domingo, mayo 3, 2026
Ideas
Susana Cordero de Espinosa

Susana Cordero de Espinosa

Miembro de número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua.

Las maravillosas nubes

¿Cuál es el secreto de la variedad de nuestras nubes en formas, en colores, unión y dispersión? Ellas son siempre bellas, expresivas; siempre, aun en días nublados, están llenas de luz.

“-¿Qué es, pues, lo que tú amas, extraordinario extranjero? -¡Amo las nubes, las nubes que pasan allá, allá. Las maravillosas nubes!”

Este corto poema de Baudelaire (París 1821-1867) pertenece a sus Petits poemes en prose, Poemitas en prosa.  Él escribe para “el hombre que nace, sufre y muere”…  A cada uno le corresponde ‘atenerse a su transitoriedad’, como deseaba Henri Michaux, otro gran poeta francés a quien, en rigor, debo el tema central de este artículo. Baudelaire, parisién decadentista fundó la poesía de la modernidad e inauguró la verdad descarnada como expresión poética; auténtico reaccionario, se detuvo en lo negativo y depravado de su contemporaneidad: su vida y su poesía oscilaron entre lo excelso y lo diabólico.

En un auténtico escritor, todo pugna por decirse: le es imposible no comunicar los instantes de belleza vividos; ansía compartir su emoción con quienes ama, conoce o añora y, por supuesto, con quienes no conoce ni lo conocen. El misterio por descifrar provee al escritor de la esperanza de posibilidades de comunicación aún inexistentes, ricas y  promisorias, aunque irreales.

La palabra francesa étranger  (extranjero) tiene una versión más evidente para nuestra sensibilidad, la de extraño; que quede aquí ‘extranjero’, para ser fieles a lo que escribió Baudelaire en su poema y Camus lo usó, quizá tomándolo del poeta, para caracterizar al héroe o mejor, al antihéroe de El extranjero, el gran indiferente condenado a muerte.

Sinónimos de extraño son forastero y afuerino —desconocido entre nosotros—. Forastero refiere a una persona nacida en un lugar que no es la ciudad en la que vive el escritor; sus sinónimos raro o insólito no suelen emplearse para calificar a un individuo, sino para nombrar acontecimientos que parecen inexplicables: ¿Quieres que te crea esa versión rara de que viniste caminando solo desde el Cañar a Quito?

El bellísimo y corto poema que inicia este artículo  se refiere a las nubes parisienses que  en primavera se ven luminosas y ardientes; pero otras nubes, lejanas y para muchos inasequibles, entusiasmaron a Henri Michaux, cuando vino de París a Quito  invitado por su amigo ecuatoriano, el gran poeta enfermo de hemofilia Arturo Gangotena, cuya bella, triste y desconcertante poesía fue, en gran parte, escrita en francés desde París; Gangotena, de familia pudiente, invitó a venir a nuestra patria a su amigo Michaux; asumimos que este, tras una larga travesía en barco,  fue recibido en Ecuador con los mejores dones, que la familia Gangotena se empeñó en entregarle: invitaciones entre grandes familias a casas de hacienda provistas de obras de arte, de libros en distintos idiomas, de adornos traídos de lejos; de bellísimos muebles europeos, manteles, vajillas, cubiertos. Su estatus les permitía vivir ‘a cuerpo de rey’. Pero para el poeta resaltaron más los sirvientes indígenas de ojos siempre bajos,  ropas ajadas y pies desnudos, antítesis perfecta de la prosperidad.

Entonces, a manera de advertencia para sí mismo y para quienes le oyeran, y sorprendido por nuestras “maravillosas nubes” siempre variables, distintas,  insondables en su variedad tras la montaña, sobre ella o a su lado, y a veces como debajo de ella, protegiéndola, escribió atónito, entre otros, este verso extraño:  Quién no ame las nubes no vaya al Ecuador.

No fueron, sin duda, nuestras nubes lo único digno de su dedicación, pero el consejo de verlas y de amarlas, como si solo ellas valieran la energía de su voz, fue a manera de crítica amarga y sabia de la llamativa desigualdad que aún nos separa. El poeta y pintor no pudo perder de vista ni evitarse a sí mismo la dura experiencia de la esclavitud, del contraste entre la riqueza y la miseria, el ocio placentero y el trabajo;  la de la sumisión inhumana del indígena, que precedió su experiencia ecuatoriana y su regreso a París, aunque, al observar nuestras nubes  magníficas en su variedad,  supo que su belleza pertenecía a todos.

¿Cuál es el secreto de la variedad de nuestras nubes en formas, en colores, unión y dispersión? Ellas son siempre bellas, expresivas; siempre, aun en días nublados, están llenas de luz. Desde gigantescos cúmulos, ’nubes como de algodón, blancas y separadas, signo de buen tiempo’,  a pequeños grupos ‘redondeados’ que parecen copos de algodón;  nubes sin sombra en altas capas de cielo, hasta bancos o capas de nubes redondeadas, onduladas o gigantes que predicen o traen tormentas eléctricas y granizo o, a manera de capas bajas, grises, como  niebla que sin llegar al suelo, puede ocultárnoslas.

No queremos saber que su aspecto de algodón nos impide captarlas como lo que son:  “agrupaciones de gotas de agua suspendidas en la atmósfera, que se vuelven visibles al alcanzar ciertas concentraciones”… y que no hay un único nombre para todas las reuniones de nubes; ¿son “masas, copos, ondas o estructuras de tormenta”?

De innumerables formas y tamaños,  despiertan nuestra creatividad y, a la vez,  ayudan a quien sabe mirarlas,  a predecir el clima. Así,  ellas, gráciles, cambiantes, imprevisibles, facilitan o dificultan nuestra vida en la Tierra.

Cuando se dan las circunstancias adecuadas y el grosor de las gotas aumenta, se provoca la lluvia, más o menos precipitada, siempre misteriosa, incómoda para los caminantes, pero preciosa para todos.

Michaux escribió un libro llamado Ecuador, del que tuve noticia. Haré cuanto pueda para conseguirlo y leerlo.  Sé que no es una obra favorable a nuestra patria, no importa; hoy su reconocimiento de nuestras nubes, su consejo que, aunque negativo, dice tanto de ellas, me basta para soñar.

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