miércoles, abril 8, 2026
Ideas
Milton Castillo

Milton Castillo

Abogado, ex defensor del Pueblo y de la Naturaleza de Galápagos.

Constituyente, utopía y diálogo

Un sistema constitucional robusto depende más del compromiso ciudadano con principios democráticos y éticos que de la cantidad de normas. Claro, este compromiso siempre depende del buen ejemplo que el líder imprima.

La idea de una nueva constituyente copa el debate público ecuatoriano, presentándose como una supuesta solución a una larga lista de desafíos nacionales. Sin embargo, la experiencia histórica y la doctrina constitucional aclaran que una constituyente, por sí sola, no consolida la identidad ni garantizan la cohesión social.

Ninguna asamblea constituyente transforma a los habitantes; son los ciudadanos quienes imprimen sus valores y principios en el texto normativo, definiendo así qué los une por encima de lo que los separa.

En Ecuador, el ambiente actual dista de ser propicio para una verdadera constituyente: persiste la polarización tras el paro nacional, el comportamiento social fragmentado y la gestión gubernamental del conflicto, marcada incluso por la pérdida de vidas humanas.
Umberto Eco advertía que “el odio une más que el amor”.

Hoy, el gobierno parece entender que convocar a una constituyente puede resultar eficaz, pues fomenta la polarización que suma adeptos y agrupa a diversos actores en bandos opuestos. A la Corte Constitucional, la CONAIE y la delincuencia organizada se los ha puesto en un solo saco de enemigos, y en el otro lado: “los buenos”.

Sin embargo, si lo que se pretende es acudir al constitucionalismo para generar cambios, se ha de recordar que el mismo nace de una aspiración utópica: busca construir un orden político donde la justicia, los derechos humanos y la democracia coexistan en equilibrio. Esta utopía no es irreal, sino una herramienta para proyectar y construir un mundo mejor, tal como señala Francisco José Paoli.

Toda constitución lleva consigo una dosis de utopía, algo así como la «tensión creativa entre lo que debe ser y lo que realmente somos». Resulta fundamental que, antes de promover la constituyente existan bases pedagógicas sólidas orientadas tanto al ejercicio de derechos como al cumplimiento de deberes. Un sistema constitucional robusto depende más del compromiso ciudadano con principios democráticos y éticos que de la cantidad de normas. Claro, este compromiso siempre depende del buen ejemplo que el líder imprima.
Una constituyente genuina exige un escenario previo de diálogo y construcción de ideales comunes entre quienes piensan diferente. Lo que une al empresario con el trabajador, al migrante con su patria, al joven con su entorno natural, va más allá de un texto: se trata de generar espacios para pensar la utopía y dotarla de forma y contenido. Hablar de una nación fundada en la justicia y la libertad es derecho legítimo, pero exige reconocer al otro y apostar por el pacto y la unidad.

Rudyard Kipling, en El libro de las Tierras Vírgenes, nos regala una metáfora hermosa al respecto. Mowgli, el niño criado por lobos, tras cumplir su promesa de matar al temido tigre Shere Khan y vestirse con su piel, fue aclamado por los suyos ​quienes le pidieron que los guiara, hartos de vivir sin ley. Entonces Bagheera, la pantera, -siempre sagaz- les advirtió: “No, bien pudiera ser que os equivoquéis. Cuando estéis hartos, acaso os vuelva la locura de antes. No en balde os llaman el Pueblo Libre. Por la libertad luchasteis y vuestra es. Devoradla…”

La enseñanza es clara: vivir en libertad implica valorar el pacto colectivo más allá del liderazgo temporal y afrontar desafíos que resurgen.

Hoy, el llamado constituyente enfrenta tensiones: impulsado por la consulta popular, nace en tiempos de enfrentamiento, sin que el diálogo haya sido realmente la virtud dominante. La unidad de mínimos éticos podría permitir soluciones inmediatas a problemas urgentes como la desnutrición infantil, inseguridad, crisis económica y corrupción judicial. Sin embargo, con una constituyente concebida solo en la lógica del conflicto y sin esos ingredientes esenciales—diálogo previo, utopía y ánimo de unidad—la transformación será incierta y lo más probable, altamente conflictiva.

Norberto Bobbio enseñó que el diálogo es siempre ético, porque reconoce la existencia del otro. Es decir, posibilita el gran pacto social. La constituyente, para que sea real motor de cambio, debe surgir de otro momento, donde previamente se haya hecho un ejercicio ético y con vocación democrática de escuchar. Además, claro está, de que se presenten personas con una sensibilidad humana especialísima, no necesariamente experta en derecho constitucional.

Las mayorías que se crean, de darse la constituyente, no representarán más que a los jefes de tales mayorías, es decir, la unidad, la justicia y la libertad de nuestro país seguirá siendo como siempre: conflictiva.

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