Ella ingresó con su madre hace dos semanas por emergencia al Hospital Carlos Andrade Marín, HCAM. Su mamá tiene paralizado todo el lado izquierdo del cuerpo y sufre de vértigo constante; el mundo se le cae encima, literal, por sus mareos y por la negligencia de un sistema de salud que da prioridad a los familiares o conocidos de trabajadores de la institución, el resto es tratado como mendigos o como tontos a pesar que toda su vida han aportado y no es ningún favor la atención médica. El mundo se le cae encima porque se da cuenta que no es la única que padece en manos del IESS, pues total, los enfermos quizás sean un número que ya no importa.
Cada minuto cuenta. Ella y su madre lo saben al igual que cientos de pacientes más a los que dejan para después. Un joven, al que habían asaltado, llega a ese hospital cortado la muñeca y no, tampoco lo atienden porque dicen que eso lo pueden tratar en un centro de salud, no en un hospital de tercer nivel. Él insulta a todos mientras agarra con la otra mano su brazo ensangrentado y se retira.
Pero el gran hospital de tercer nivel tampoco se conduele por personas graves. En algunos casos, otros se pasean en pijama por los pasillos, se los ve bien, pero ellos tienen el privilegio de contar con la atención de especialistas. ¿Cómo ingresaron?, se pregunta ella mientras ve a su madre debilitarse por las horas de espera y la extraña enfermedad que no tiene nombre. Finalmente le dicen que se vaya, que los exámenes lo harán por consulta externa, que tome turno afuera. Va a las ventanillas y le dicen que regrese a finales de diciembre para ver si hay turno el próximo año. Ella, en su desesperación llama al Ministro de Salud, quien envía a una doctora para que la ayude. Sí, ella sabe que no debe hacer eso porque, mientras a ella la ayudan, cientos de personas siguen bajo el sol o la noche esperando un turno, exámenes o medicinas. Pero se trata de su madre. Ver a quien una ama agotarse entre la indiferencia, la obliga a medidas desesperadas. Además, ya no solo es el vértigo, su madre empieza a temblar.
La doctora que intenta ayudarla logra un turno casi de inmediato, la revisan pero los médicos dicen que no pueden dar aún un diagnóstico. La envían otra vez a la casa, sin diagnostico ni tratamiento; pasa otra semana, nuevos exámenes. Pero esta vez faltan tres imágenes más para el diagnóstico. Se acerca a ventanilla, la mujer que está detrás del vidrio le dice que espere porque hay otros pacientes, ella le dice que la atiendan y que por último merece atención prioritaria porque tiene discapacidad. La mujer se ríe y dice “Ay, la discapacitada”. Ella pierde la paciencia, le dice que todos merecen respeto y la mujer de la ventanilla le da un turno para julio del próximo año. Ella se asusta, la vida de su madre se extingue, ¿hasta julio del 2025? ¿Su madre estará con vida para cuando le hagan los exámenes? ¿Aguantará tanto tiempo, así como está?, se pregunta. Pide a la mujer de la ventanilla que le dé un turno más cercano y esta responde nuevamente, riéndose, que si quiere le da turno para agosto. Ella se retira, la madre se diluye entre sus manos y el papel mugroso de un turno para el próximo año.
A ella la llaman de Neurología y le dicen que para hacerle los exámenes la van ayudar hospitalizándola, pero algún rato, cuando haya cama. Ella llama a la doctora que la ayuda y consiguen una cama para su madre, pero allí todo se va al diablo, pues cuando le piden que ingrese, la jefa del área de Neurología pone una nota en el registro de la paciente y dice que hay otros pacientes prioritarios, que no hay cama, pero por otro lado dicen que sí hay, y aparece una pugna de quien puede más, si los enviados del Ministro o los doctores del IESS, quienes además le recuerdan a ella que la institución es autónoma y que aquí no manda ningún Ministro de Salud, menos el Presidente de la República, Daniel Noboa. Ella escucha las voces como si estuvieran en off, a lo lejos. Está por desmayarse o pedir dos ataúdes, uno para ella y otro para su madre, total afuera del HCAM están las funerarias, listas, como buitres para recibir a los muertos frescos.
Se termina su paciencia, grita al camillero, le dice que acaso no ve cómo está su madre. Pero la situación se pone peor, pues si pierdes la paciencia en un hospital del IESS, sus funcionarios se encaprichan y te dejan a tu maldita suerte.
Se repone y recuerda que tiene el número de René Enríquez, el sí es del IESS y quizás le responda el teléfono, además es director general del Seguro de Salud del IESS. Pero Enríquez jamás contesta las reiteradas llamadas, no le importa, aunque días antes le había aclarado en una pequeña conversación telefónica, que «ojalá la prensa publicara las cosas buenas que hace el IESS y no solo lo negativo». Pero ella se pregunta, ¿cómo hablar bien si ha caído en el infierno? Infierno al cual millones de ecuatorianos nos vemos obligados a sostener para obtener maltratos.
Ella llora, mira a su madre y dice que lo siente, que hizo lo que pudo. Su madre le da su mano izquierda, la que tiembla más y le dice me siento mal, sácame de aquí, no quiero morir en este sitio. Ella grita que la ayuden, un enfermero llama desesperado a Neurología para que algún doctor baje, la cama A7 está lista para su madre, pero nadie contesta. A su madre le ponen una pulsera de ingreso a hospitalización, este brazalete de papel tiene su nombre, pero de nada sirve, nadie baja para recibirla. No importa. Hay otros pacientes. Ella responde que está bien, pero entonces que le digan al menos cuál es el diagnóstico, porque necesita salvarla, darle algún tratamiento. Nadie contesta, dicen que solo un especialista puede decidir. No la internan y ella lleva a su madre que ya no camina, se arrastra, hasta un taxi y se van.
Ella soy yo y esa madre es mi madre, que hoy la veo morir en la casa.
