Mis palabras surgen de una cuidadosa y angustiada lectura de la magistral Historia de un intruso de Marco Antonio Rodríguez. En esta edición los dibujos del gran muralista José Luis Cuevas traducen una amarga inquietud, especie de aparente inanidad y, a la vez, de extraña esperanza, tales sus Fermines y Anteros, sombríos protagonistas de esta Historia singular.
Hay libros que nos atrapan sin piedad; buscamos esquivarlos, huir de ellos, pero ¿quién huye de sí mismo? El poder de esta extraña narración radica en que, sin que el escritor lo explicite nunca, cada uno de nosotros es su protagonista, si sabe mirarse a fondo.
Copio las palabras de Celine elegidas por Rodríguez a modo de prefacio:
Es la edad que avanza, tal vez, la traidora, y nos amenaza con lo peor. La juventud fue a morirse al fin del mundo, en el silencio de la verdad. ¿Y dónde ir, les pregunto, en cuanto no tienen cantidad suficiente de delirio?
Sí, la edad avanza. Lo muestran la vida propia y esta Historia actualísima, escrita hace cincuenta años. Domina en ella el dolor ante la pura pérdida que es la vida: todo en la narración es profecía, delirio.
¿Cómo asumir el contraste entre el Marco Antonio Rodríguez que creo conocer y el individuo múltiple, él y su íntimo intruso, que se examina y se acusa a sí mismo, y es capaz, casi solamente, de intuir y ver el mal? Su Historia trasciende los años vividos. Todos la protagonizamos: somos los personajes con los que nuestro escritor la construyó, tal como ellos lo construyeron a él, su autor.
Impresiona la capacidad de condensación de que el escritor es capaz. En pocas líneas crea, con notable sensibilidad poética, personalidades, experiencias, miedos, vidas enteras. Aparece, entre otras figuras ¡tan reales! el Monseñor roído, vulnerable, empecinado, que jamás intuyó que el pequeño que huía de integrar el coro, de ser el campanero o el acólito… era un niño regularmente bueno, aplicado y tímido…
El autor se adentra en el alma de la abuela ciega, que guardaba para su nieto golosinas bajo la almohada: Abuela, tu piel estaba hecha de mariposas viejas. De tus ojos nada dimanaba, excepto el polen de tu bondad. Pero cuando hablabas, abuela, una lluvia de cerezos, un estallido de flores nos ahogaba… Llegas todavía de vez en vez. Abuelamorblancocabelloseda imborrable. … Con tu ingenuidad de cromo. Con tu piadoso sonido de libélula.
Evoca los boleros incansables que su padre, ciego también, tocaba al piano; él, según Fermín, nació triste, rociaba de indiferencia su tristeza, y a más de tocar el piano gustaba de pensar. Trabajaba de pianista en La Delicia. De domingo a domingo… Regresaba a la madrugada. La vida flageló a papá, diariamente, con puntualidad digna de mejor causa… Y Fermín termina su impar descripción: nosotros comprendíamos su coraje innumerable, su terrible pujanza. Acaso por eso le temíamos.
La Historia avanza en un volver atrás para adelantar y dejar al arbitrio del lector la comprensión de que el mundo del cuento es el mismo mundo que el de cada cual: sus verdades esenciales dicen y sufren en nosotros.
Aguedita, la minadora de basura en El Censo, criatura pura de este universo, ‘cosecha’ trapos y basuras. Fermín y Antero la descubren y protegen y ella agradece la presencia de los dos que eran uno, como cada uno de nosotros cuenta con su particular intruso que nos habla y reprende. Ella vivía en un horadado de la quebrada y decía a los muchachos que la abordaron y ayudaron hasta el fin: —¿Qué hacen ustedes, es hora de que estén en el colegio… No es bueno, no es bueno! Recogía botones, tarros de Nescafé, botellas. —Aguedita, ¿le sirve este cartón? La buscaban y la encontraban siempre. Lo que ella recogía lo daba a don Teódulo, capataz de ese mundo de abandono para quien el trabajo de Aguedita apenas producía. Un día, Fermín y Antero la pierden y Teódulo se queja: La vieja murió dejándome media vida, e indignado, les da el cuadro de Jesús del Gran Poder en cuyo reverso Aguedita había pegado, para que el Señor los protegiera, las fotos-carnet que Fermín y Antero le dieron un día.
Llegan al lector las reflexiones de los dos, las luchas entabladas consigo mismos para sentirse más allá de verdad y mentira, del mal y del bien; el cinismo caracteriza su reflexión madura, y empieza a preocuparles la apuesta de la muerte: A lo más, los seres más entrañables hacen lo posible por borrar tu recuerdo. Qué más da, hay que seguir viviendo y asumir que nada se altera cuando mueres. El mundo necesita evacuar normalmente, igual que un animal y así, sin más, te vas a pastar chirotes en ninguna parte. Así se mofan de la batalla de vivir.
