Si me preguntan si soy creyente o no, intento saber a qué tipo de creencia se puede referir quien me pregunta, aunque, en buena ley, sí, creo en muchas cosas, sin creer en las cuales vivir me sería difícil o quizá, imposible.
Hay, por supuesto, circunstancias, opiniones, certezas de las que gozan muchos, a las que no necesariamente me adhiero; induzco de lo dicho que soy más bien escéptica, aunque sepa y bendiga las infinitas razones en que nos apoyamos para conocer y aceptar, o para negarlos, supuestos, rutinarios o no, raros u ordinarios, sin dejar de admitir que en sociedad es mucho más ‘lucrativo’ y nos arreglamos mejor cuando lucimos muchas certezas, en lugar de discutir contra ellas.
No preguntarse demasiado e, incluso, dudar de vez en cuando sería la consigna, pues las convicciones comunes y sencillas, y casi sin preguntas, nos permiten sentirnos acogidos sin ofender a los dubitativos ni disputar a favor de nuestras opiniones y en contra de las de otros.
Así, aunque no compartamos muchas certezas ajenas, las nuestras quedarán en nosotros y no nos dividirán; ceder no será ceder sino compartir, ante la evidencia imprescindible de que, sin comunicar, la vida sería inhumana, imposible.
Creer no es solamente creer en Dios, que también lo es, y respetabilísima creencia. A esta altura de la vida percibo que vivimos porque creemos y, porque creemos, soportamos partidas, penas, desgracias, adversidades e infortunios así como alegrías, risas, la gracia de infancias cercanas y queridas y sus contradicciones, todo lo que no falta en el día a día, debido a la abundancia de certezas que nos colman, inexplicables aunque vivas, claras para cada uno de nosotros, y a la también copiosa incertidumbre, ese lado innegable de cada seguridad nuestra, moviente como el mar.
Certezas sencillas, como la de haber caminado sin parar cuatro kilómetros en el Chaquiñán, y luego, ya en casa, la de haber podido trabajar sin dolor en el cuerpo ni en el alma, convencida de que nada me amenaza, a pesar de… ¡Ay, este ‘a pesar de’, que siempre está…, y que, aunque procuramos que no obstaculice nuestro hacer, se nos impone al regresar, al empezar, al tratar de pensar y de expresar!… Empezar a tratar. Este es el juego.
¿Hemos de sentirnos culpables de confiar, por ejemplo, en algo tan cambiante, perentorio e imprevisible como nuestra salud ¡ay, tan humanamente amenazada como la de todos? ¿Por esperar el mañana con alegría, como si tuviera que seguir sin turbulencias? ¿Por confiar en que, de tarde tendremos tiempo para ver el jardín, hacia las seis, desde la ventana de la cocina donde tomamos un exiguo café con tostaditas, bajo el cambiante cielo crepuscular, inenarrable, que ilumina los coloridos hibiscos, el magnolio, el jacarandá tardío en florecer por el cambio climático, el inmenso molle, el oloroso jazmín pegado al muro y el lejano olor de las seis de las campánulas ‘flor de primavera’, de color entre beige y café, suaves y luminosas?
Y, cuando la dicha de la lluvia llega, oír su salpicar en la tierra y en la pequeña fuente, entre las hojas de la palmera, y asistir al misterioso y escondido croar de algunas ranas que nunca acaban de mostrarse, pero están ahí y aquí, así, como la vida…
Yo leí en el camino del reservorio, ¡ay tan avaramente recortado contra los caminantes hoy, pues antes podíamos gozar en plenitud la caminata cerca del agua y ver a los patitos migratorios que parecían llegar desde muy lejos, y a los que se llaman patos andinos porque viven todo el año en nuestra zona andina, tan rica de riqueza imposible de pagar; imposible de valorar y hasta de ser gozada a cabalidad!; yo leí, les decía, que los patitos en el agua del reservorio se alimentan, descansan, esperan la mejora del clima hasta emprender el largo viaje de regreso hacia el norte y llegar bien arriba, ‘a casa’ para reproducirse.
¡De todo esto gozábamos en plenitud! Ahora lo hacemos desde más lejos, desde ese parque a trechos, que crece a lo largo de la larga vía a la que me he referido ya, donde luce el injusto, irreverente y recortado nombre de Calle José Vargas, cuando debió llamarse Avenida del Padre José María Vargas. Y vuelvo al reservorio: he leído en los carteles ilustrativos que aún quedan en el camino del agua, que hay ranitas que no necesitan de ella para nacer. Que la rana-madre pone sus huevos en un hueco en la tierra húmeda, y estos se abren despacito y van creciendo los uilli uillis en su húmedo rincón, la leve humedad de barro en que la rana madre desovó, y alimentándose de bichitos ínfimos, sin necesitar de agua. Así, poquito a poco, como lo dicta la madre naturaleza, crecen hasta volverse ranas de tomo y lomo.
Como ayer esperé este hoy que me impulsa y me permite escribir, lo hago a tenor de otro artículo, pesado de tanta certeza abrumadora, que me fuerza a volver a sonreír… Porque leí en El País un texto de alguien, tan convencido del valor de su opinión, tan seguro de sí mismo y de su carencia de creencias en algo que lo supere, tan fijo en sus sueños, mientras nuestro mundo —lo poco o lo mucho que sabemos de él— nos supera… Pienso, siento y lo formulo sin envidia: ¡qué suerte la suya!, la de este escritor que enuncia su certeza absoluta sobre la nada futura. No, no es como cada uno de los que dudamos y sentimos la humilde incertidumbre de vivir aún; él admite la nada, y la enuncia como un absoluto no saber ‘para qué’.
Y aquí estamos, estoy, contenta a mis ya muchos años, y confiada en que ninguna clase de parca me llame todavía, sabiendo, como sé, que, llegar, llegará… y que aún puedo agradecer la dicha enorme de hablar en plural
