miércoles, mayo 13, 2026

El toque de queda como espectáculo

Pensar que un toque de queda paraliza la logística criminal, equivale a asumir que las mafias funcionan como delincuencia común espontánea. Y la realidad ecuatoriana demuestra exactamente lo contrario: el narcotráfico ha penetrado puertos, cárceles, municipios, bases de datos públicas, sistemas judiciales y cadenas económicas completas.

Hugo Marcelo Espín Tobar

Por: Hugo Marcelo Espín Tobar

En Ecuador, el estado de excepción dejó de ser una medida extraordinaria para convertirse en una práctica recurrente de gobierno. Dentro de ese esquema, el toque de queda pasó de ser un recurso excepcional a una respuesta casi automática frente a la inseguridad. Desde que Daniel Noboa llegó al poder en noviembre de 2023, su administración ha decretado siete toques de queda y ha mantenido amplias zonas del país bajo estados de excepción durante centenares de días, bajo el argumento de combatir el crimen organizado. Sin embargo, la reiteración de estas medidas ha abierto un profundo debate sobre su eficacia real, su impacto económico y la normalización de restricciones permanentes a derechos fundamentales.

La insistencia gubernamental contrasta con una realidad cada vez más evidente: la medida no ha logrado alterar de forma sustancial la estructura criminal que opera en el país. Más aún, ha terminado exhibiendo profundas contradicciones entre el discurso oficial y la capacidad real del Estado para ejercer control territorial.

Toque de queda
Pablo Dávila, comandante general de la Policía Nacional

Las recientes declaraciones del comandante general de la Policía Nacional, Pablo Dávila, revelan precisamente esa narrativa oficial que intenta presentar al toque de queda como una herramienta eficaz. Según Dávila, la restricción “fortalece las capacidades” de la fuerza pública y habría contribuido a reducir homicidios durante determinados horarios nocturnos. Pero incluso las propias cifras oficiales desmontan parcialmente ese relato: durante el anterior toque de queda, de más de 1.200 detenidos, apenas cinco fueron considerados objetivos relevantes de seguridad, los demás se agrupaban en torno de libadores y personas que incumplieron la medida por diferentes factores sin que se constituyan en una amenaza para la seguridad ciudadana. El dato resulta revelador, pues en otras palabras, el Estado terminó concentrando recursos en perseguir personas que circulaban de noche mientras las redes del narcotráfico, la extorsión y el sicariato continuaban operando con notable capacidad de adaptación.

Allí aparece una de las grandes debilidades conceptuales de esta política pública: la premisa de que restringir la circulación ciudadana equivale a desarticular la logística criminal. La afirmación parece demasiado básica frente a la complejidad del crimen organizado contemporáneo. Las organizaciones criminales no dependen exclusivamente de una movilidad improvisada ni de dinámicas visibles en las calles durante la madrugada. Operan mediante redes financieras, corrupción institucional, inteligencia previa, control territorial y estructuras clandestinas mucho más sofisticadas que un simple desplazamiento nocturno. Y a ello debe sumarse el alegre comentario del mismo General Dávila, que sostuvo que la Policía habría sido infiltrada por estructuras criminales que no han podido ser depuradas en casi una década, dejando en claro que el sistema de contrainteligencia policial y la estructura de asuntos internos han resultado ineficaces para hacer frente a esta amenaza gravísima a la seguridad interna y confianza ciudadana, pues el cuestionamiento se lo realiza en contra de la institución garante de la seguridad ciudadana en el país.

Las organizaciones criminales no dependen exclusivamente de una movilidad improvisada ni de dinámicas visibles en las calles durante la madrugada. Operan mediante redes financieras, corrupción institucional, inteligencia previa, control territorial…

Pensar que un toque de queda paraliza la logística criminal equivale a asumir que las mafias funcionan como delincuencia común espontánea. Y la realidad ecuatoriana demuestra exactamente lo contrario: el narcotráfico ha penetrado puertos, cárceles, municipios, sistemas judiciales y cadenas económicas completas. Reducir semejante fenómeno a una restricción horaria termina convirtiendo la política de seguridad en una simplificación propagandística. Además, la efectividad práctica del toque de queda seriamente cuestionada por otro elemento visible para la ciudadanía: la casi inexistente presencia militar y policial en numerosos sectores donde supuestamente debe aplicarse la medida. Habitantes de barrios conflictivos de Guayaquil y Quito han señalado que rara vez observan patrullajes constantes durante las restricciones nocturnas. La contradicción es evidente: se limita la libertad de circulación de millones de personas mientras el Estado carece de capacidad operativa suficiente para controlar efectivamente el territorio.

