domingo, mayo 3, 2026
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Paúl Trujillo

Paúl Trujillo

Gestor de capital privado, con un masterado en Riesgos Financieros.

El menú envenenado de la democracia

Que un personaje como Godoy haya llegado a controlar la Justicia no es un error del sistema: es el sistema funcionando exactamente como fue diseñado.

La discusión política en el Ecuador se ha ido empobreciendo al punto de volverse completamente caricaturesca. Produce una especie de sorna, desprecio y risa, sí, pero también una profunda pena ajena ver cómo ciertos comentarios patéticos necesitan un culpable inmediato y simplón para explicar el colapso de la justicia, la inseguridad desbordada y la violencia normalizada. Ahora todo se le endilga al “No” del referéndum y la consulta, como si la realidad fuera un interruptor que se apaga o se enciende con una simple papeleta. Esa pereza intelectual no es ingenua: es funcional al poder.

Solo basta coordinar sinápsis entre dos neuronas (como decían nuestros mayores: «alzando pelito») para hacerse algunas preguntas incómodas: ¿Quién impulsó el nombramiento de Mario Godoy como presidente del Consejo de la Judicatura? ¿En qué gobierno hizo carrera Godoy, defendiendo narcotraficantes? Hoy, noboístas y correístas se rasgan las vestiduras con un cinismo casi obsceno, fingiendo sorpresa ante un personaje que ellos mismos impulsaron, encumbraron y consideraron el títere ideal para manejar la justicia y garantizar la impunidad de sus crímenes pasados, presentes y futuros. No es un error del sistema: es el sistema funcionando exactamente como fue diseñado.

Pero quedarse solo en la denuncia personaliza el problema y lo vuelve incompleto. El verdadero drama no está únicamente en Godoy, en Noboa o en Correa, ni en un “Sí” o un “No”, sino en el entramado detrás de la tramoya. Se diseñó deliberadamente un escenario donde no existe una opción buena. Donde el ciudadano entra a votar como quien se sienta a una mesa en la que solo le ofrecen los platos que más detesta. ¿Es su culpa elegir mal? Evidentemente no. El problema no es el comensal, sino quién decidió el menú.

Así mueren la democracia y la libertad: no atacando directamente tu voto, sino condicionando las opciones antes de que votes. En teoría de juegos esto se conoce como “conjunto vacío”: puedes tener elecciones formales, papeletas, campañas y discursos, pero matemáticamente es imposible elegir algo que no sea malo. El juego está arreglado desde el inicio, y luego se culpa al jugador por perder.

Frente a eso, lo primero es dejar de culparte. No es tu culpa cuando el menú está envenenado. Y lo segundo, quizá lo más importante, es aprender a mirar dónde realmente está el poder. Cada vez que enfrentes una elección en la que todas las opciones apestan, pregúntate: ¿quién decidió que solo estas opciones llegaran hasta aquí?, ¿por qué no está mi candidato ideal?, ¿quién cerró la puerta antes de que yo pudiera entrar?

Porque el poder real no siempre está en quién gana la elección, sino en quién decide quién puede competir. Mientras no entendamos eso, seguiremos discutiendo la calentura en las sábanas (los síntomas), peleando entre nosotros y absolviendo, por ignorancia o conveniencia, a quienes diseñaron el juego para que nadie gane y ellos nunca pierdan.

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