Aunque casi nunca aparezcan, quienes dan comienzo a las guerras, del orden que fuesen, casi siempre dan cuenta de serios trastornos psíquicos que los inducen a que busquen el camino de la masacre, del dolor y la desesperación. Hitler vengando al niño abusado sexualmente. De Putin no sé nada al respecto, pero ya aparecerá su historia personal. Porque no es normal que se acuda a una guerra para solucionar conflictos políticos o ideológicos.
Imposible no pensar en una suerte de goce perverso en quienes se complacen al ver cómo un país se disuelve, cómo huyen sus habitantes, cómo los extranjeros lo abandonan, como se desplazan familias enteras por carreteras desoladas o invadidas de riesgos, cómo los niños lloran desconsolados por el frío, el hambre, la desesperación. ¿Cómo explicar un niño lo inexplicable de la violencia humana?
¿Cómo se marcará en ellos esta experiencia de desolación, del aterrador estrépito de los cañonazos, de las bombas? ¿Cuáles serán los sentidos que den cuenta de ese huir, de la desolación, de las penurias y de los nuevos temores que les invaden? Ahora escuchan discursos de terror, de muerte, de peligros. Se acabaron para siempre los cuentos de hadas.
Estas constituyen parte de la vida de los tiranos, de quienes se creen poderosos, de quienes eligen la guerra para que su presencia y su poder sean indiscutiblemente temidos y, finalmente, aceptados. Si quieres la paz, prepara la guerra, decían los romanos. Pero la guerra no conduce sino a destrucción y la muerte.
La guerra constituye una de las más pérfidas invenciones del hombre. Desde el mito, los humanos lo aprendieron de los dioses que, no solo se pelearon entre sí y se destruyeron, sino que enseñaron a los humanos a no respetar las diferencias ni los derechos ni la vida ni la misma muerte. Los dioses, sin excepción, jamás negociaron, solo impusieron el peso de sus deseos incluso a sangre y fuego.
La guerra constituye una de las más pérfidas invenciones del hombre. Desde el mito, los humanos lo aprendieron de los dioses. Los dioses, sin excepción, jamás negociaron, solo impusieron el peso de sus deseos incluso a sangre y fuego.
Los amos se ubican en el espacio de la omnipotencia de los antiguos dioses. Basta escuchar sus discursos hechos desde la una omnipotencia sin límites. Putin es dueño de la vida, de los deseos, del futuro y de la muerte de los ciudadanos. Los tiranos nada saben de diálogo, de mediaciones que ayuden a superarlas diferencias y los conflictos.
Ese es Putin: un antiguo dios resucitado, un Zeus tonante que no acepta medias tintas. Que lo toma todo. Que, como se considera superior a todos los demás seres, se siente libre para imponer su voluntad y sus deseos. Permanece impertérrito ante los pedidos de cese al fuego que hacen los organismos e instituciones mundiales a las que, patéticamente, él pertenece.
Mientras las familias huyen o desaparecen, mientras se destruyen casas y edificios, escuelas e iglesias, Putin disfruta. Con un placer que no puede disimular, ve que sus tanques y sus bombas destruyen y matan. Finalmente, ese es su objetivo: y lo hace feliz. Seguramente. Rasga la lira.
Su poder económico personal y el ser presidente de una de las naciones más poderosas del mundo, lo convierten en dios. Y la historia nos dice que todos los dioses han sido, casi por definición, eminentemente crueles.
Putin y los suyos ven con profunda satisfacción el avance de sus tropas y cómo dejan a su paso destrucción y muerte. Y lo celebran porque en eso consiste el éxito de sus deseos ciertamente perversos.
Finalmente, los romanos tenían razón: si quieres la paz, prepárate para la guerra. La violencia es nuestra alma.
