Ha ocurrido algo hermoso estos días. Un inmenso encuentro de voces y de espíritus. Durante varios días, en un grupo cerrado de Facebook, decenas de mujeres ecuatorianas contaron su primer acoso y no lo hicieron solas porque junto a ellas había otras mujeres que, con cuidado y determinación, acompañaron. La compañía que es verdadera, la que merece la pena, es aquella que resulta acogedora, la que nos permite cobijar y ser cobijadas. Las palabras contadas fueron leídas y como pequeños fuegos, provocaron un inmenso incendio que acaba de empezar. Una cantidad increíble de luciérnagas que forman un bosquecito de fuego, como diría Pasolini. Y no sé muy bien si un bosquecito es suficiente para soportar la explosión de memorias porque nuestra geografía es volcánica. Incandescente. Salvaje. Salada.
Cada historia contada (abusos sexuales, violaciones, violencia, maltrato, diferentes tipos de acoso) abre una herida. Pero mirar la herida tiene algo de iluminador porque habitar el dolor, transitarlo y aprender de él nos convierte en mejores personas. Posiblemente más humildes.
A veces me gusta imaginar lo que los ojos de mi bisabuela miraban al amanecer. La imagino observando el Cotopaxi; sintiendo una emoción que me ha sido transmitida de generación en generación. Cuando era adolescente me gustaba pasar varias semanas en la casa de mi abuela en Cumbayá. Cada mañana, a las 6:00, daba una vuelta por los jardines, junto a los perros y yo la acompañaba. Teníamos árboles de aguacate, chirimoyas, moras, manzanos, limoneros, duraznos y muchos gallos. Y rosales generosos, perfumados y alegres. Cada vez que mi abuela descubría el capullo de una rosa que se había abierto al ser iluminada por los primeros rayos de luz, empapada de dos o cinco gotas de rocío, callaba. Veinte segundos de emoción. Desde que soy niña, a veces descubro a Elena, mi mamá, con una tacita de café en la mano, mirando fijamente hacia las montañas. En silencio y poder. Casi siempre hay una canción en el tocadiscos que ella entona en voz baja mientas observa. La misma emoción.
Es difícil explicar la emoción. Habita el cuerpo y se conecta directamente con un poder que a mí, desde el exilio, me cuesta reconocer. La extranjería consiste, entro otras cosas, en la dificultad para reconocer el paisaje que miraba la bisabuela cada amanecer. Sin embargo, a veces parecería ser que el camino consiste en aprender a entender, precisamente, esa emoción, el origen de todo lo bueno y lo malo, la luz y la oscuridad, la vida y la muerte. La fe, finalmente. No en Dios. La fe.
La esperanza en la vida que surge, precisamente, allí donde es más difícil evitar pensar que no hay vida. Cada historia, que provoca el nacimiento de otras, es una historia de des-humanidad porque se trata de mujeres que hemos sido violentadas, abusadas, violadas, agredidas, secuestradas, pegadas, burladas, amenazadas, amordazadas. Cientos de esas mujeres han muerto y no están aquí para recordarlo, otras ni siquiera pudieron contar con el apoyo de las familias y los amigos e incluso hay muchas que rompieron su silencio por primera vez en este espacio, en compañía de decenas de amigas y desconocidas que de un día para otro se han convertido en una comunidad de cuidado y escucha. Y allí, en ese espacio de memorias compartidas, ha surgido una emoción que es espiritual y política y que va a cambiar nuestras vidas y la de las personas que nos rodean. Amigas: la fractura y el dolor han dejado de ser un asunto secreto, individual y paralizante. Gracias a ustedes, nuestras memorias se convierten en una fuerza política que va a ser inmensa y hermosa. La revolución acaba de empezar.