Me siento retratada en el principio y el inacabado fin de esta historia nostálgica; en el de las preguntas de los personajes que entre adolescencia y madurez fueron y siguen siendo las de cada uno de nosotros. Quizás cuando Marco Antonio Rodríguez, escritor aún joven, comenzó su Historia de un intruso, la asumía como una intrascendente fantasía. Sin embargo, el oficio de crear se impone al escritor, que sabe cómo empieza, pero nunca, cómo terminará; de este modo su Historia trasciende los cincuenta años vividos e irá más y más lejos: todos la protagonizamos. La continuidad es su realidad, como la de la vida.
Nunca lograré del todo dibujar los caracteres gracias a los que intuyo que Historia de un intruso, densa y definitiva, pervivirá en intocable y constante actualidad. Quisiera lograrlo, pero la genialidad de esta narración íntima y abisal radica en que ya todo se condensa y se contesta en ella. Las palabras en su derredor apenas la desbordan: ella es el planteamiento y la respuesta.
Más allá de la misma vida, que mantiene para cada individuo una línea llamémosla normal y esperable: familia, estudios, preocupaciones, trabajo, esperanza, el poder de su historia transforma la cruda experiencia personal en significado para todos; ordena y construye un universo en el que cada lector puede reconocerse, repudiarse, temerse. Antero-Fermín, su doble pero único protagonista entregan realidades experimentadas y conocidas, pero su Historia supera inmediateces, recupera vivencias y sentidos totales.
La vida es un relato en busca de narrador. Esta narración es más que una vida narrada: dolorosamente literaria y bella, además de permitir a cada lector mirar adentro, rehusarse, soñar en cambiarlo todo, lo cual es tanto, le urge a adentrarse en su propio existir, lo que es inmenso….
En esta Historia no importa si Fermín es el escritor o lo es Antero o Marco Antonio es los dos a la vez. Importa que Fermín sea Fermín y Antero, Antero, y que se encuentren y vivan en la ficción las etapas que todos experimentamos: infancia, adolescencia, juventud, madurez…, tan auténticamente, que sus vidas representan a todos, y aún más allá. Historia de un intruso se ha presentado muchas veces, y cada vez quien la leyó o releyó la encuentra nueva, rica en sugerencias, en formas de mirar la vida, de soñarla, de revelar el bien y el mal presentes en nosotros y ¡quien lo creyera!, de rebelarnos contra la certeza terrible de que el mal nos domina casi sin esperanza.
¿Qué magnífica, exigente fuerza interior hizo al autor inventarse a Antero, y aunque no necesitara contar que el personaje era él mismo, sabemos que hay un Antero y un Fermín en nosotros y no son distintos uno de otro; están aquí, donde estamos: la maravilla de esta narración intensa, dura, cumple, a la vez, la gracia singular y la desgracia de una absoluta verosimilitud.
Creaste personalidades contradictorias, la de Antero y la de Fermín, en acerba crítica al íntimo horror, a la posibilidad de espanto que late, guía, miente en cada ser humano y no solamente: en cada grupo, casa, ciudad, Estado. Consumaste en tu libro y tu vida el difícil sueño sartriano de la autenticidad, esa que Sartre blandía como un arma en el tiempo durante el que tú describías a Fermín y a Antero, a la abuela y el abuelo, y cuando te esforzabas en decir para ser, para entenderte y permitir entenderse a los demás, para dejarnos, en fin, un texto-espejo de un tiempo, de mil vidas.
La palabra elección, a la que, según Sartre, nacimos condenados, te impulsó a ser el escritor que fuiste y eres, el que antes de denunciar se denuncia a sí mismo, antes de conocer al otro, lucha por mirarse y conocerse.
El niño tímido, inocente, callado que conoció en la escuela a Antero y al que este protegía, el que temía intuitivamente a monseñores y prefería ser castigado a ser mimado, y admiraba el orgullo de su padre ciego que negaba serlo; el que atendía como a un rito al tejido incesante de la abuela y por la noche en la vieja cama recibía cuanto ella le guardaba, he aquí la inocencia primera, la lucha adolescente por ser, las experiencias sucesivas en un mundo a menudo brutal, donde los sueños limpios se convierten en amarga, ruda constatación de la vesania, en denuncia del mal omnipresente.
Increíble que momentos de descripción tan duros hayan llegado a tantos, porque acaso en estas narraciones nos hallamos todos. Ellas dicen de oscuridad, de tanteo, de entradas y salidas; de la astucia de evitar el camino, pues pretender olvidar es más factible que desertar, pero como todo buen escritor ha de preservar la capacidad de delirio que evocó Celine y sus obras se sostienen en ella, tú, Marco Antonio, eres, a la vez, un intruso delirante, tu intrusión es la tuya en ti mismo… y nos urge a exclamar ¡feliz intruso, feliz intrusión!
