lunes, junio 15, 2026
Ideas
Iván Flores Poveda

Iván Flores Poveda

Periodista. Hombre libre.

La democracia hackeada y los espías traficantes

«Después olvidarán nuestros nombres» es un texto que no suelta al lector. Se inicia con una crónica trepidante del secuestro y un aire sardónico atraviesa toda la obra, desde el título, pasando por las descripciones físicas y políticas de los ‘ratones’ de esta historia lóbrega.

Es un relato monumental de terror. Sin punto final. De trama abierta. Una historia sin héroes, como bien advierte su autor. Juan Carlos Calderón Vivanco acierta en acudir a la novela total de no ficción para interpelar la historia político-delincuencial del Ecuador de los últimos 14 años.

Después olvidarán nuestros nombres. La historia del agente Ratón y los espías salvajes es el séptimo título de un periodista que la mitad de su vida ha caminado por desiertos. Los desiertos que dejan a su paso coyoteros, femicidas, contratistas oscuros y grandes hermanos. Esta vez el pretexto es el secuestro del protocorreísta Fernando Balda, en la noche bogotana del 13 de agosto de 2012, hecho montado por el agente Raúl Chicaiza, ‘Ratón’ leal al correísmo. Tal pretexto amplifica un secuestro mayor: el rapto –con todas las acepciones del término– de casi todo el Estado para compensar las inseguridades personales y las vulnerabilidades políticas de un individuo.

El espionaje porno

La ‘inteligentzia’ correísta estuvo más enfocada en oficios porno: voyerismo político para que todos los compañeritos de ruta duden entre sí. ‘Espiaos los unos a los otros, porque así yo sigo siendo el rey’ pareció ser la parábola del pastor ‘rascabonito’ de Zumbahua. Quizá por eso, la avanzada de los narcos, la multiplicación de las redes de explotación sexual infantil o el arribo cada vez más frecuente de ‘prósperos empresarios’, como el israelí Shy Dahan, se volvieron una cruda cotidianidad.

La ‘inteligentzia’ correísta, muy a lo soviet, se llenó de siglas: SENAIN, UGSI, SPP, MCSIE, SIN… ¿Para prevenir la ‘narcocooptación’ de cuerdas delgadas en la justicia o la fuerza pública? No. Para perseguir a tuiteros. ¿Para prevenir las caravanas teatrales o inmobiliarias de la guerrilla en Sucumbíos, Pichincha y Esmeraldas? No. Para acosar a quien pensaba distinto al relato único de los biosocialistas republicanos del siglo XXI. ¿Para frenar la consolidación de carteles que medraron del país, vía emergencias o giros estratégicos del negocio? No. Para asfixiar a los periodistas que denunciaron la corrupción.

Lo triste es que en torno a esas siglas se esconden varias cofradías de traficantes de información que no han sido desmanteladas. Y lo que es peor: muchas de esas cofradías son tiros al aire por fuera de la correa del Estado, para comerciar datos, para comprar protección o para canjear impunidad. Y poner en perspectiva a todos estos gatopardos es uno de los varios méritos de la obra de Calderón Vivanco.

“Los tengo grabados a todos”

¿Cómo surge, por ejemplo, el propio Fernando Balda? En el libro, él mismo se retrata como la “quinceañera del barrio”, para describir su entronque con el primer anillo de poder del correísmo, allá por 2007. De allí las páginas dan cuenta de una carrera ‘política’ sazonada por expolicías comedidos que le van a dejar grabaciones extrajudiciales, alusiones a ‘juguetes’ para pinchar equipos informáticos y un secuestro.

