia de la humanidad dice que no hay redentores sino impostores como todos aquellos que se apoderaron del poder de por vida.   

Dime con quién andas y te diré quién eres. ¡Tanto esfuerzo que hace la presidenta Rousseff para que su tutor y  compañero de luchas no vaya a la cárcel!  Con qué facilidad da cuenta de una suerte de complicidad culposa de la que ahora se halla supuestamente protegida. Esa llamada telefónica  hizo públicos los descarríos del poder. Nombrar a Lula ministro de la Presidencia sabe a treta del bajo mundo de la política que no protege a nadie y menos a un país que, como cualquier otro, merece otra clase de gobernantes.

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