Para que esa papita llegue a tu olla, el campesino pidió prestado al chulco para la semilla y abono. Rompió la tierra de páramo, sembró, regó abriendo con azada la cuneta, fumigó la hierba mala y el gusano. Por meses rogó a Dios que ni el demasiado sol, ni la mucha lluvia le dañen el cultivo, que no hiele, que no arda.
Si hubo suerte, cosechó con sus manos y costales a la espalda caminó kilómetros hasta una camioneta que le pagó a real el quintal. Sumado y restado sacó apenas para seguir con deuda y volver a empezar.
Sin pensarlo mucho, nos alimentamos con cebollas y arroz, que traen sudor y lágrimas de los otros, de los indios, los campesinos, los que son pobres y ajenos.
Esos, a los que llegada la protesta insultamos furiosos, los alienígenas invasores, enemigos de la ciudad, terroristas de la pobreza.
Esos, a los que buscan en elecciones y reprimen en el poder, son las manos que dan de comer y la fuerza que resiste por todos.
