viernes, julio 24, 2026
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Alexis Oviedo

Alexis Oviedo

PhD en Educación por la Universidad Católica de Lovaina, Maestro en Estudios Culturales y Desarrollo, Graduado en Economía. Ex gerente del Proyecto de Pensamiento Político de la SNGP. Docente universitario.

El Museo Nacional: de la caja al pastel

Parece que en el fondo no importa el Museo Nacional del Ecuador en sí, parece que está escrito en piedra que el nuevo MUNA con cualquier diseño se lo haga en este terreno diagonal al Parque La Carolina.

Hace pocos días el ministro Roberto Luque anunció el nuevo ganador del nuevo concurso para el anteproyecto arquitectónico del Museo Nacional del Ecuador (MUNA). Luego de la polémica desatada al conocerse la propuesta ganadora del concurso anterior, el gobierno destituyó a la viceministra de cultura, desechó el proyecto ganador y de inmediato anunció nuevo concurso, donde participaban los otros finalistas. Con bombos y platillos Luque presentó hace el nuevo anteproyecto del MUNA que albergará millones de piezas y objetos que constituyen el patrimonio material de este país.

La polémica inició unas semanas atrás, cuando vimos el anteproyecto del español Alberto Campo Baeza, reconocido arquitecto ganador de innúmeros premios de arquitectura y que entre sus ventajas indiscutibles tiene el manejo de la luz. Muchos la defendieron y muchos la atacaron. Los que no gustaron de ella la calificaron como una “caja de banano” haciendo alusión al negocio de la familia del presidente Noboa. Entre los que alabaron, la obra y su autor, un abogado articulista hasta dijo que en el estudio de arquitectos de Campo Baeza, él estaría limpiando baños.  Ese estilo vertical sobrio, monolítico es el de ese arquitecto y está en muchas partes del mundo y más allá de las bondades técnicas del mismo o del gusto del espectador, lo que no va es ese sentido de cosmopolitanismo del edificio.

Su falta de identidad es lo que no termina de cuadrar. Porque es un Museo Nacional del Ecuador y el edificio de Campo Baeza, que podía estar en Taipei, Ciudad del Cabo o Maracaibo, no era un edificio para el Ecuador, para recuperar el pasado de este país, ni para constituirse como un símbolo de identidad, memoria, patrimonio, cultura, si quieren, ecuatoriana. Era un edificio, igual a muchos otros de autoría de ese arquitecto, construidos en diversas partes del mundo, que muestran su marca de su autor. Pero lo que importa es que muestre la esencia de este país y de la función que tiene un museo ecuatoriano.

El gobierno no usó ese argumento para convocar a un nuevo concurso. Estando ad portas a elecciones, dijo que el diseño no gusta a las masas, así que vamos por otro. Razonaría el gobierno: no les gustó las líneas rectas, vamos con las curvas. El estilo del nuevo ganador está en sus bloques curvilíneos superpuestos, que evoca a un pastel de cumpleaños de muchos pisos donde solo faltaría el merengue y las fresas almibaradas decorándolo.

Otra vez, este diseño adolece de lo mismo, no simboliza una visión de país, de cultura y de identidad propia. Expresa la estética eurocéntrica de una clase dominante que mira hacia afuera, que no reivindica lo local, que no privilegia la esencia semiótica del Ecuador diverso plurinacional e intercultural.

Hubo también cuestionamientos políticos, más allá del proyecto en sí. Por ejemplo, la idea de construir un museo en un país que tiene hospitales públicos sin insumos, medicinas o personal suficiente. Otro cuestionamiento va en el sentido de los presuntos beneficios que entes privados ganarían con esta nueva edificación. Cuatro torres de 25 pisos cada una, se construirían en los terrenos posteriores al MUNA, predios transferidos en 2019 a una empresa vinculada a Pablo Campana, primo político del presidente Noboa, durante el gobierno de Lenín Moreno, donde Campana fue ministro de Comercio Exterior. El diseño de caja larga opacaba las torres, el diseño de pastel, mas bien horizontal, no lo hace.

Es importante, un Museo Nacional debe hacerse y otras voces plantean que este podría asentarse en edificaciones existentes, por supuesto readecuadas para este fin. Se menciona una de las tantas casas del centro histórico, entre ellas el ex colegio Simón Bolívar, ese que el correato pensó destinarlo como sede de embajadas y que ahora está abandonado por que el presidente Noboa no da los permisos para que el municipio de Quito lo adecue y use. Se sugiere que el museo funcione readecuando la sede del actual Ministerio de Defensa, edificación antigua y majuestuosa localizada en la calle Maldonado, en la puerta del sur de la capital. Incluso se considera optimizar ese inmenso elefante de espejos que es la Casa de la Cultura, que, quien la conoce por dentro, sabe que tiene un desperdicio de espacios y una apropiación caótica de otros.

Parece que en el fondo no importa el Museo Nacional del Ecuador en sí, parece que está escrito en piedra que el nuevo MUNA con cualquier diseño se lo haga en este terreno diagonal al Parque la Carolina, para potenciar una inversión inmobiliaria privada. Ese parece ser el principal interés antes que las características identitarias propias de un Museo Nacional ecuatoriano.

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