Un amigo me felicita por acertar en el resultado electoral en Estados Unidos. En efecto, pronostiqué que Trump ganaría en los colegios electorales con amplio margen y también con a una importante votación de las clases populares. No fueron necesarias fuentes particulares o una información preponderante para vaticinar ese resultado. Además del olfato político se debían mirar indicadores económicos por sectores y por regiones, no dar mucha atención a las encuestas (que ponían un balotaje equilibrado entre Trump y Harris) así como no olvidar la tendencia global, que demanda “soluciones radicales”, que no tengan un tufo socialista.
Estas “soluciones” se han vendido con éxito desde hace algún tiempo en diversas latitudes y han dado la presidencia a sus proponentes. El mismo Trump en el 2016, Bolsonaro en Brasil o recientemente Milei en Argentina, entre otros se han beneficiado de ese supuesto “discurso radical”. Desde la etimología radical es atacar la raíz del problema, pero las propuestas de los avivatos populistas están lejos de parecerse a esto. Esa agenda que se vende cómodamente como radical da soluciones que atacan a los inmigrantes, a la clase política y a la burocracia estatal, mientras arremete contra los socialistas y los zurdos, el cuco necesario que destruiría los cimientos de esa sociedad y que hace cuajar su fórmula (aunque en votos sean políticamente irrelevantes).
El discurso al estilo Trump pone eufóricas a las masas empobrecidas. Le aplauden fervorosos aquellos que entran abrumadoramente en el desempleo o en el paro, en sociedades posindustriales, los que se han convertido en homeless o miran ese como su futuro cercano, en un primer mundo donde los inmobiliarios (como Trump) coludidos con el poder financiero hacen de las suyas. Esos que ven cómo se deteriora cotidianamente su capacidad de consumo y su calidad de vida también ven, desde su imaginario, a los discursos populistas libertarios como una esperanza. No conciben vincular su situación a las contradicciones propias de un capitalismo que ahoga cada día más a la clase trabajadora.
Es ese segmento poblacional el que da la victoria a Trump: 65% de indígenas norteamericanos, los que tienen los más bajos índices de escolaridad y más altos de alcoholismo votaron por el magnate, junto a 54% de los hombres latinos que mueven la economía básicamente desde los servicios. La propuesta Trump consiguió también un 53% del voto de las mujeres blancas, contrariando a los que decían que ellas apoyarían a una mujer para la presidencia. El voto de los hombres blancos de mediana edad fue decisivo, muchos de ellos miembros de una clase que ha ido pauperizándose y que ven en la re industrialización una solución a los problemas, sobre todo de empleo. Esas promesas que no tienen asidero real desde los ciclos de la economía y la distribución del trabajo, calzan a la perfección en una población que no tiene una educación básica de calidad y que quiere creer en ellas.
Esta contienda significa también la derrota de las propuestas de Kamala Harris y del discurso culturalista Woke en el que se apoyó. Muchos creían que este discurso Woke (awake, despierto), que propugna actuar y estar alertas ante el racismo, la discriminación por orientación sexual o género captarían los votos que necesitaban los progresistas y demócratas para ganar.
Se pretendía que, desde ese abordaje ideológico, la sociedad norteamericana se alejaría del burdo populismo sexista del magnate candidato. Sin embargo, las perspectivas Woke importan sobre todo a colectivos y a ciertos movimientos sociales, a los que estudian en la universidad, empleados, y con capital social: quienes se dan “ese lujo” desde un locus más o menos favorecido, pero que hace aguas al estar desconectado de un cuestionamiento estructural a la contradicción capital/trabajo y por tanto suena hueco para la mayoría pobre. Otra vez, en última instancia, lo determinante es lo económico. En menor escala, influyó en la derrota de Harris el descarado apoyo dado por el gobierno Biden y por ella misma al genocidio palestino. De los más de 3.5 millones de musulmanes que votan en Estados Unidos, solo la apoyó un 29%.
Ganó Trump, y esta vez tiene el apoyo del congreso, del senado y de la corte de justicia, pero no se vislumbran medidas para mejorar los servicios sociales, la salud y educación. Lastimosamente la pasarán mal los inmigrantes ilegales y quienes piensen migrar tendrán más trabas. A nivel de política exterior no se espera que Trump deje de apoyar a Israel, pero ayudaría mucho para la geopolítica candente que su gobierno no tome una posición de apoyo absoluto al sionismo, tal como lo hicieron los demócratas.
