Hacer del cuerpo que baila un lenguaje donde la piel sea protesta y grito, desahogo y denuncia, resistencia y abrazo. Hacer de la danza una barricada en movimiento, una forma de enseñar y defender la vida, fue el desafío del bailarín, coreógrafo, director y maestro Kléver Rodrigo Viera Pérez, nacido en Toacazo, con los Illinizas y el Cotopaxi en su mirar inquieto, un 15 de junio de 1954.
Tierra y entorno de montaña, un país paisaje agrio, donde la discriminación a la piel distinta y la exclusión del otro son atributos ciudadanos, tejieron en el telar de su vida la rebeldía; hilos cabuya anudados a su piel de adentro y la wipala en el horizonte de los sueños empujaron al último de los Viera Pérez al universo de la danza. Allí, fuera de sus laderas, en Quito, la mitad de la tierra y en medio de la bonanza petrolera de la revolución nacionalista de los militares de los mil novecientos setenta, comenzó su aprendizaje, sus primeros pasos y sus primeras inquietudes respecto de la esencia y la naturaleza del arte y su interacción con la literatura, la pintura y la historia, la vida y los mañanas de este imaginario país que nos habita.

Buscó en los gestos de las calles que le habitaron vida la razón del movimiento del cuerpo, una armonía donde los huesos, sostén del gesto muscular que diseña, en inflexiones y acrobacias múltiples, las formas efímeras del aliento: la danza; fuera el sustento y corazón de su existencia siempre.
Y así fue, bailo y bailó en México y Alemania, en los grandes escenarios del teatro y la danza, en las plazas y las calles de muchos otros países, los otros escenarios de la vida. Danzó también con los bosques que sobreviven la codicia y en las ciénegas y humedales de los páramos que aorillados guardaron sus pasos de barro. Bailó donde la precariedad teje los sueños y la humanidad cosecha dolor; en las tumbas del tiempo y en los márgenes de la existencia. Se nutrió de la literatura y la danzó en Las Vendas, cuento de Raúl Pérez Torres, en Angelote amor mío. Troca y Truco, inspirado en el cuento de Javier Vásconez , en Espacio me has vencido, de César Dávila Andrade.
Y así fue, bailo y bailó en México y Alemania, en los grandes escenarios del teatro y la danza, en las plazas y las calles de muchos otros países, los otros escenarios de la vida.
Cultivó marginalidad por vocación doble, por artista —una realidad del arte en el Ecuador país— y por explorador del otro, los otros, otros que le habitaron, la piel social que le cubrió, sus comisuras, vicios, pecados y secretos, los extremos de la vida y nuestra condición plural que alimentaron y fueron todos juntos, sustento y razón de su gestualidad de cuerpo.
Jugó así con el movimiento de las letras, con su tempo de calendario múltiple y bailo con ellas y su imaginación; y con el soñar de la tierra impreso en su “runa shunko”, abrazó a su país y al mundo y en pasos de “wayra” vivió peinando la cima de las grandes utopías: la memoria país y su historia desigual, la hermandad soñada, la paz y el abrazo como gesto humanidad y como otros consagrados del arte en el Ecuador sufrió el abandono de ese espacio geografía humana que le vio crecer. Así en la “llakta”, el equinoccio, al cual siempre regresó, le llegó el epílogo de su existencia. Enfermo, en exclusión, sin poder enseñar y sin recursos, bailó en su piel adentro, la ingratitud como el final de su danzar por la imaginación de un país anquilosado en el olvido como memoria.

“Pero el Tiempo, el implacable —como dejó escrito Kléver—, para mí, el devorador, me ha puesto ya en el umbral de mi penúltimo acto, que espero sea con algunas escenas largas.
La danza, mi maestra y el acto de enseñar han dado paso a perdurar en los cuerpos de los otros bailarines que ahora pueblan la escena nacional, “paso de mano”.
Paso de mano que abre la tradición de traspasar lo aprendido, un referente que ha hecho que vivan en las memorias de aquellos que se encuentran en el acto de ensayar, bailar y traspasar también mis danzas; a ellos a los que al tiempo aún se les dilata. Mi homenaje es a la memoria viva, a la muerte enamorada, a la niña de las vendas, a la mujer de los brebajes, a la anfisbena. Dejo mis danzas en esta penúltima escena, antes del acto final.”
El 27 de abril partió como muchos otros artistas consagrados o de larga trayectoria de la danza y de las otras artes de la mitad de la Tierra. Queda aún una lista larga de artistas de larga trayectoria en el anonimato y muy lejos de su arte, obligados a buscar la vida en condiciones de tristeza y angustia. Nina, Laura, Pablo, Carlos, Patricio, Luis, Jorge, Terry, Rosa, son parte de una lista de maestros y maestras que no deben repetir el Ecuador amargo.
El Ministerio de Cultura, la Casa de la Cultura Ecuatoriana y las otras instituciones públicas de arte y cultura del Ecuador equinoccial, a más de publicar acuerdos de condolencias, ¿sirven para algo más?
