“-¿Qué es, pues, lo que tú amas, extraordinario extranjero? -¡Amo las nubes, las nubes que pasan allá, allá. Las maravillosas nubes!”
Este corto poema de Baudelaire (París 1821-1867) pertenece a sus Petits poemes en prose, Poemitas en prosa. Él escribe para “el hombre que nace, sufre y muere”… A cada uno le corresponde ‘atenerse a su transitoriedad’, como deseaba Henri Michaux, otro gran poeta francés a quien, en rigor, debo el tema central de este artículo. Baudelaire, parisién decadentista fundó la poesía de la modernidad e inauguró la verdad descarnada como expresión poética; auténtico reaccionario, se detuvo en lo negativo y depravado de su contemporaneidad: su vida y su poesía oscilaron entre lo excelso y lo diabólico.
En un auténtico escritor, todo pugna por decirse: le es imposible no comunicar los instantes de belleza vividos; ansía compartir su emoción con quienes ama, conoce o añora y, por supuesto, con quienes no conoce ni lo conocen. El misterio por descifrar provee al escritor de la esperanza de posibilidades de comunicación aún inexistentes, ricas y promisorias, aunque irreales.
La palabra francesa étranger (extranjero) tiene una versión más evidente para nuestra sensibilidad, la de extraño; que quede aquí ‘extranjero’, para ser fieles a lo que escribió Baudelaire en su poema y Camus lo usó, quizá tomándolo del poeta, para caracterizar al héroe o mejor, al antihéroe de El extranjero, el gran indiferente condenado a muerte.
Sinónimos de extraño son forastero y afuerino —desconocido entre nosotros—. Forastero refiere a una persona nacida en un lugar que no es la ciudad en la que vive el escritor; sus sinónimos raro o insólito no suelen emplearse para calificar a un individuo, sino para nombrar acontecimientos que parecen inexplicables: ¿Quieres que te crea esa versión rara de que viniste caminando solo desde el Cañar a Quito?
El bellísimo y corto poema que inicia este artículo se refiere a las nubes parisienses que en primavera se ven luminosas y ardientes; pero otras nubes, lejanas y para muchos inasequibles, entusiasmaron a Henri Michaux, cuando vino de París a Quito invitado por su amigo ecuatoriano, el gran poeta enfermo de hemofilia Arturo Gangotena, cuya bella, triste y desconcertante poesía fue, en gran parte, escrita en francés desde París; Gangotena, de familia pudiente, invitó a venir a nuestra patria a su amigo Michaux; asumimos que este, tras una larga travesía en barco, fue recibido en Ecuador con los mejores dones, que la familia Gangotena se empeñó en entregarle: invitaciones entre grandes familias a casas de hacienda provistas de obras de arte, de libros en distintos idiomas, de adornos traídos de lejos; de bellísimos muebles europeos, manteles, vajillas, cubiertos. Su estatus les permitía vivir ‘a cuerpo de rey’. Pero para el poeta resaltaron más los sirvientes indígenas de ojos siempre bajos, ropas ajadas y pies desnudos, antítesis perfecta de la prosperidad.
Entonces, a manera de advertencia para sí mismo y para quienes le oyeran, y sorprendido por nuestras “maravillosas nubes” siempre variables, distintas, insondables en su variedad tras la montaña, sobre ella o a su lado, y a veces como debajo de ella, protegiéndola, escribió atónito, entre otros, este verso extraño: Quién no ame las nubes no vaya al Ecuador.
No fueron, sin duda, nuestras nubes lo único digno de su dedicación, pero el consejo de verlas y de amarlas, como si solo ellas valieran la energía de su voz, fue a manera de crítica amarga y sabia de la llamativa desigualdad que aún nos separa. El poeta y pintor no pudo perder de vista ni evitarse a sí mismo la dura experiencia de la esclavitud, del contraste entre la riqueza y la miseria, el ocio placentero y el trabajo; la de la sumisión inhumana del indígena, que precedió su experiencia ecuatoriana y su regreso a París, aunque, al observar nuestras nubes magníficas en su variedad, supo que su belleza pertenecía a todos.
¿Cuál es el secreto de la variedad de nuestras nubes en formas, en colores, unión y dispersión? Ellas son siempre bellas, expresivas; siempre, aun en días nublados, están llenas de luz. Desde gigantescos cúmulos, ’nubes como de algodón, blancas y separadas, signo de buen tiempo’, a pequeños grupos ‘redondeados’ que parecen copos de algodón; nubes sin sombra en altas capas de cielo, hasta bancos o capas de nubes redondeadas, onduladas o gigantes que predicen o traen tormentas eléctricas y granizo o, a manera de capas bajas, grises, como niebla que sin llegar al suelo, puede ocultárnoslas.
No queremos saber que su aspecto de algodón nos impide captarlas como lo que son: “agrupaciones de gotas de agua suspendidas en la atmósfera, que se vuelven visibles al alcanzar ciertas concentraciones”… y que no hay un único nombre para todas las reuniones de nubes; ¿son “masas, copos, ondas o estructuras de tormenta”?
De innumerables formas y tamaños, despiertan nuestra creatividad y, a la vez, ayudan a quien sabe mirarlas, a predecir el clima. Así, ellas, gráciles, cambiantes, imprevisibles, facilitan o dificultan nuestra vida en la Tierra.
Cuando se dan las circunstancias adecuadas y el grosor de las gotas aumenta, se provoca la lluvia, más o menos precipitada, siempre misteriosa, incómoda para los caminantes, pero preciosa para todos.
Michaux escribió un libro llamado Ecuador, del que tuve noticia. Haré cuanto pueda para conseguirlo y leerlo. Sé que no es una obra favorable a nuestra patria, no importa; hoy su reconocimiento de nuestras nubes, su consejo que, aunque negativo, dice tanto de ellas, me basta para soñar.