Constatas duramente que el hombre está construido para su destrucción, pero también que nadie es capaz de vivir sin sueños.
A disgusto de todos, Antero fue su mejor amigo.
El niño creció. Los adultos repudiaban tu amistad con Antero, quien al inicio del cuento te sugería no ir a la fiesta, al intuir que ‘eras diferente de los demás’ y en tu adolescencia fue tu mejor amigo: “me enseñó a leer, a pensar, o sea, a joderme la vida” también el amor a la paz y al amor universal, aunque en ti se acrecentaba un craso escepticismo: el que cree que el bien y el mal existen solo para los que se conduelen, que el hombre está construido para su destrucción, pero aún asume que se puede soñar, y se atraca de sueños. Hoy y siempre nos llaman los sueños de poder, a través del dinero, del buen vivir, con casa, carro y cuanto se compra, pero Antero-Fermín nos anuncian cómo esos soñadores terminan verberados por la cirrosis. Sienten, los dos, que la vida no les fue feliz: ‘les noqueaba, la muy bellaca’. Crecen y se duelen de la pura verdad. Y también comenzaron a crear, es decir, a contradecir a la vida. Es impresionante cómo vivió y preservó su vida en el malandrín de Antero que lo sabe todo y sin embargo, sigue tratando de perfeccionarse. En pocas palabras lo dices todo. Eres Antero-Fermín, Marco Antonio, cantera inagotable y triste que ‘nunca conocerás a cabalidad’. Si Antero se muere, diré que fue un hombre bueno en su entierro y nos olvidaremos. Ninguna sepultura dura más en el recuerdo 53 días’
Dejaron para siempre de ser niños y jóvenes… Ha pasado la vida, y llegamos a la realidad que Antero, Fermín, resumen en estas palabras: Hoy, en estos días, el resumen de vidas enteras es bebida y fútbol.
Habían vivido: Querían romper la rutina, pues todo les hastiaba. Hartos de la insípida dignidad de nuestra pobreza. Nada nos interesaba, nos llenaba de hastío. Tanta mierdosa mentira que en nombre de sociedad, porvenir y otros escuerzos se pretende acumular sobre los bisoños en todos los lugares del mundo; también podía ser que nuestro ánimo exaltado por las grandezas de Dios que nos habían contado, quería volar a encontrarlas en todas partes; que sentíamos por la omnipresencia del mal y sobre todo del aburrimiento… o que buscábamos un escape a la tristeza. Recorrieron ciudades: Todas son la misma peste. Plata, mercados, ventas, desperdicios comerciales, guardaespaldas… larvas arremolinadas.
Empieza un texto de Antero escrito sobre él, que es Fermín… ‘hasta cuando fue mi mejor amigo’.
Llego a la página 33 y me pregunto quién escribe ahora. Se cerraron las comillas del texto de Antero sobre Fermín. ¿Sigue vivo Antero en ti, luego de estos cincuenta años? Por tu discreción sobre ti mismo que, sin embargo, es capaz de exaltar entusiastamente a la persona a quien dedicas un libro tuyo, tengo la impresión de que eres un hombre tímido, pero consciente de su valía; ¿cómo se alían en ti la timidez y la amistad?
Finalmente, lo mejor de tu infancia permanece en ti: la honda intuición del mal y del bien… Y aunque parecieras un aprendiz a réprobo, hemos de confesar que para réprobo no aprendiste nada…
Finalmente, pretendo que tu historia, es decir, esta narración de ti mismo realista y sin juicios morales, pero no solo, que tu vida entera es relato que debe tanto, no solo a tu inocencia ni a tu sabiduría, sino a tu vivo sentido estético. No sé si los moralistas puedan ayudarme a reducir o, al menos, a hermanar el amor por la belleza con el amor por el bien, pero sé que belleza y bien no se excluyen; que trasladar al arte de la literatura los sentimientos y vivencias más íntimos es forma de justicia que no desdice del valor real de tus batallas; y creo siempre que tu trabajo más que la búsqueda del bien desnudo, es la de la estética del bien.
Conciliar los extremos fue un tormento para el niño que fuiste; más tarde ese afán rigió tu voluntad de crear; en tus párrafos mezclas el bien y el mal, la religiosidad y una viva experiencia sexual, aún infantil, amén de toda una reflexión sobre la ingratitud, el abuso de la amistad, las ganas de no haber sido bueno. El hombre sigue siendo para su ruina. Parece que pugnaras contra ti mismo por mostrar estéticamente el realismo basto y duro con que la vida pretendió abolirte, sin haberlo logrado.
Gracias, Marco Antonio.
