Tengo un conflicto con la maternidad, porque no sé cómo ejercerla sin culpa. Crecí con un modelo para el cual existe un día dedicado a ensalzarlo. Tan importante es la persona que cuida con entrega y sacrificio, que la sociedad ha asignado un día para celebrarla: el Día de las Madres.
Para mí son como un golpe en el estómago las frases cliché de los mensajes de festejo, que resultan loas al Síndrome de Wendy (haciendo alusión a Peter Pan) o al Síndrome del Supercuidador. Ambos términos son usados por psicólogos para describir dinámicas de sobrecuidado, al punto del agotamiento emocional y físico de la persona que da de manera desproporcionada, que recibe poco o nada a cambio, sin pensar en sus propias necesidades, y cuya identidad y valor están asociados a cuánto cuida y cuánto sostiene a su clan.
Los mensajes de sacrificio e incondicionalidad me destruyen, porque activan una herida ancestral en el femenino: amar al otro hasta consumirte a ti misma. Estas frases me hacen sentir aún más culpable de lo que me siento en el día a día.
Quizás podría contratar menos trabajo doméstico remunerado; quizás podría llevar a mis hijos a todos sus extracurriculares y actividades sociales siempre de manera personal; quizás podría tener más tiempo de calidad con ellos.
Al mismo tiempo, tengo ganas de ir al gimnasio por salud mental, para poder conservar una figura que me haga sentir bien, para conservar mi masa muscular y prevenir una osteoporosis. El ejercicio parece ser el antídoto frente a muchas crisis y, sobre todo, frente a la famosa perimenopausia, que cuelga como espada de Damocles sobre nuestro sistema hormonal, más latente que nunca cuando cumples 40.
También quiero seguir desarrollando una carrera profesional que, en mi caso particular, tiene que ver con el cuidado social más amplio y que me da un sentido de propósito mayor, de autoestima y valor propio. Me gusta saber que puedo generar un impacto positivo más allá de mi núcleo y usando otras capacidades adicionales de mi cerebro.
Además, quiero frecuentar a otras mujeres, amigas con las que crezco, acompaño y me acompañan en estos vaivenes de autodescubrimiento, tristeza y disfrute que es la vida. Frecuentar es un decir, porque si salgo con amigas una vez al mes, es mucho.
A veces hago cursos de cuestiones espirituales o esotéricas que me ayudan a procesar, con otro lenguaje, los desafíos propios y ajenos, para aprender a amarme y amar a los otros.
No tengo mayor actividad social ni cultural, porque cada espacio al que trato de darle un poco de tiempo, así sea mínimo, le resta a mi presencia con mis hijos. Y siento que no estoy haciendo bien nada de lo que hago. Trabajo poco, no como me gustaría. No ejercito lo suficiente. Veo poco a mis amigas. Casi no salgo con mi esposo a solas. No soy la mejor alumna del taller de tarot o astrología. Mis tareas se quedan inconclusas. Aún no acabo el curso que empecé en Anthropic Academy para aprender a optimizar mi vida con Claude AI.
Pero el peor remordimiento que me ataca en las noches es pensar que soy una mamá mediocre. Que no hago lo suficiente, que no estoy lo suficiente, que no cuido lo suficiente, que no soy chofer de ellos todo el tiempo, que no cumplo como debería. Y, en medio de esa culpa que carcome, llegan los mensajes que celebran el sacrificio y la entrega incondicional, pensados para esa manera de maternar depredadora de los sueños, aspiraciones, salud y vida de las mamás boomers, que se desvivieron por los otros.
Tiene que haber algo mejor que eso, mejor que inmolarte en el altar de la familia y sostener a otros. Tiene que haber algo mejor que tratar de buscar un equilibrio en todas las facetas y hacerlo todo mal. Tiene que haber algo mejor que sentir culpa por no maternar como “deberías”.
Trato de no repetir errores de generaciones pasadas. Seguro las millennials ejerceremos con nuestros propios errores, con sus subsecuentes traumas generacionales para los que nos siguen. Sin embargo, tratamos de hacerlo diferente.
Hoy no quiero que festejen mi sacrificio incondicional, porque trato de no sacrificar mi vida. Pero sí quiero que valoren que lo poco o mucho que hago, para mis adorados hijos y para mi esposo, es con mucho amor, desde el infinito amor que les tengo. Así mismo, lo poco o mucho que hago para mi trabajo, el poco tiempo que les doy a mis hobbies y a mis amigas, también es con mucho amor hacia mí misma y hacia el ser íntegro que soy. Porque he decidido que, antes de ser la supercuidadora de otros, esposo e hijos incluidos, quiero ser mi propia jardinera, cultivar mi existencia y navegar en medio de las culpas y satisfacciones que eso genera.
¡Que vivan las mamás millennials, que tratan de cuidarse a sí mismas primero, aunque casi nunca se logre!
