He permanecido en silencio estas semanas. No por distancia, sino por duelo. Mi madre murió y con ella algo en mí también calló. Su partida repentina me dejó interrogantes esenciales de la vida, como las del niño que, tras dormir, despierta y no encuentra a sus padres, pero confía en que pronto volverán. Esa certeza —de que todo lo que nace también regresa a la tierra— pertenece a una ley inmutable de la naturaleza que, aunque duele, enseña.
Ella fue mi primera maestra de derecho natural. Por ejemplo, le era inaceptable verme apuntar con una piedra a un pajarito. Me enseñó que antes de salir a jugar debía cumplir con mis deberes, que hay que prever los tiempos de escasez y entender que la justicia empieza en casa. Y, sobre todo, me enseñó que el amor —ese que ella poco aprendió de niña, por el abandono y el maltrato— se cuida.
Tenía la lógica de la tierra. Aunque muchas veces me resultó incomprensible, con los años entendí que corregía sin odio, equilibraba sin rencor y renovaba sin pausa. Era dura cuando debía serlo, pero su dureza nacía del deber, no del enojo. Igual que la naturaleza, que devuelve a cada quien el fruto de sus actos.
Mis padres —él partió hace poco más de un año— me criaron como las águilas crían a sus hijos: no para protegerlos del viento sino para enseñarles a volar con él. En casa el mérito era la medida de todo; fuera de ella he visto, en estos 53 años de existencia, que el país —en todas sus clases sociales— aprendió a confundir obligaciones con derechos. Y en esa confusión se gesta nuestra injusticia: la ruptura del principio natural de causa y consecuencia.
Por eso, mi tristeza es mayor al ver cómo la justicia ha perdido esa lógica de la tierra: ya no busca corregir, sino aniquilar; no sana el tejido social, lo contamina; basta ver cómo el Consejo de la Judicatura fue seleccionado no por méritos sino por compadrazgos, atropellando toda lógica y luego, éste nombra en similar infamia al Fiscal General, a través de un procedimiento suigeneris, escogido sin valoración de méritos; una garantía, según sus antecedentes, para obedecer o enceguecerse conforme ordenen desde Carondelet.
Olvida la clase política —incluida la que gobernaba con fiscales a la carta y colocó a dedo a la mayoría de los actuales jueces y ahora irónicamente se dice perseguida— que la Justicia es una suerte de ecosistema moral que cuando se lo contamina, todo se desordena; cuando se la respeta, el sistema florece. Hoy ese ecosistema está profundamente enfermo.
Ruydard Kipling en El libro de las Tierras Vírgenes escribió que en la selva el castigo salda las cuentas y no se vuelve a hablar del asunto. En la naturaleza, la sanción no busca venganza, sino equilibrio. En cambio, en nuestra realidad, la justicia se la mira como herramienta de castigo indispensable para la venganza, y no como una función democrática destinada a restaurar el orden y la paz social.
Esa confusión moral tiene un costo político: los gobiernos de hoy suelen convertir la justicia en un arma, y mañana, cuando pierden el poder, claman persecución. Ojalá me equivoque, pero si el actual gobierno termina procesado por sus actos, no podrá invocar inocencia en un sistema que él mismo ayudó a deformar con una judicatura amañada y un fiscal de bolsillo.
Baruch Spinoza —el mismo que muestra el Dios en el que creía Einstein— enseñó que la naturaleza es Dios expresándose en leyes. Si comprendemos esa verdad entenderemos que la justicia debe ser tratada como tratamos, o deberíamos tratar, a la naturaleza: con respeto a sus ciclos vitales, con cuidado, con sentido de lo sagrado, del mismo modo que se honra a una madre.
El país necesita reencontrarse en todo sentido, y de manera especial en la percepción de la justicia, viendo que ella tiene la misma ética natural y materna que enseña a corregir sin venganza y a gobernar sin infundir miedo. Que las leyes son la vara aplicable con igualdad a todos y que en caso de desequilibrio, habrá sabiduría y aplicación objetiva de las mismas. En la Justicia está el verdadero equilibrio de la democracia.
Te amo mamá.
