Arranca otra etapa electoral. Habrá candidaturas que busquen servir al país. Pero la mayoría no deja dudas: se trata de candidaturas que buscan servirse del país, otra vez, con partidos-taxi que adolecen de programa político y que actúan como lobistas de corporaciones, tanto formales como narcodelictivas.
Por más irracional que parezca, Ecuador está por reeditar el escenario político atomizado de 2021, con un Presidente débil y emburbujado, y con una Asamblea antropófaga y vaga. Los 17 binomios en escena retratan a un sistema político plagado de magos y hechiceros, que volverá a valerse de una sociedad adicta a los mitos, tal como escribieron Louis Pauwells y Jacques Bergier en su clásico de 1960: El retorno de los brujos.
Entre los viajeros que buscan retornar a los pasillos de Carondelet y la Asamblea, no se puede pasar por alto a José Serrano y Ricardo Patiño, dos de los exhombres fuertes de Rafael Correa, el primero como presidenciable de Centro Democrático y el segundo como aspirante a legislador por la Revolución Ciudadana.
¿Ruptura en el movimiento del expresidente? No parece. El correísmo es como una fábrica de cervezas que tiene la capacidad de colocar diversas etiquetas en el mercado, pero todas, en exceso, chuman por igual. Por eso, para las elecciones de 2025, en la papeleta estarán Luisa González, Serrano y Carlos Rabascall, amén de otras figuras más pequeñas pero funcionales para pulverizar al electorado.¿Qué mueve a figuras como Serrano o Patiño a volver a la política? ¿Inmunidad? ¿Ego? ¿Servicio? ¿Recuperación del control del país mediante la reedición de acciones de terror estatal?
Serrano, en su campaña, levantará la bandera del hombre fuerte que sabe cómo combatir el crimen. Una suerte de Jan Topic del Grupo de Puebla, una especie de Fouché del Foro de Sao Paulo… Nadie duda de sus fortalezas. En los años en que ocupó el Ministerio del Interior (2011-2016), por ejemplo, se destruyó la vida del transportista Francisco Sampedro, acusado de traficar armas nucleares solo por llevar un monigote con la forma del animal con el cual se identifican los legionarios de la Revolución Ciudadana. Ni hablar de los 10 de Luluncoto. Ni pensar en la persecución al exasambleísta Galo Lara, proceso que costó a los ecuatorianos USD 7 millones. Ni para qué recordar el asedio a los activistas de Íntag, con prisión incluida para antiguos amigos del exministro. Lejísima en el tiempo quedó la imagen de un José Serrano alegre, de buena conversación y defensor de víctimas de delitos ambientales o abusos laborales. El poder tiene efectos narcóticos.
José Serrano levantará en su campaña la bandera del hombre fuerte que sabe cómo combatir el crimen. Nadie duda de sus fortalezas. Cuando ministro del Interior, fue uno de los artífices de un estado de terror y de abuso del derecho penal. Entre sus fortalezas, asimismo, está el ser uno de los personajes mejor informados sobre el país. Sabe quién contamina con droga los contenedores de banano. Conoce de ciertos asesinatos antes que policías y fiscales. Está al tanto de cuándo realmente se fugan los capos.
José Serrano, asimismo, tiene entre sus fortalezas el ser uno de los personajes mejor informados sobre el país. Sabe quién contamina con droga los contenedores de banano. Conoce de ciertos asesinatos antes que policías y fiscales. Está al tanto de cuándo realmente se fugan los capos. Una capacidad similar solo se la prodiga quien tuviese un micrófono instalado en cada hogar o quien alimentase una amplísima red de topos en varias instituciones del Estado. No es el caso del exministro, pues desde Miami poco se puede oír.
Con estas fortalezas es imposible que el exministro Serrano no haya recibido ni una sola alerta de la matanza ocurrida entre enero de 2007 y mayo de 2017, cuando explotaron los índices de muertes violentas de intención no determinada. De hecho, en sus primeros años al frente de Interior se enorgullecía de que los asesinatos habían descendido y que la incautación de drogas aumentaba. Pero, a la par, también crecía aquel número de muertes sin esclarecer, tanto que hoy las familias de 7.379 ecuatorianos no saben las circunstancias exactas de sus muertes, y entre ellos hay 2.936 decesos de los cuales no se conoce ni las causas ni las circunstancias.
En la Venezuela de Maduro se sabe que más de 7.200 personas fueron ejecutadas extrajudicialmente por los politizados cuerpos de seguridad del régimen y por los colectivos afines al chavismo. Y Colombia no olvida que durante el gobierno de Álvaro Uribe alrededor de 6.400 personas fueron ejecutadas extraoficialmente por miembros del Ejército y paramilitares. ¿Quién en Ecuador se hace cargo por las 7.379 muertes ocurridas durante los años del gobierno de los corazones ardientes?
Exhorto gentil al ahora candidato Serrano: revise cada cifra de El antropófago, no la obra vanguardista de Pablo Palacio, sino la disruptiva investigación de Arduino Tomasi, precisamente sobre el disparo de las muertes violentas de intención no determinada, entre enero de 2007 y mayo de 2017. Leer el estudio del académico guayaquileño hiela la sangre tanto como leer este párrafo del escritor lojano: “…tenga mucho cuidado frente al antropófago: estará esperando un momento oportuno para saltar contra un curioso y arrebatarle la nariz de una sola dentellada”.
Ese antropófago se quitó la máscara y el maquillaje estadístico, y ya ha arrebatado miles de narices desde entonces. Los indicadores de muertes intencionales (homicidio, asesinato, femicidio y sicariato) volvieron a repuntar y entre 2019 y 2023 este tipo de muertes crecieron en un 574,3 por ciento, con un total de 17.882 decesos acumulados en ese lustro.
¿Qué pasó, exministro Serrano?
¿Qué seguirá pasando, candidato Serrano?
¿Aquel antropófago volvió a saltar cuando, como sostiene Arduino Tomasi, se rompió la pax narca en el Ecuador que amaba la vida?
Próxima entrega: el pensamiento colectivista de Ricardo Patiño.