La medida termina entonces dependiendo más del miedo ciudadano que de la presencia real de la fuerza pública. El toque de queda funciona porque la población se repliega voluntariamente ante el temor, no porque exista un despliegue masivo y sostenido de control estatal. En muchos sectores, la percepción es que las calles quedan vacías no por autoridad, sino por abandono.

A ello se suma otro problema fundamental: la sobreexposición anticipada de las medidas. Cada nuevo toque de queda es anunciado con días de anticipación, ampliamente difundido en medios y convertido en un acto político comunicacional. Esto ofrece tiempo suficiente para que las estructuras criminales ajusten operaciones, modifiquen horarios y reorganicen actividades. La sorpresa táctica desaparece completamente.

Distintos análisis ya señalan que las bandas criminales han adaptado sus dinámicas precisamente a estos esquemas restrictivos. Según datos citados por especialistas en seguridad, gran parte de las muertes violentas comenzaron a desplazarse hacia horarios diurnos. El crimen simplemente mutó sus tiempos operativos mientras la ciudadanía formal asumió los costos económicos y sociales de la restricción.

Porque los impactos recaen principalmente sobre la economía legal y los trabajadores comunes. Comercios cerrados, transporte alterado, sobrecostos logísticos, pérdida de productividad y deterioro de actividades nocturnas son algunas de las consecuencias inmediatas. Sectores exportadores y productivos han advertido incluso que estas restricciones afectan cadenas de suministro y generan nuevos espacios para economías ilícitas.

Toque de queda
Locales comerciales adelantaron cierre por el toque de queda el domingo 3 de mayo. Foto: Ronald cedeño. Diario El Universo

El resultado es paradójico: mientras el Estado restringe la movilidad de la economía formal, las estructuras ilegales continúan demostrando capacidad de adaptación y supervivencia.

El problema de fondo es que ninguna restricción horaria reemplaza la ausencia de inteligencia financiera, depuración institucional, control portuario, fortalecimiento investigativo ni recuperación territorial sostenida.

Más grave aún es el efecto político de normalizar estados de excepción permanentes. Ecuador corre el riesgo de acostumbrarse a vivir bajo restricciones extraordinarias sin exigir resultados estructurales. El toque de queda termina funcionando como una demostración simbólica de autoridad más que como una política integral de seguridad. Se transmite la imagen de acción inmediata, aunque los indicadores de violencia sigan reflejando una crisis profunda, que no se arreglará con más tanques de guerra en el show de tiro a bocaminas o helicópteros artillados disparando contra enemigos imaginarios, pues no hay detenidos, no hay grupos de disidencias armadas que hayan hecho frente al despliegue militar masivo y grupos armados reducidos en las zonas de “conflicto”.

El problema de fondo es que ninguna restricción horaria reemplaza la ausencia de inteligencia financiera, depuración institucional, control portuario, fortalecimiento investigativo ni recuperación territorial sostenida. El crimen organizado no se derrota apagando ciudades durante algunas horas de la noche. Mucho menos cuando las propias calles vacías evidencian que el Estado tampoco logra ocupar plenamente esos espacios.

En Ecuador, el toque de queda empieza a parecer menos una estrategia de seguridad y más un mecanismo político de administración del miedo que ha sido observado en múltiples ocasiones por la propia Corte Constitucional. Una respuesta repetitiva que ofrece sensación momentánea de control mientras el problema estructural continúa intacto.

Hugo Marcelo Espín Tobar

Hugo Marcelo Espín Tobar

Abogado penalista, experto en seguridad

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