Durante años, el miedo tenía un rostro conocido: caminar solo de noche, un asalto en la calle, un secuestro o un ataque cometido por alguien completamente ajeno a la víctima.
Pero varios de los casos que más han conmocionado al Ecuador en el último año parecen mostrar un fenómeno distinto: el presunto agresor ya no siempre es un extraño. En muchos casos, es alguien que conocía a la víctima. Un compañero de trabajo que siempre se mostró como una persona empática o pacífica, el amigo que sabía escuchar o mostraba interés ante situaciones difíciles; una pareja, un familiar, un vecino.
Alguien que sabía dónde vivía, cuáles eran sus rutinas, en quién confiaba o incluso tenía acceso a su teléfono, a su vehículo o a su casa. Ese es el hilo conductor que une investigaciones como la desaparición de Lizeth Bunshi, el asesinato del gerente financiero de la UDLA, con crímenes por disputas de herencias y otros casos menos conocidos que han aparecido en los expedientes de la Fiscalía y en las páginas de sucesos de los principales medios del país.
La confianza convertida en vulnerabilidad
Lo que vuelve particularmente impactantes estos casos no es únicamente la violencia. Es la sensación de que la confianza dejó de ser una protección para convertirse, en algunos casos, en la principal vulnerabilidad. Las víctimas no estaban huyendo de un delincuente desconocido ni siquiera pensaban que corrían riesgo, su confianza habría bajado las defensas o las alarmas para actuar. Y esa vulnerabilidad es la que genera la oportunidad para su agresor.
En varios de estos casos aceptaron una reunión, respondieron una llamada, abrieron la puerta de su casa o compartieron diariamente el mismo lugar de trabajo con quienes hoy figuran como sospechosos o investigados. La cercanía facilitó el acceso. Y el acceso facilitó el delito.
Estos crímenes dejaron en claro que el sicariato es ahora la forma de “solucionar” problemas de cualquier índole, por personas sin antecedentes, pero que ven en la muerte una opción válida para acabar con un problema.
Un patrón que comienza a repetirse
La revisión de casos publicados entre julio de 2025 y julio de 2026 revela coincidencias llamativas. En la mayoría de los casos existía algún tipo de relación previa entre la víctima y el presunto agresor. En varios casos hubo planificación estructurada y la asignación de roles a quienes actuarían en la ejecución del delito.
Un sicario adolescente, pero con suficiente solvencia como para ejecutar un hecho delictivo con total frialdad, también ha sido una constante en varios crímenes violentos en Ecuador. A eso debe sumarse que los victimarios desde un principio, sabían cómo jugar con las normas del COIP, por ejemplo, con temas como las enfermedades catastróficas, para evadir la prisión preventiva.
Estos crímenes dejaron en claro que el sicariato ya no es una acción de vendetta entre delincuentes, sino la forma de “solucionar” problemas de cualquier índole por parte de personas que no tendrían antecedentes, pero que, casi como salidos de una película de Netflix, ven en la muerte una opción válida para acabar con un problema.
Muchos de los casos que conmocionaron a la opinión pública ocuparon los titulares durante apenas unos días, hasta ser desplazados por un nuevo episodio de violencia. Esa sucesión constante ha impedido apreciar un fenómeno que comienza a repetirse. Al revisar las investigaciones disponibles, emerge un patrón común: en varios de estos delitos ya no se trata de un robo improvisado, una agresión aleatoria o un acto de oportunidad. El presunto agresor conocía a la víctima, tenía acceso a su entorno o formaba parte de su círculo de confianza.
Casos como el de la mujer cuyos vicios y ambición determinaron la contratación de un asesino para acabar con la vida de su hermano, Luis Alfonso Jijón Villalba, de 41 años, quien fue asesinado el 9 de enero de 2026 en una hacienda del sector de Pifo; o el de Santiago Ávalos, que expuso toda una conspiración presuntamente organizada en un Night Club por sus propios compañeros de trabajo, mostraron lo más putrefacto de esta planificación. O lo que hoy está en redes de la muerte de Lizeth Bunshi, por la aparente intervención de una persona de confianza, aunque el desenlace todavía no estaba judicialmente confirmado
No significa que todos los compañeros de trabajo, amigos o familiares representen un riesgo. Tampoco demuestra, por sí solo, que este tipo de delitos esté aumentando. Lo que sí evidencia es que los casos más impactantes del último año comparten un elemento inquietante: el agresor habría estado dentro del círculo de confianza de la víctima.
Del miedo al desconocido al miedo al conocido
Durante décadas, las campañas de prevención enseñaban a desconfiar de quien caminaba detrás en una calle oscura. Hoy las investigaciones parecen plantear otra pregunta. ¿Qué ocurre cuando el riesgo proviene de alguien con quien compartimos la oficina, estudiamos, trabajamos o convivimos todos los días?
Es un tipo de violencia mucho más difícil de anticipar porque se esconde detrás de relaciones que, por definición, deberían ofrecer seguridad, esto torna las acciones de prevención estatales en casi inoficiosas, pues la policía tiene un rol ya no preventivo, sino posdelito, para determinar las verdaderas circunstancias que motivaron la violencia irracional.
La otra crisis que no aparece en las estadísticas
Las cifras oficiales permiten contabilizar homicidios, desapariciones y femicidios. Pero no existe una estadística nacional que responda una pregunta cada vez más relevante: ¿Cuántos de esos delitos fueron cometidos por personas que la víctima conocía y en quienes confiaba?
Sin esa clasificación resulta imposible medir con precisión la magnitud del fenómeno. Sin embargo, la revisión de los casos de mayor repercusión pública muestra que la violencia derivada de los vínculos personales se presenta con suficiente frecuencia como para justificar un análisis más profundo.
Más que una suma de casos aislados
Tal vez estos expedientes no representen todavía una nueva categoría penal. Pero sí reflejan un cambio en la forma en que muchos ecuatorianos perciben la seguridad. Ya no basta con mirar hacia la calle. También surge la necesidad de preguntarse cuánto conocemos realmente a quienes forman parte de nuestro entorno cotidiano.
Porque cuando la violencia nace de la confianza, el daño trasciende a la víctima: erosionando una de las bases fundamentales de la vida en sociedad: la posibilidad de relacionarnos con otros sin sospechar de ellos como una real amenaza a nuestra existencia.


