jueves, junio 4, 2026
Ideas
Juan Carlos Calderón

Juan Carlos Calderón

Director de Plan V, periodista de investigación, coautor del libro El Gran Hermano. 

Del periodismo Chauvinesco y otras delicias

Mi homenaje a Luis Chauvín Hidalgo, de quien no solo supe valorar su calidad humana y profesional, sino que fue una suerte de maestro de la irreverencia desde mi temprana juventud. Me siento orgulloso de haberlo conocido, de haber disfrutado muchos momentos de su luz singular y de que su legado perdure en la memoria festiva de la nación.

Estaba en estos días recordando a las antiguas figuras del humorismo político en el Ecuador, a propósito de la muerte de Luis Chauvín Hidalgo (Loja 1938 – Quito 2024), lojano de cepa y uno de los más fieles exponentes de esa época cuando el humor, la sal lojana y quiteña, convertía la frustración con los actores políticos, —devenidos siempre en líderes de opereta o matones de vereda— en irreverencia. El poder suele ser solemne y patéticamente serio. Suelen aparecer en este reino de la imagen y el internet dando largas peroratas, pontificando, declarándose víctimas o acusadores, todo muy estudiado y preparado. Irrumpen con videitos en las redes sociales y tik tok se convierte en tribuna de su ridiculez —menos mal en menos de un minuto— y así creen que con movimientos de culebra sexi atraerán a las masas adictas a la pantalla y a la vaciedad de la forma.

Pensaba en qué hubiera dicho Luis (Lucho) Chauvín de estas insanas formas de exponer la política. Pues hubiese hecho lo que hizo con mucha solvencia y rigurosidad: poner a los políticos en su sitio, como quiera que se presenten. Cuánta falta nos hacen ahora esos escritores del humor político. El último mohicano fue el Pájaro Febres Cordero, y detrás de él, en el tiempo de cuando se hacía prensa para lectores y no para espectadores —y la escena no estaba tomada por influencers, payasos y mercenarios— hay una legión de buenos periodistas de humor, entre los cuales Luis Chauvin ocupa un sitio de honor. 

No es fácil escribir humor político. Creo que es lo más difícil que hay, porque ha de ser cultivado por periodistas enterados de los entresijos del poder, de una capacidad de observación tal que la palabra muestre con rigurosidad las caricaturas que nos gobiernan, la ilusión de su «majestad», los delirios de supuesta grandeza de seres de alma pequeñita que se han encumbrado —gracias a nuestro voto e indolencia— por el arte del cepillaje, la sapada, la estulticia, el pragmatismo amoral o de plano la actividad delincuencial de alto nivel. Chauvín Hidalgo fue excelente en ese humor, ahora extinto, y nos legó varios libros con recopilaciones de sus apetitosas columnas, ya sea en La Hora (Sin que te roce) o en Justicia Infinita, la página de humor de los viernes del desaparecido y luego renacido El Comercio. La Hora tenía un suplemento de humor llamado El mortero, que se publicaba los miércoles como si fuera misa. Ahí estuvo Lucho cobijado por otros lojanos como Don Nicolás Kigman y el Dr. Francisco Vivanco Riofrío. Como también lo estuvo en esa década gloriosa que fue la columna El rastro perdido, donde Chauvín hizo, con fidelidad a su oficio, lo que todos debemos hacer con estos seres pequeñitos y mentirosos: burlarse. Como estos se han burlado, en mal plan, del país, de sus instituciones, de su moral, de su gente, y de su pasado, presente y futuro.

De hecho, por su pluma mordieron el polvo de la crítica desde presidentes de la república, ministros y ministras, diputados y diputadas y uno que otro político de variopinto pelaje que mereció la atención de la pluma Chauvinesca. En el Contraprólogo de su libro Sin que te roce, Lucho Chauvín definía su tarea como el análisis político «desde la arista del humor, humor a veces punzante, pero que entra suavito para que los involucrados oigan el sentir de las gentes. Lejos de la diatriba, tomamos el humor como una filosofía de vida y nos matamos de risa de nosotros mismo, para desde ahí apuntar al pelucón que se aprovecha de las funciones públicas para llenar las faldriqueras o para abusar del pueblo». 

No solo eso. Chauvín Hidalgo fue un lojano que miró a Loja y sus gentes desde la misma arista. Sus cuatro libros de la serie De Loja con humor, son un monumento de la palabra escrita al amor por su tierra. La quiso tanto que le dedicó los mayores esfuerzos de su atinada y excepcional inteligencia para plasmarla con un sentido profundo de lojanidad, porque nunca dejó de ponderar «la extraordinaria capacidad humorística que tienen los lojanos». Y los personajes, por supuesto, de quienes se supo todos los apodos, las características y los actos de servicio a la patria chica y grande. Lucho no debe haber dejado lojano de su generación sin ser tocado por la sutil caricia de su pluma. Su poema satírico La creación de Loja es de lectura obligada para todas las generaciones lojanas o descendientes de lojanos para saber de dónde venimos y quienes somos …de a deveras.

Rubén Ortega Jaramillo, un ilustrísimo lojano, dijo de él que gracias al dios de la palabra «había triunfado el humorista sobre el abogado y el romántico sobre el clásico». Luis Chauvín, lo dijo Ortega Jaramillo y lo suscribo en estas pocas líneas, dejó una obra gigantesca, que habita sus libros y en marcas como La Escoba, Fray Gerundio, La Bunga, El Pasquín… y que forma parte del Panteón de los Dioses del Humor Político, una especie de ecuatorianos casi desaparecida y que tanta falta nos hace ahora.  

Mi homenaje a Luis Chauvín Hidalgo, de quien no sólo supe valorar su calidad humana y profesional, sino que fue una suerte de maestro de la irreverencia desde mi temprana juventud. Me siento orgulloso de haberlo conocido, de haber disfrutado muchos momentos suyos y de que su legado perdure en su familia, en sus muchos amigos y amigas, y en la memoria festiva de la nación. 

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