En 1978, Octavio Paz publicó un artículo que luego sirvió de referencia para un libro más extenso, emblemático en América Latina: El ogro filantrópico. Centrándose en el caso mexicano, Paz analiza el surgimiento y la posterior evolución del Estado nacido de la Revolución Mexicana, que luego de varias décadas de sofisticación terminó convertido en un amo terrible y desalmado (aunque a veces actuara como un paternal compensador de las carencias sociales). Una máquina omnipresente y omnipotente que siempre quita más de lo que devuelve.
El ogro filantrópico es una brillante metáfora sobre la subordinación y la anulación de la sociedad civil. Y no solo en México o en América Latina. Como lo señala Paz, en los regímenes estalinistas de Europa del Este el proceso fue aún más feroz, porque prácticamente terminó desapareciendo por completo a la sociedad civil.
El debate sobre la relación entre Estado y sociedad civil es recurrente, y cobra fuerza cada vez que un régimen autoritario muestra los colmillos. O, más precisamente, cada vez que un gobierno se siente amenazado por la amplitud democrática. Todo lo que suena a autonomía de la sociedad civil empieza a ser visto con recelo, cuando no con abierto temor. Desde el poder de las élites, gobernar es considerado un acto de control y subordinación.
La reivindicación del llamado tercer sector ha sido una de las apuestas más audaces e interesantes de la historia moderna. Desde que el liberalismo instauró una relación conflictiva –y al mismo tiempo concertada– entre el Estado y el sector privado, la necesidad de posicionar a ese amplio actor que permanece al margen de esta disputa ha sido una preocupación constante de los proyectos alternativos. No necesariamente de la izquierda. La noción de autonomía frente a los poderes económico y estatal define una ruta donde conceptos como diversidad, derechos y democracia cumplen un rol irremplazable.
La sociedad civil, entonces, actúa como el interpelante más coherente del Estado y de sus lógicas de dominación. Cualquier gobierno autoritario que busque imponer una agenda política la ve como una amenaza, como un monstruo temible e indomable. Un monstruo frente al cual toca ejercer alguna forma de sometimiento.
De esa visión, precisamente, surgen iniciativas como el control de las organizaciones no gubernamentales (ONG) y las organizaciones de la sociedad civil (OSC), una estrategia que ya quiso aplicar el gobierno de Correa y que hoy pone al día el gobierno de Noboa. Porque se trata de espacios que no necesariamente comulgan con la autoridad de turno. En la práctica, no constituyen ninguna amenaza en contra del Estado, como suelen argumentar los mandatarios; tan solo promueven dinámicas autónomas que coinciden con las propuestas y expectativas de la sociedad. Por eso les temen.
Julio 30, 2025