Nadie discute que aquel secuestro, denunciado inicialmente por el periodista Pablo Jaramillo, uno de los puntales de la irrepetible Revista Vanguardia, fue un atentado contra la vida de Balda. Pero da la impresión de que la víctima no está plenamente consciente de ello y actúa como un ‘testaferro electoral’ de sí mismo. Desde el abrazo de Hugo Chávez en Carondelet, Balda probablemente sueñe con un retrato suyo en el Salón Amarillo. Hasta hace un par de días quería correr a la Presidencia por el movimiento del hermano del presidente Lenín Moreno —la historia brinda varios ejemplos de lo incómodos que son ciertos hermanos en la política—. Pero la sábana solo alcanza para pensar en un puesto en la Asamblea. Y la pregunta de rigor: ¿a qué iría Balda? Y luego: ¿el Poder Legislativo debiera estar integrado por personajes que, sin despeinarse, digan que tienen grabado a medio pueblo, como le responde Balda a Calderón en el texto? “Los tengo grabados a todos”, se lee en la página 377.

La pretensión electoral de Balda tiene un eco estrambótico en otro de los personajes de esta trama de “espías salvajes”. Según versiones de prensa, el nombre de Pablo Romero aparecía en la lista de candidatos a la Asamblea por parte del correísmo. ‘Quédate con quien te cuide como el correísmo cuida a Romero’ sería un buen trino para las redes. El exsecretario Nacional de Inteligencia fue condenado a nueve años de prisión por su participación en el secuestro de Balda. Romero fue padrino, hipnotista y confesor del agente Chicaiza en esta operación. Y su nombre, sin embargo, es apenas una de las varias puntas del iceberg del Estado policiaco correísta y de esta democracia hackeada.

Vallejo, Serrano y las sombras

¿Otra punta de este iceberg? Rommy Vallejo, un policía sin luces en su oficio, pero de muchas ambiciones. ¿Su mérito? Ser la sombra del SP desde que en 2005, cuando ministro de Economía de Alfredo Palacio, dicho PhD empezó a utilizar el Estado para su pulsión por los plebiscitos y las elecciones.

Desde la página 80 de la obra se puede encontrar la palabra clave que fue la gasolina de chicaizas, romeros, vallejos, chiribogas, serranos, polits, bacas y otros en esta mermelada de espionaje salvaje: el arribismo. Congraciarse con el SP, bajo el delirio moral de proteger la Patria altiva de malhechores e infiltrados, sin reparar en escrúpulos, normas o millones. De hecho, solo para perseguir al exlegislador Galo Lara la Senain gastó USD 7 millones, de acuerdo con reportes de la Contraloría.

Después olvidarán nuestros nombres… es un texto que no suelta al lector. Se inicia con una crónica trepidante del secuestro y un aire sardónico atraviesa toda la obra, desde el título, pasando por las descripciones físicas y políticas de los ‘ratones’ de esta historia lóbrega. Como Montalvo despachándose al bruto Veintimilla, Calderón Vivanco no desaprovecha los huesos de Balda, el abdomen de Chicaiza o la mirada de hielo seco de Vallejo.

Este magnetismo narrativo de inicio —hay que decirlo— cede su impacto a las páginas que acogen extractos de las varias tramas mafiosas de este retrato de país y de PAIS: el troll center, la pauta ‘rififí’ para asesinar simbólicamente a los opositores, los software para hackear cuentas… Para avanzar, se debe cambiar de marcha, porque el relato se vuelve cuesta arriba. Pero la compensación está en el poder del dato. Por ejemplo, en la danza obscena y bufa de millones de dólares desperdiciados porque la inseguridad de un solo sujeto se convirtió en el tesoro más grande de la revolución.

La ‘inteligentzia’ correísta le costó al país no menos de USD 300 millones. Pero la lupa que representa la nueva investigación de Calderón Vivanco lleva a pensar en costos y daños incluso mayores. En una sociedad que trafica información y reparte institucionalidad, ¿cuánto pudieran conocer los Bucaram de Glas y Rivera? ¿Qué pudiera decir Mangas de los Alvarado? ¿En qué nota cantarían los Alvarado sobre su producto político estelar, si se ofreciera el caso?

Bajo la perversa excusa de proteger una ‘revolución’, los costos políticos y democráticos han sido demasiado altos. De esto, algún día nos debiera hablar el Dr. José Serrano Salgado.

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