Respuestas aprendidas y sacadas casi de un guion: A más B es igual a Z. No importa a quién le preguntes, te contestarán lo mismo. El discurso expresado y que escucharás no admite ni un ápice de variación, sin importar la dimensión que tu pregunta aborde; cuando se trata de El Salvador, siempre estás preguntando por Nayib Bukele. Si preguntas sobre educación, cultura, defensa, seguridad, policía, constitución, democracia, aterriza en él. Lo adecuado, entonces, ante las preguntas, como persona aceptada y funcionario público que sirve al Estado, es repetir, con la misma seriedad con la que los católicos repetimos el credo, las palabras de Bukele.
Nadie lo dirá nunca, pero la capacidad de ejercer un juicio propio o de disentir está negada. Las consecuencias de aquello tendrían el potencial de destrozar su vida en un abrir y cerrar de ojos, y los funcionarios públicos, conociendo de primera mano la fuerza de esas consecuencias sobre personas, familias e instituciones, no se expondrán a semejante escarnio público. Sería de necios arrojar todo aquello sobre ti mismo… por mano propia.
Habitualmente no le dedicaría tiempo ni esfuerzo a opinar sobre un país que no es el mío, además, tan lejano físicamente. Pero a diferencia de aquellas personas que no pueden usar palabras distintas a las que autoriza Bukele, tengo la libertad de llamar a las cosas por su nombre.
En regímenes no democráticos, como la República Popular China, la unidad de discurso está completamente normalizada e impuesta como política. De hecho, a quienes sostienen una manera de pensar distinta y viven coherentemente con ella se les considera enemigos del Estado. Cuando el caso es extremo, en China estas personas, catalogadas como peligrosas por poseer una voz propia, son relocalizadas en la región de Xinjiang, donde, según pronunciamientos públicos de sus autoridades, se les reeduca, mientras que Amnistía Internacional señala que se les encarcela y se les tortura. Por cierto, de esto no se habla en los tours académicos que China organiza, ahora que, a dos manos, busca lavarse la cara en medio de un entorno internacional turbulento y marcado por guerras.
De regreso a El Salvador, repetir el discurso oficial emitido requiere una dosis considerable de deshumanización. Eliminar cualquier resquicio de dignidad humana que pueda residir en personas en conflicto con la ley o sospechosas de serlo. En condiciones normales, lo que es difícil para una persona es aceptar que otra sea reducida a condiciones que violentan sus derechos humanos. Cuando el discurso único constituye la norma, no reproducirlo te convierte en blanco.
La presión social en El Salvador exige que te deshumanices, que repitas sin remordimiento el Credo, porque este se forjó bajo la máscara del “bienestar del pueblo”. Hasta la sospecha basta para despojar de dignidad a una persona, pues se trata de un sistema que dista de ser perfecto y que, en más de una ocasión, ha reconocido haber privado de la libertad a personas inocentes, que son liberadas luego de años de prisión sin una sentencia en firme.
En El Salvador, en el marco del régimen de excepción, el periodo de prisión preventiva sin sentencia, puede llegar hasta los siete años cuando te relacionan con pandillas y crimen organizado. Además, podría bastar una vendetta o un conflicto vecinal para que te imputen una acusación falsa.
Cito al Papa León, en la carta encíclica Magnifica Humanitas, al enfatizar que sugiere “[…] que toda persona deba ganarse o justificar su propio valor, hasta el punto de atribuir mayor valía […]” (n. 51) a unos por encima de otros, lo cual constituye una trampa que nos deshumaniza sutilmente. Una idea que puede llegar a ser popular, pero que confronta directamente con los pilares de la ética católica, religión con la que se identifica el cuarenta por ciento de la población en El Salvador y, en el Ecuador, al menos el 64% .
Los efectos nocivos de la imposición de un discurso único en las sociedades son reales. Cuando repetimos sin más un discurso único, no disentir ni un ápice se normaliza; renunciamos a nuestra voz, a nuestra individualidad y a mantener la coherencia ética. No podemos convertirnos en títeres que enuncian discursos que no nos pertenecen. En nosotros reside la capacidad de evitar la normalización del odio, la renuncia a la individualidad, la deshumanización del pensamiento y de los otros.
Estoy plenamente consciente de que, como he podido ver, atacan y pretenden destrozar la imagen pública de periodistas, académicos, ciudadanos y de cualquiera que se atreva a opinar sobre El Salvador; al emitir estas palabras, me pongo en la mira. En la era de las noticias falsas y del uso de la inteligencia artificial para forjar mentiras, me preparo para lo peor. Sin embargo, para mí, tomar posición y dejar en claro que jamás seré cómplice de lo inhumano, lo vale.
